Un relato de Nuria Sierra, en la Trama Oculta

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El viento del Norte siempre trae lluvia es el relato que nos trae la escritora Nuria Sierra Cruzado para la “Trama Oculta”. Sierra saca el instrumental de cocina (escribir un relato es como preparar una lasaña, dice) para destripar y compartir con nosotros la lectura de este cuento casi profético, incluido en su libro Nido Ajeno (El pez volador).

 

EL VIENTO DEL NORTE SIEMPRE TRAE LLUVIA

 

“Se miente más de la cuenta por falta de fantasía;

también la verdad se inventa”

Antonio Machado

Por Nuria Sierra Cruzado

Día D menos 4. Este viernes acaba todo. O no. Si me despiden o me quedo con el resto de los elegidos en el nuevo edificio es algo que no depende de mí. Después de 15 años en este periódico, la verdad, no sé qué pensar de la fusión empresarial. Desde la ventana de mi mesa, veo una plaza asfaltada y en el centro una bandera. Nada más entrar a trabajar aquí, el bedel me dijo: Antonio, si la bandera apunta a la estación de tren, tarde o temprano lloverá. Hoy se mueve hacia allí y voilá, el cielo está gris cabreado. Nunca falla, es el viento del norte. Siempre pienso qué pueden traer los otros tres puntos cardinales.

Mi trabajo consiste en documentar la vida, organizar, etiquetar y rescatar datos. Hoy el jefe de sección de Internacional me envía un email para decirme que necesita algo, mapas, cifras, lo que sea para un reportaje sobre Indonesia. Adjunta una foto (¡cómo sabe que me inspiran a la hora de encontrar!) cuyo pie es “La estación lluviosa causa estragos. Ascienden a 23 las personas muertas y ya son 64.000 los desplazados como consecuencia de las inundaciones de las últimas semanas en Yakarta”. La imagen es una enorme balsa de agua de la que sobresalen las lápidas de unas tumbas de granito. A lo lejos unos niños chapotean en el lago imprevisto. Guardo la imagen con las palabras clave para facilitar su búsqueda y pienso que me gustaría añadir algo de mi cosecha tipo ¿hay algo más irónico que un muerto ahogado? Pero me limito a cerrar el archivo.

Suena el teléfono fijo, reconozco el número de mi casa y descuelgo:

—Hola, cariño.

—¿Tienes noticias? —dice mi mujer con su tono típico de ansiedad.

—No, todavía es pronto.

—Qué ganas de joder al personal, ¿no os lo podían decir ya?

—No sé, cariño, política de empresa.

—¿Y si te echan?

—No lo he pensado… podría montar algo…

—Tú estás loco, hacerte autónomo a estas alturas… anda avísame en cuanto sepas algo.

Y me cuelga.

Antes de que Natalia y yo nos casáramos, queríamos viajar por el mundo. Con nuestras cámaras de fotos robándole pedazos a la realidad, picándonos para ver quién conseguía el instante perfecto. Un rollo a lo Robert Capa y Gerda Taro. Entonces se quedó embarazada y luego otra vez. Con dos hijos la logística de los viajes al sureste asiático o al centro de África se complican, ella se quedó en casa y yo conseguí este trabajo.

Ha empezado a llover fuerte, como la predicción bedélica auguraba. Saco mi tupperware. Hoy como ayer toca filete empanado, y de camino al microondas me cruzo con Gus. A-gus-ti-na, tiene un nombre horrible. La contrataron hace poco en prácticas en el departamento de Marketing. Lleva siempre camisetas con mensaje –hoy sus tetas dicen Life is a pinic–. Lleva el pelo a lo garçonne y tiene ojos grandes y negros que recuerdan a Betty Bopp. Hace un mes me pidió documentación sobre las flappers, esas jovencitas que en los años 20 usaban faldas cortas, no llevaban corsé, fumaban en largas boquillas, bebían licores fuertes y aspiraban cocaína. Desde entonces no paro de imaginármela sobre tacones de aguja bailando a ritmo de swing. Reconozco que tiene algo que me pone entre tierno y cachondo. Es difícil de explicar.

Vuelvo a mi mesa con el filete recalentado y un refresco de la máquina de bebidas. La tarde se está poniendo fea y me acuerdo de una frase que leí o inventé o qué se yo, las tormentas borran huellas, arrasan paisajes, desvían responsabilidades.

Día D menos 3. Llueve sobre mojado, como dice la canción. No hace falta que mire la bandera. Anoche Natalia y yo discutimos, en silencio para no despertar a los niños, como hacemos siempre. Los insultos en un susurro me resultan un contrasentido, así que me eché a reír. Ella acabó la discusión dando un portazo mudo. Igual que una escena de Chaplin.

Necesito un café. En la máquina está Andrea, la diseñadora gráfica, y Charly, el maquetador, moviendo como autómatas los palitos de plástico. Ella tiene la cara llena de manchas rojas de diferentes tonalidades.

—¿Qué te pasa? —le digo señalando esa especie de lava en erupción.

—Creo que estoy somatizando

Charly y yo la miramos en silencio, calibrando una respuesta que parezca inteligente.

—Pues eso, ya sabéis, el estrés, la ansiedad, que si me despiden no sé cómo voy a pagar la hipoteca. Y si no me despiden no sé cómo voy a ir al edificio nuevo, no sé conducir y aquello está en el jodido culo del planeta. ¡Está rodeado de campo!

Se toma el café de un trago con la cabeza hacia atrás y golpea el vaso en el fregadero. Como si se acabara de tomar un copazo de bourbon.

Busco en el ordenador la palabra somatizar. Transformar los problemas psíquicos en síntomas orgánicos de manera involuntaria. Ahhh, vale. Charly planta el culo en mi mesa, se sorbe los mocos y mordisquea la tapa del boli.

—No quiero volver a casa de mi madre, me dice, si me echan no voy a poder pagar el alquiler. Tú no sabes lo que es vivir con mi vieja…

—No, ni idea.

—¿Tú qué crees? ¿Crees que te quedarás?

—No sé Charly, no sé si será necesario un documentalista

—Joder, tío, dicen que el edificio nuevo es de esos inteligentes, que las persianas suben y bajan solas según la intensidad de la luz, que hay que entrar por unos tornos con tarjetas identificativas…

—Perdona, Charly, tengo mucho lío —le corto.

No quiero seguir esta conversación. Me levanto a por un café. Gus está hablando con una chica de contabilidad apoyada en la máquina. Lleva una camiseta con la frase “Alice in Wonderland” y un dibujo de la rubia de Lewis Carrol vestida de dominatrix, pegándole con un látigo al conejo. Gus chupa el palito del café, dándole vueltas con la lengua y yo noto cómo mi sangre se va almacenando más abajo del estómago. Voy al servicio. Me encierro en uno de los wáteres y me bajo la cremallera. Cuando estoy a punto de empezar a meneármela, oigo la puerta. Es Charly, puedo escuchar cómo se sorbe las mucosidades con fuerza. Entra en el baño de al lado, suena una tremenda explosión contra la porcelana del inodoro y un suspiro de alivio. Bien, vale, aquí cada uno somatiza a su manera.

 

Día D menos 2. Cajas por todas partes. La comunicación interna da instrucciones precisas. Vaciar y embalar. Los objetos personales por un lado, los archivos históricos y material de la empresa por otro. De los armarios surgen carpetas amarillentas, archivadores con fotos antiguas y hasta una calculadora eléctrica. La enchufo y funciona. La tinta está algo gastada y hace ese ruidito de máquina registradora. Busco su precio actual en una página de subastas. 50 euros. La echo en mi caja personal, que nunca se sabe. Antes me aseguro de que nadie me ve.

Charly no ha venido trabajar, le ha atacado un virus gástrico. Tampoco he visto a Gus en toda la mañana. Después de comer, recibo un email del editor de internacional, se titula ¡qué marasmo! Y adjunta una foto de la planta de arriba. Se ven los despachos arrasados, como por un tornado. Saco una libreta que siempre llevo en el bolsillo y apunto marasmo, al lado de contumaz, montante y anejo. Estoy creando un diccionario de palabras viejunas. Es una frikada pero me divierte. Bedel la tengo entre interrogaciones, no estoy muy seguro de que queden bedeles, en cualquier caso, se me llena la boca al decirla.

De pronto, de la sala de descanso se escuchan a voces por toda la planta:

—Eres un gilipollas, has sacado chocolate de la máquina sin avisarme y ahora el café me sabrá a la mierda esa dulzona.

Me acerco a cotillear junto con otros compañeros que ya están asomados a la puerta. El editor de Cultura y el de Deportes, colegas y amigos desde hace una década, se han lanzado el contenido de los vasos a la cara y están a punto de tirarse uno sobre el otro cuando entra a separarlos el becario de Sucesos.

Menos mal que la nota de prensa publicada en los medios dice que esta fusión está siendo tranquila e higiénica. En fin, me queda todavía una caja por cerrar y fuera la lluvia racheada se estampa contra los ventanales. Estoy refugiado del temporal dentro de otro.

 

Día D menos 1. I’m the queen, dice la camiseta ajustada que lleva hoy Gus. En letras doradas. Está desayunando un donut en su mesa, donde solo queda el ordenador y un taco de post-it.

—Me gustan, le digo. —Ella baja la mirada hacia sus tetas y sonríe—. Me refiero a las camisetas —añado.

—Gracias, las hago yo. Me gusta inventar los mensajes. ¿Quieres que te haga una para tu cumpleaños?

—Es en junio.

—Ohhh, queda mucho para eso, ¿quién sabe dónde estaremos?

Seguimos hablando mientras sorbe un zumo con una pajita. Me dice que ella tiene claro que la echarán, lleva poco tiempo luego supone un gasto mínimo de liquidación. Le pregunto qué piensa hacer luego, pues quizá montar una tienda de camisetas por internet o viajar por el mundo en plan aventurera, qué se yo.

Me vibra el bolsillo. Perdona, le digo a Gus, una llamada. Mientras me alejo para hablar, ella se queda mirando la pantalla en negro del ordenador.

—Hola mamá.

—Hijo, ¿sabes algo ya?

—No, hasta mañana nada.

—¡Qué nervios! ¿Y si te echan?

—No pasará nada mamá, tranquila, es solo un trabajo.

—Tranquila, mira lo que le pasó a tu hermano.

—Ya, pero yo no soy él.

Y en este punto de la conversación, mi madre se echa a llorar y cuelgo. No tengo consuelo que valga para ella. Hace dos años la empresa de construcción donde trabajaba mi hermano quebró. Suspensión de pagos y todos a la calle sin un euro. Él siguió de chapuza en chapuza hasta que no aguantó más. Ahora mi madre sigue ayudando a mi cuñada a pagar la hipoteca y llevándole fiambreras de albóndigas a mis sobrinos.

No, me resisto a ser él.

 

Día D. La secretaria de dirección trae un plato con magdalenas. Son muffins de despedida… o de celebración, dice con una sonrisilla, los hago yo, ¿quieres probar uno? La pseudo repostera va más maquillada que una gheisa, creo que está muy segura de que no la van a echar. Me parece que se cree imprescindible, aunque la rumorología apunta, aunque suene a cliché del barato, que tiene un rollo con el jefe de personal. La magdalena está algo reseca, pero todos tragamos. Ummm, qué rica, se oye al fondo de la sala.

Después nos quedamos en silencio, con el culo pegado a la silla esperando la llamada. Gus tiene las manos cruzadas en el regazo y lleva un traje de chaqueta ajado que le hace las piernas gordas. Imagino entonces que cada una de nuestras mesas es una lancha de desembarco, cargada de soldados, empapados y vomitando, con las compuertas a punto de abrirse a la espera de ráfagas de ametralladora. Aún no lo saben pero los que lleguen a la playa no correrán mejor suerte.

No aguanto más, tengo que ir al baño. Al empujar la puerta, me cruzo con la secretaria de dirección, tiene los ojos enrojecidos y churretes negros en las mejillas.

—¿Qué? —me dice como si me escupiera.

—Nada, que llevas un papel de magdalena pegado al tacón.

Y vuelve a meterse en el cuarto de baño llorando.

¡¡Eyyy, Antonio!!, me grita Charly. Los de recursos humanos te llaman. Subo a la quinta planta, al despacho de personal. Hay una mesa larga con tres tipos que no he visto en mi vida. Parecen un jurado sacado de un talent show. Me siento un debutante con un ingenio oculto que mostrarle al planeta.

Desde aquí la plaza tiene otra perspectiva, como si todo fuera más pequeño y a la vez más nítido. El jurado habla de capacidades, habilidades, cualidades y un sinfín de –ades que como un mantra me hipnotiza. Hasta que la cadencia se rompe y escucho Se queda con nosotros, Sr. Ruiz. Miro por la ventana, la bandera está inmóvil, como un colgajo de piel muerta. Y yo me siento como un soldado perdido, agazapado tras una montaña de cuerpos sin vida. Cagado y tiritando.

Bajo corriendo las escaleras de mármol con mi caja entre los brazos. Gus camina por la plaza, balanceando la bolsita de plástico con sus pertenencias.

—¡Gus!— grito, se para, se vuelve.

—¿A ti también?— me pregunta señalando la caja.

—También —le miento. Miento, como le mentiré a mi mujer, a mi madre, a todos los que me conocen.

Gus se desabrocha el abrigo, ya no lleva el traje sino una camiseta que dice This is the end, or not? Y el dibujo del león de la Metro Goldwyn Mayer con un porro entre los colmillos.

—Te invito a un café, o lo que sea —le digo.

Y de nuevo, la bandera culebrea tímida. Por primera vez en toda la semana, no sopla viento del norte.

 

LA TRAMA OCULTA DE EL VIENTO NORTE SIEMPRE TRAE LLUVIA

 

  1. El método lasaña

Un ejercicio poderoso este de destripar un cuento propio. Acostumbrada a leer e interpretar lo que otros/as autores/as quieren transmitir con su relato o lo que me resuena de su texto, me siento desarmada a la hora de enfrentarme a mi escritura. Porque la mayoría de las veces no sé qué quiero decir y es al cabo del tiempo, cuando vuelvo a leerlo o cuando algún lector me da su interpretación, cuando empiezo encontrarle el sentido. Pero el caso de “El viento del norte siempre trae lluvia” es distinto porque este texto lo escribí en un momento muy concreto de mi vida, siendo plenamente consciente de lo que iba a contar. Así que juego con ventaja. Por una vez, voy a ponerme las cosas fáciles, que para eso soy yo la que está escribiendo esto.

Empecemos con una “frikada”. Hace poco vi un programa de esos del Discovery Channel (lo reconozco, veo incluso los reportajes fakes de expedientes alienígenas, ¡quién sabe dónde puede haber un nuevo tema!) que trataba sobre el control de aduanas, en este caso en el aeropuerto de Barajas. La Guardia Civil paraba a varios pasajeros ucranianos “sospechosos” por su conducta y les hacía pasar las maletas por el escáner. Lo que detectaron era el famosísimo “método lasaña”. En la imagen de la máquina se veía un rectángulo compacto y por encima, otros elementos que trataban de despistar al personal de la Benemérita. Al abrir las valijas, los guardias descubrieron telas, cremalleras, botes de champú y pasta de dientes…y debajo de todos esos “distractores” se escondía un cargamento de cartones de tabaco. En resumen, el “lasañismo” (¿habré creado un nuevo término?) es lo que intento hacer en mis relatos, poner capa sobre capa para crear diferentes experiencias de lectura, para que el lector atento pueda ir saboreando todos los ingredientes. Distraer del tema principal poniendo el foco en lo que a simple vista puede parecer superfluo, me parece la mejor forma de acercarme a lo que de verdad quiero contar.

“El viento del norte siempre trae lluvia” trata sobre el miedo, sobre un sentimiento indefinido que se va instalando en el cerebro de los personajes, miedo a lo desconocido, miedo a perder lo que se tiene, miedo al futuro, miedo al qué dirán… miedos sociales, en definitiva, miedos a cosas que probablemente no sucedan nunca pero el simple acto de pensarlas, hace que en el hipotálamo se disparen las alertas. Esa sería, digamos la capa profunda de la lasaña, la carne suculenta mezclada con la cebolla. Luego tendríamos la capa de salsa de tomate que podría ser el pegamento de la historia, en este caso el contexto social: una fusión empresarial que provocará despidos y las “anécdotas” que suceden alrededor de la mudanza a un nuevo edificio.

Las láminas de pasta que se van intercalando entre la carne y la salsa son los personajes, soldados que van a la batalla, a desembarcar en el Día D en la playa de Omaha, un puñado de valientes que pase lo que pase, como dice el protagonista: “Aún no lo saben pero los que lleguen a la playa no correrán mejor suerte.” La referencia a la Batalla de Normandía es otro ejemplo de distractor o más bien, catalizador del sentido.

Por encima de todo, está la bechamel que compacta el plato: la ironía y el humor – entre negro y escatológico – que destila la voz del protagonista, su monólogo interior, los diálogos entre compañeros…Sin este ingrediente, creo que esta lasaña sería complicada de digerir.

 

  1. Un cuento profético

Lo sé, le falta un toque importante al plato: el queso gratinado. Aunque podría no echárselo y la lasaña estaría igual de sabrosa, ¿o no?

“El viento del norte…” es el último cuento de mi primer libro de relatos titulado “Nido ajeno” y publicado en la colección El pez volador. Todos los textos tratan el tema de la desubicación, de la sensación continua de los personajes de que están fuera de lugar, que no les corresponde esa vida, que están viviendo la vida de otros. Está dividido en tres partes, la primera dedicada a la infancia, la segunda a las parejas y la tercera a la familia. Este relato es el último que escribí en marzo de 2014 y si bien, tiene relación con el resto, se centra en lo laboral mientras que los otros trabajan más con el ámbito privado y familiar. También inaugura un tema que me obsesionaba (y me sigue obsesionando): el mundo del trabajo, las relaciones laborales, la pérdida de valores en el ámbito profesional y sobre todo el cambio de paradigma, ese momento bisagra en el que las cosas dejan de hacerse de una manera para hacerse de otra muy diferente y cómo afecta a las personas que antes que creían que lo que era verde ahora es azul… Ese mismo tema lo he trabajado en un texto corto que ha recibido el I Premio de Novela Breve del Taller de Clara Obligado y que verá la luz a finales de 2017. También está ambientado en la II Guerra Mundial, esta vez durante la Batalla de Inglaterra, entre septiembre y diciembre de 1940. Es un momento histórico que me apasiona desde que leí hace décadas “Mila 18” de Leon Uris. Esos años de locura que cambiaron el panorama mundial y transformaron la cultura.

“El viento del norte siempre trae lluvia” es el relato más ¿autobiográfico? del libro. Bueno, llamémosle autoficcional. Digamos que el queso que espolvoreé encima de la lasaña, es la realidad, sea esto lo que sea. O más bien, los elementos de la realidad susceptibles de ser convertidos en algo universal que trascendiera la anécdota.

No es un texto social, ni reivindicativo aunque trate de uno de los dramas más comunes que hemos vivido (y seguimos viviendo) en los últimos años. Mi intención es que fuera estrictamente ficción y que cada cual sacara sus propias conclusiones.

Yo no soy ninguno de los personajes y soy todos al mismo tiempo. Aunque he de reconocer que si me tengo que identificar con alguno, es Antonio Ruiz, ese personaje anodino, un número dentro de una gran corporación que se ve en la tesitura de romper con todo y soñarse una nueva vida o seguir haciendo lo que le han dicho que tiene que hacer.

La idea surgió de una imagen, la de la bandera, que no es otra que la que está en la Plaza de Colón. La estuve viendo durante años desde mi mesa de trabajo y siempre imaginaba que era una veleta que indicaba de dónde soplaba el viento. Escribí varios comienzos pero ninguno cuajaba hasta que mi departamento (yo trabajaba entonces en una entidad financiera) tuvo que mudarse a otro edificio. Aproveché esa anécdota, aderezada con los comentarios y diálogos de compañeros (algunos de ellos reales, lo juro) para construir al personaje de Antonio y su conflicto. La idea del contexto bélico me la dio un excompañero, amante de las batallas, que siempre decía “ya queda menos para el Día D”. A él está dedicado el relato en el libro. Otras cosas, como la colección de palabras “viejunas”, era una costumbre que yo tenía por aquella época.

El contexto de la fusión empresarial es inventado pero la realidad ha superado la ficción y años después lo que cuenta este relato ha sucedido. De hecho, aquella entidad financiera desapareció sin dejar rastro el 7 de junio de 2017 y otros sucesos que el texto esconde, desgraciadamente también han pasado. No me preguntéis por los números de la Lotería, no soy adivina. Aunque este relato tenga algo de profético, era algo que para una lectora atenta, acostumbrada a las capas de la lasaña, parecía demasiado transparente. Pero las profecías son fáciles de interpretar cuando los hechos ya han pasado. Lo importante para mi de este texto es que tuvo una función catártica, que me permitió enfrentarme a ese desembarco y a otras batallas posteriores. Y sobrevivir como Antonio. Porque escribí otros finales…pero a veces una historia necesita terminar de una sola manera.

Y llegados a este punto, mejor pedidme que os haga un relato, no una lasaña. ¿Os he dicho que no sé cocinar?

 

 

 

 

 

Publicado el 13 julio, 2017 en Cuento, Escribir, Escritura Creativa, La trama oculta, Leer, Sin categoría

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