Un relato de Hipólito G. Navarro, en “La trama oculta”

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  • Después de doce años de barbecho, Hipólito G. Navarro (Huelva, 1961) regresa al ruedo editorial de la mano de Páginas de Espuma con La Vuelta al día. Y los lectores lo agradecemos. Hoy desvela la trama oculta del relato Tres trillizas torres, relato incluido en Los últimos percances (Seix Barral, 2005, y Booket, 2017) y en El pez volador (Páginas de Espuma, 2008 y 2016)

Tres trillizas torres 

Quizá el gremio taxista no esté tan acostumbrado como pensaba Lauro a indecisiones como la suya: que después de haber indicado claramente, deletreando casi, “al camposanto” (evitando así términos más contundentes o definitivos como cementerio o crematorium), haya optado por bajar en esa calle, cuando faltan todavía tres kilómetros o más. Cara de pocos amigos se le ha quedado al conductor, a pesar de las disculpas de Lauro y de una generosísima propina. Ya son ganas de amargarse, pues no tendría más que seguir él solo para comprobar que ese billete cubre bastante por encima el coste total de la carrera. Aunque quizá lo que ha ofuscado al taxista no ha sido tanto la minúscula cancelación mercantil como el súbito cambio de parecer de Lauro, su insoslayable contraorden. Ya le ha dicho que lo siente. Es que ha preferido a última hora no llegar de los primeros, aprovechar el margen para dar un paseo que le sirva para ahuyentar las malas ideas que aún le rondan, después de tantos años.

Así es que como va con tiempo, y sobrado del calor húmedo que dicen del membrillo, camina en las postrimerías de la mañana con cierta parsimonia, contemplando incluso emocionado las muy discretas edificaciones de esas calles alejadas del centro. Bloques alternos de tres y cuatro plantas alfombran el acerado por el que pasea con lienzos de sol y sombra en muy parejas proporciones. Esa alternancia de sombra y luz, de relativo frescor y calentura, eso sí, no hace más que recordarle, hacerle más presente aún, la atípica indumentaria que hoy lo forra. Desechadas sus más habituales y claras prendas de lino, él mismo se ha obligado a esa oscuridad de americana, a la sobria corbata que la complementa, a ese calzado negro y apretado, para así parecer uno más de los deudos que acudirán consternados al sepelio. Semejante acto o celebración merece todo el respeto de Lauro: no todos los días le entierran a uno a su peor enemigo.

¿Y había cruzado él alguna vez por ahí?, se pregunta. Si sí, no lo recuerda. Lo cierto es que esos barrios de la periferia se parecen todos horriblemente. La particularidad de esa calle por la que pasea, además, de no haber sido hoy un tan señalado día de septiembre, le habría pasado por completo inadvertida. La calle, rotulada en un artístico mural de azulejos como avenida, quizá para compensar con tan pomposa titulación la escasa altura media de sus edificaciones, termina no obstante en un ensanchamiento inverosímil que ni es plaza ni es jardín. Se trata de una apertura amueblada con varios desvencijados bancos de forja dispuestos al tuntún, con menos sentido común que del humor, y un completo muestrario de papeleras, contenedores y farolas de diseño desfasado, como de segunda o tercera mano. Si una nueva calle o avenida no continuara más allá, se podría decir de ese espacio que es el habitual descampado anexo a las últimas viviendas que un día cerraron ese lado de la ciudad, un lugar en donde, si pudieran elegir, no jugarían ni siquiera los perros. Pues bien, justo en ese espacio con apariencia de saldo, urbanísticamente feo y torpe, se alzan tres bloques iguales, de catorce plantas cada uno, que ponen un punto final descabellado y dramático a la modesta calle del paseo de Lauro.

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Cuando Lauro termina de contar los pisos, con una mano haciendo visera al sol y con la otra apretando las vértebras llamadas cervicales, se le ocurre pensar que son ésas, bien mirado, tres torres trillizas, desde las que ahora lo podrán observar cuantos se asomen a las ventanas con una perspectiva axonométrica ciertamente lujosa y envidiable. Sin embargo, piensa Lauro de manera simultánea, otras variantes de las perspectivas tendrán los vecinos para los aviones comerciales que desde las mismas ventanas puedan ver enfocando hacia la inmensidad del cielo. El ruido de los aparatos que hasta ahí llega es grande, fragoroso, inversamente proporcional a la cercanía del aeropuerto, que debe de estar a un tiro de piedra como quien dice.

Sin madera que tocar a su alrededor, de forma diplomática, sucedánea y calladamente, para atender a esa no por más vulgar menos extendida superstición, acaricia Lauro su propio contorno craneoencefálico, en la seguridad de que algunos centímetros cúbicos de serrín, de celulosa, tiene por narices que albergar.

Es sorprendente: la visión de las torres ha desviado de Lauro la intención que hasta esa calle lo venía guiando, y lo mismo le da ahora llegar que no llegar al entierro de su enemigo, como si recién acabara de comprender que ha concluido sin aspavientos, de manera natural, vía infarto, una imaginaria venganza de todas formas demasiado larga y pesada. Llega pues al tanatorio más por inercia que por una convencida necesidad, y hasta lamenta, en fin, que a la brevísima ceremonia apenas asistan el cura, los dos empleados de la funeraria y diez o doce enemigos más del muerto diseminados en silencio por los bancos de una capilla aséptica, casi desprovista. Por lamentar lamenta incluso que los familiares de su enemigo se hayan des­entendido tanto como para no acompañarlo a este viaje, que alguien haya contratado el lote más barato de los servicios funerarios, que una vez incinerado su enemigo nadie haya querido hacerse cargo de la mediana caja de cenizas resultante.

“Arrieros, en fin”, se dice.

Le sobra entonces a Lauro la oscura americana, mientras camina ya de regreso por las mismas calles, cabizbajo, apurando el sofocante mediodía.

Cuando desemboca otra vez en ese inquietante ensanchamiento, una nueva perspectiva le procura el sobresalto mayor de la jornada: en la visión primera, un bloque ocultó a otro; vistas desde ese nuevo ángulo, deshecho el enroque, las torres resultan ser cuatro.

“Jaque.”

Levanta despacio Lauro una mano indecisa, como para llamar a un taxi.


La trama oculta

Comentario descalabrado sobre Tres trillizas torres

 

1

No sé si atreverme a contar la verdad que esconde este cuento. Quizá sería mejor inventar sobre la marcha un cuento nuevo. Lo intentaré, de todas formas.

La historia semioculta del relato Tres trillizas torres es la barbaridad del 11-S, los atentados de los aviones en Nueva York. Me consta que en el cuento está todo velado y bien velado, que casi nadie más que aquel lector que yo era entonces al escribirlo se dará cuenta del asunto, así haya desperdigadas suficientes pistas a lo largo del texto para guiñar al lector cómplice que uno siempre busca.

El protagonista del relato va camino de asistir al funeral de alguien que fue su enemigo, pero la visión de esas torres y la proximidad de los aviones en “un tan señalado día de septiembre” le hacen recapacitar en lo inútil y absurdo de la venganza, y al final casi le da igual llegar o no a tiempo a ese funeral. Las vacilantes elucubraciones de la voz narradora (sobre el enfado del taxista, sobre las hechuras de la calle o el mobiliario de esa plaza), el titubeo al nombrar y al decir, quiere ser un traslado del pensamiento oscilatorio de ese tipo que pasea camino del funeral de su enemigo.13435_1_ultimos

“Las torres resultan ser cuatro”, concluye al fin el cuento. A ciertos finales me llevan los accidentes del terreno que piso, tan movedizo y puñetero casi siempre. Recuerdo que, empeñado en dejar explicado más a las claras lo del 11 de septiembre, se me ocurrió terminar con esta otra frase: “Las torres resultan ser cuatro, gemelas dos a dos”. En verdad ésta fue la frase final del cuento en el primer envite de la escritura, pero enseguida me pareció que lo dejaba todo tan obvio, tan sobreexplicado (la palabra “trillizas” del título ya está guiñando al lector desde el principio, me parece, y le está insinuando la palabra “gemelas” de forma evidente), que decidí cortarla por la mitad y echar así otro pulso a mi lector preferido, escamoteándole esa solución facilona.

La verdad es que esa vuelta de tuerca, “las torres resultan ser cuatro”, unida a la frasecita que le sigue: “Jaque”, pretende componer otra lectura diferente para el cuento entero: convertir la ida y vuelta al tanatorio, con su titubeo, en un movimiento frustrado dentro de una partida de ajedrez (los lienzos de sol y sombra que proyectan los bloques en el suelo habían dibujado con bastante antelación los escaques del tablero).

Al protagonista, que habitualmente juega con blancas, no se le da bien jugar con las negras (con la muerte) esta vez (hay que reparar en lo que se dice de su indumentaria, siempre clara, de lino, y ahora de furioso negro) y vuelve atrás un movimiento inútil (la visita al tanatorio).

Parecerá todo esto, a la luz de la lectura del relato, un completo despropósito compositivo y argumental. Pero sin embargo entiendo que si un texto arriesga así, desbarrando incluso, termina por encontrar a ese lector que todo cuento busca desesperadamente. Este cuento me lo pidieron mis amigos de Páginas de Espuma para una de sus antologías temáticas de cuentos, una dedicada a relatos que tienen como argumento el juego del ajedrez.

A uno de los antólogos, el estupendo cuentista Javier Sáez de Ibarra, no se le había escapado nada, ni tan siquiera el tramado de luces y sombras en el suelo, y había visto desde una de las altas ventanas de las torres la partida entera.

Otro porqué del título, que parece un trabalenguas o una manera de escamotear la frase que debería haberlo titulado: “Una visita al cementerio”. Ya lo he escrito más arriba: titularlo como “Dos torres gemelas” habría desbaratado el cuento antes de escribirlo, y con sumarle una torre más a la pareja bastaba, todo quedaba dicho sin decir nada. El tema central del cuento ronda alrededor de esa idea rara, piadosa: la inutilidad de la venganza. El tiempo, la naturaleza, la enfermedad, la brutalidad de un atentado…, terminan por poner algunas cosas en su sitio.

2

Resulta de lo más instructivo analizar el cuento de uno, ahora que lo pienso, así parezca que está uno explicando el chiste que acaba de contar, esa costumbre tan fea de la que abusan quienes cuentan chistes malos. El ejercicio me traslada al principio nebuloso de la gestación del cuento, cuando todavía no existían en mí ni las ganas de escribirlo siquiera. Es ahora cuando lo entiendo mejor.

Debería desvelar algo que ocurrió mucho antes de que este cuento fuera tal.

Cuando yo me empleaba en una empresa sevillana ignominiosa, trabajó también allí un muchacho cubano, de nombre Equis, durante más de un año. Una congregación de monjas le ayudó mientras tanto a conseguir traer de Cuba a su novia, una negrita muy hermosa, para que pudiera casarse con ella aquí en España.

La boda pudo celebrarse en septiembre del 2001, a escasos días de los terribles atentados de Nueva York, en la iglesia del convento de aquellas monjas que le habían ayudado. Ese convento está en el lugar justo donde yo sitúo luego el tanatorio imaginario del relato, a unos quinientos metros del ensanchamiento, éste real, del final de la avenida de Miraflores de Sevilla, un final rematado en efecto por tres torres de catorce plantas, muy desproporcionadas con respecto al resto de la avenida, conformada por casitas ya muy viejas y bloques de tres o cuatro plantas como mucho.

Por ese ensanchamiento pasé yo aquella tarde de la boda, en el momento justo en que un avión que volaba muy bajo –de esos medianos en los que hacen las prácticas los futuros pilotos– llamó poderosamente mi atención, y me asustó más que otras veces, por haber vivido unos días antes la angustia de los atentados.

En el bolsillo de una chaqueta oscura no muy habitual en mi indumentaria (una concesión mía, supongo, a mayor gloria del espectáculo de la boda) llevaba un regalo para mi amigo el cubano: una bonita edición de un libro prohibido en su isla, que él por supuesto había leído muchas veces en esos ejemplares hechos casi menuzos que allí circulan de mano en mano, más o menos clandestinamente.

Es fácil imaginar el título de ese libro. En efecto: se trataba de la famosa novela de Cabrera Infante, Tres tristes tigres. Si descubro ahora el dato de que el siniestro empresario que nos empleaba entonces, a mi amigo cubano y a mí, nos despidió meses más tarde tras una burda operación de mobbing –para él una partida de ajedrez o de póker, un juego sucio lleno de enroques, de gambitos y de faroles, a ver quién aguantaba más–, y que acabamos muy mal, encarándonos finalmente en los tribunales, ahí están ya todas las piezas que componen el puzzle de este cuento, todas las claves internas que le dan vida, y hasta la mitad de la inspiración del título.

Más que el análisis de un cuento, esto está resultando todo un psicoanálisis, me temo. Ahí está todo, qué curioso: las tres torres trillizas, la partida difícil con el peor enemigo de uno…

En diciembre de 2001 comenzaron los juicios. Hasta octubre de 2005 no convirtió el Supremo en firmes todas las sentencias anteriores, eso sí, triplicando la indemnización inicial, y condenando al siniestro empresario a pagar todas las costas procesales.

Fui consciente desde el principio que jugaba en desventaja, con las negras por así decir, pero bien valió la pena esperar. Este cuento fue mi venganza por adelantado, enterrar en la ficción a un tipo que aún trapicheará con sus feos negocios por ahí. Cualquier otra rebuscada venganza habría sido una inconsciencia inútil. Es preferible el apretón final del Tribunal Supremo. Jaque mate.

Tres trillizas torres –me lo señaló mi buen amigo David González Torres en la larga entrevista de donde entresaco hoy parte de este comentario– es “un relato que juega con la perspectiva, con ese concepto de perspectiva: ‘los podrán observar cuantos se asomen a las ventanas con una perspectiva… lujosa y envidiable’, un relato “donde se redunda en las indecisiones: ‘no es plaza ni jardín’, y guiños similares…”

Así es. Ni más ni menos que con todas las indecisiones y perspectivas, pienso ahora, que me atenazaban aquellos días duros y difíciles, cuando no tenía muy claro qué carta jugar, qué peón mover, ante aquella penosísima situación personal que se me había venido encima igual que los malditos aviones se tiraron sobre las torres, sin haberla visto venir. Le tengo leído en más de un sitio a mi querido Julio Cortázar que escribió algunos de sus cuentos, sin él sospecharlo, a la manera de una terapia, como si sus páginas pudieran ponerlo a resguardo de algún terrible sortilegio. “Tres trillizas torres” debe de ser, supongo, un texto de esos que actúan como un bálsamo para quien los escribe. Ojalá obrase ese poder también sobre quien lo lea ahora.

Publicado el 11 enero, 2017 en Cuento, La trama oculta

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