Un relato de Lola López Mondéjar, en “La trama oculta”

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Autora de varias novelas –la más reciente Cada noche, cada noche (Siruela)–, la escritora Lola López Mondéjar nos desvela la trama oculta del relato “El hermano gemelo”, publicado originalmente en el libro Lazos de sangre (Páginas de Espuma). Una historia intensa, de descubrimientos, en torno a los vínculos familiares, la maternidad y el pasado que se revuelve.

 

El hermano gemelo

 

Por Lola López Mondéjar

 

Cuando me llamaron para decirme que mamá había muerto estaba terminando mi tesis doctoral sobre las tortugas baula en Costa Rica, y su cuerpo sin vida yacía en algún lugar de los alrededores de Oslo.

En mi habitación la temperatura ascendía a treinta y cinco grados y allí donde ella se encontraba el termómetro marcaba veintitrés bajo cero. Lo miré en Internet porque no sabía qué otra cosa hacer cuando colgué el teléfono. Pensé, nos separan nueve mil trescientos kilómetros y cincuenta y ocho grados centígrados, y me di cuenta de que los hábitos de trabajo me habían metido el recuento en el tuétano, que de repente sólo podía pensar en términos de cifras y de números y que, seguramente, eso constituía mi único alivio.

Hacía más de seis meses que no veía a mamá.

Las tortugas marinas que monitorizamos en nuestra playa recorren hasta cuatro mil kilómetros cada año para volver a desovar en el mismo lugar donde nacieron, una carencia específica les indica el camino. Desde que vivo aquí no siento el deseo de nada. Ni nostalgias ni anhelos. Estaba plenamente satisfecha de mi vida hasta que esa voz anónima me dijo Your mother is dead.

No podía ponerle cara a la voz, ni siquiera me dijo su nombre. Se identificó como policía en un inglés precario con fuerte acento nórdico, y cuando conseguí preguntarle, what?, me repitió de nuevo la frase sin modificar ni una sola palabra.

Mi madre ha muerto. Congelada, en el camino de un bosque a las afueras de Oslo. Eso fue lo que me dijo. Ni siquiera sabía que estuviese allí. No sabía que hubiera salido de viaje, no me había dicho que pensase hacerlo. Habíamos hablado exactamente diez días antes de esa llamada. ¿Qué hacía ella en Noruega? Que yo supiera, mamá solía mantenerme al corriente de sus planes, siempre. Que yo supiera. El policía me preguntó qué quería que hiciesen con el cadáver. Me preguntó si iría a por ella, y le dije que sí. Lo hice sin pensar, me pidió mi correo electrónico y me envió luego las indicaciones precisas para ponerme en contacto con él a mi llegada.

Mientras esperaba su correo no podía creer lo que había pasado. Podía anular sin esfuerzo la conversación telefónica, olvidarla completamente y seguir con mis ocupaciones cotidianas, esas que tan feliz me habían hecho hasta entonces. Hubiera podido hacerlo pero no debía. Podía olvidar, pero no debía olvidar. Sentí que mi indiferencia no estaba bien, que el dolor de la muerte de mi madre debería haberme partido en dos. Y lo había hecho; una de mis partes pretendía hacer como que no sabía lo que sabía, la otra se culpaba por ello.

¿Dónde estaba el dolor?

Pensé otra vez: mi madre ha muerto, mi madre ha muerto; lo repetí en mi interior sin experimentar ningún sentimiento. ¿Era normal? ¿Puede una hija no sentir nada ante la muerte de su madre?

Las tortugas vienen a la playa a desovar de madrugada, se adentran en la arena unos cientos de metros para que la marea no destruya sus nidos, y entran en un trance instintivo que no son capaces de modificar. Cavan con sus aletas unos pozos profundos, en los que depositan ochenta o noventa huevos perfectos que expulsan por su ano uno a uno, gelatinosos, blancos y esféricos, iguales. Las he observado decenas de veces con la misma emoción, un lazo telúrico me une a ellas, hembras como yo, prehistóricas. Cuando las veo expulsar sus huevos pienso en mamá pariéndome a mí. Yo no tendré nunca hijos. No hay nada instintivo en mí, mis actos no están sobredeterminados.

Luego, las tortugas, digo, decía que las tortugas cubren los huevos con la arena, un trabajo lento y ceremonioso como todos sus movimientos, y regresan al mar. Nunca verán a sus crías. Es ahí, a la vuelta, cuando se giran para emprender el camino de regreso hacia el océano, cuando nosotros entramos en acción. Las inmovilizamos suavemente entre unos cuantos, y mi jefe, Oscar, les incrusta un monitor en la aleta delantera derecha con una pistola. Así podemos vigilar sus movimientos, sabemos dónde están, quienes de ellas regresan y quienes sucumben a los peligros del océano. Cuando miro la superficie del mar me imagino a nuestras tortugas nadando bajo sus aguas, mansas, hermosas y sabias, escondiéndonos sus secretos.

Algunas mueren en esa puesta mastodóntica, los jaguares esperan el momento místico de la reproducción para atacarlas cuando más indefensas están. Los jaguares han matado este año más de noventa tortugas, las arrastran hasta el bosque que se extiende hacia el interior, justo en el borde de la arena, y desaparecen con ellas para comérselas tranquilamente. Nosotros no podemos intervenir, estamos allí como testigos, como el periodista que observa una violación en tiempos de guerra, hace la crónica y nada más. Nosotros sólo podemos hacer el recuento: cuarenta tortugas muertas, noventa, cien. Pero yo solo tengo una madre. No puedo contar uno, dos, tres, cuatro huevos, seis, ocho tortugas baula; porque yo solo tenía una madre. Y su muerte no me afecta.

El calor es bochornoso, hay un índice de humedad del noventa y seis por ciento y llevo constantemente empapada la camiseta. En el bungalow en el que vivo comparto la terraza con ranitas jeans, que salpican de lunares rojos el suelo de madera del porche. Tengo que buscar de inmediato un billete a Oslo. ¿Cómo será la experiencia de morir congelada?

Estoy deformada por la biología.

 

 

El hombre que habló por teléfono conmigo tiene alrededor de cuarenta años y aspecto de vikingo. Me acuerdo de una película de vikingos que veía de pequeña con mi padre, un película donde se mostraban sus costumbres. Al final, el cuerpo de alguien que moría en combate se entregaba a las aguas del mar sobre una balsa de madera, creo que ardía. El vikingo de carne y hueso dice que mi madre murió hace cuatro días, llevo viajando veinticuatro horas y no consigo entender muy bien sus palabras, ni ubicarme en el tiempo. Dice que murió congelada, eso lo repite muchas veces, parece no entenderlo él, parece que también él sufre problemas de orientación.

–¿Pero, por qué congelada? –acierto a preguntarle.

–Ella abrió la puerta de la cabaña –el vikingo me mira a los ojos, los suyos son azules, se nota que ha pensado mucho en lo que dice, se nota que ha estado imaginando la escena en su cabeza rubia – , apagó la calefacción y se tumbó en la cama.

–¿En la cama?, me dijeron que había muerto en el camino de un bosque.

–Así es, eso fue lo que le dije para no inquietarla, pero las circunstancias fueron otras.

Las circunstancias fueron otras. Fueron otras las circunstancias, me repito, pero ¿cuáles?

Me ofrece un vaso de café con leche; antes me ha preguntado si quería café solo o con leche, tengo en el estómago un agujero enorme; lo quiero con mucha azúcar, se puede elegir, me ha dicho, entre poco azucarado, dulce o muy dulce. Yo le respondo, muy dulce; no me vendrá mal. Lo mismo lo dulce calma mi agujero. Él toma el suyo al mismo tiempo que yo, nuestros movimientos están sincronizados. Cuando me llevo la taza a los labios él hace lo mismo.

–¿Ha visto usted a mi madre?

–Sí. Claro que sí.

–¿Podré verla?

–Necesitamos que lo haga para cerrar la investigación.

–¿Hay una investigación?

–Su madre no estaba sola.

–¿Cómo?

–No había ningún vehículo en los alrededores, el único que, sin duda, debió utilizar para llegar hasta allí no estaba cuando la encontramos. Alguien tuvo que llevárselo. La cabaña está a doce kilómetros del pueblo. En invierno, con estas temperaturas, sólo se puede acceder en coche o con esquís. Los cuatro esquís estaban apoyados a un lado de la puerta. Y el coche había desaparecido, pero había huellas de ruedas en la nieve del camino.

El hombre mira hacia el techo para apurar su café, el mío calienta ligeramente el frío de mi estómago. Lo apuro como él y dejamos al unísono las tazas sobre la misma mesa. Hacen un ruido metálico. Siento que ese desconocido sabe más de mi madre que yo misma. Me irrito. ¿Cuándo va a terminar con sus sorpresas?

–¿Quiere decirme de una vez qué es lo que saben?

–¿Tenía su madre algún amigo o amiga en esta ciudad?

 

 

Mamá llegó a Oslo un mes antes de que la encontraran, de modo que cuando hablé con ella la última vez ya estaba en Noruega. Por alguna razón que desconozco decidió no decirme que estaba lejos de casa. Durante las dos primeras semanas se alojó en un hotel de la calle Bygdoy Allé al que decido acudir también yo aquella noche. El policía noruego me ha conseguido la misma habitación que ella ocupó durante sus primeros quince días en Oslo, la cuatrocientos diez. Los últimos quince los pasó en la cabaña donde la encontraron. Por los restos de basura que dejó allí piensan que la compartió con otra persona, pero no saben quién puede ser esa otra persona. En el hotel no la vieron con nadie. La poIicía interrogó a todos los empleados y a las señoras de la limpieza de habitaciones que pudieron cruzarse con ella, sin resultado. Los primeros días mamá estuvo sola en Oslo. Solía salir por la mañana hacia las diez, y regresaba sobre las siete. Cenaba cualquier cosa en el restaurante del hotel a las nueve y volvía a su habitación. Sólo hubo tres o cuatro noches que salió a cenar fuera. Eran las costumbres de mamá cuando viajaba. Solía cansarse al atardecer, al declinar el día ella también perdía las fuerzas, agotada de sus largas caminatas de exploradora, y se recogía en la habitación donde solía leer o escribir, o ver la televisión, si comprendía el idioma del país que visitaba. El policía que sabe de ella más que yo me cuenta que el personal del hotel le comentó que parecía contenta. La temperatura en la ciudad osciló durante ese periodo entre los quince y los ocho grados bajo cero. A mamá no le gustaba el frío. ¿Por qué vino hasta aquí?

 

 

El hotel de la calle Bygdoy Allé en el que me encuentro es un edificio de principios del siglo XX, neoclásico, muy del gusto de mi madre. En cuanto lo veo comprendo que pudo encontrarse en él como en su casa. Desde que papá y mamá se separaron, ella elegía hoteles de ambiente acogedor, fuera del centro pero lo suficientemente cerca como para no tener que utilizar demasiado el transporte público. Le gustaba mucho caminar. Recuerdo que de niña me disgustaba que no tuviera en cuenta mi cansancio. Cuando le pedía descansar, mamá siempre me contestaba con voz animosa, ¡vamos!, ¡un poquito más! Y conseguía que continuase con la promesa de un baño en la piscina, de mi plato favorito en la cena o de una golosina prohibida. Cuando abro la puerta de la habitación no puedo dejar de imaginar que ella ha estado allí. He venido tras sus pasos, como si compartir el espacio que la acogió poco antes de su muerte pudiera hablarme de algún modo de ella. Pero la habitación carece de huellas. La ventana da a la calle principal, y la nieve cubre el suelo del balcón. Dos pisadas de unos zapatos enormes miran hacia el interior, como si alguien, inexplicablemente, hubiera estado delante del cristal, sin que quede ningún otro rastro de su llegada hasta allí o de su salida; como si hubiera salido de espaldas de la habitación y regresado a ella con un solo movimiento de los pies. Imagino a un hombre limpiando los cristales, o a un vampiro noruego que ha venido volando a través de la niebla y del frío, pero me niego a seguir imaginando nada más. ¿Estarían aquí esas huellas cuando mamá cogió la habitación? La nieve parece compacta, intento abrir la ventana y no lo consigo. Afuera hace mucho frío, y dentro el calor es reconfortante. Al entrar en la habitación el frío escapa poco a poco de tu cuerpo. Ya esta mañana noté cómo el cambio brusco de temperatura hizo que me doliese momentáneamente la cabeza, un dolor ligero, que pasó en unos minutos, como si hubiera estado tensando imperceptiblemente los músculos del cuello, o del rostro, y luego se relajaran más confiados, descansando en el intenso calor. Pienso en mis tortugas, en las altas temperaturas de donde vengo, en la transpiración que establece un continuo entre tu cuerpo y el exterior. Aquí el cuerpo está seco, limpio, sin intercambios biológicos con el medio. No me gusta el frío. Me da miedo. Siento que podría acabar conmigo. El calor me anima, el frío me paraliza. Creía que en eso mamá y yo éramos idénticas. Pero ya no sé si era así.

He traído muy poca ropa de abrigo. Mi viaje debería ser corto.

 

 

El policía vikingo que se ocupa de la investigación abre la puerta de su despacho y me hace pasar. Hemos quedado para ver el cadáver de mamá. El hombre parece más compungido que yo misma. Luego subimos a un coche sin distintivo oficial y recorremos la ciudad camino del depósito, los árboles son de color negro y la nieve decora sus ramas con mullidas y regulares pinceladas blancas. Al pasar por el eje principal, entre el Palacio Real y la Karl Johans Gate, el semáforo se pone en rojo. Encima de un escenario, a mi derecha, un niño vestido de rockero canta acompañándose de una guitarra. Hay algo patético y gracioso al mismo tiempo en la figura de un niño de ocho años disfrazado de cantante de rock. Enormes cámaras de televisión retransmiten el espectáculo. No sé nada de Noruega, constato. ¿Es famoso ese niño? ¿No es eso explotación infantil?

–Son los campeonatos mundiales de ski.

–Ya.

Hay esculturas de hielo en mitad de la calle. La más cercana a nuestro coche es un homenaje a El grito de Edvard Munch; monolitos de hielo puestos en pie con el rostro repetido del fantasma de Munch, con su característica boca desorbitada. El niño rockero lleva el pelo rubio peinado hacia arriba con gomina. Canta bien.

–Su madre tenía el equipaje hecho. No se lo comenté antes. Dos maletas con todas sus pertenencias. Están también en el depósito, pendientes de que las retire.

–Dios mío…

–Podemos llevárselas al hotel en cuanto firme la documentación, no se preocupe.

–Gracias.

Se hace un silencio incómodo que dura lo que resta de luz roja. Luego, no sé por qué, digo en voz alta:

–A mamá le encantaba ese cuadro.

–¿Cuál?

–El grito de Munch.

El policía noruego se llama Thomas, Thomas algo, y mi observación le ha caído encima como un rayo. Se vuelve hacia mí con sus grandes ojos azules también desorbitados.

–¿De veras?

–Sí.

–¿Me permite que la lleve a verlo?

No sé qué se propone, pero no tengo nada que objetar y él parece tan entusiasmado de repente que le digo que sí.

 

El cuadro de Munch es lo último que le importa. Aparcamos cerca de la Galería Nacional y entramos en el vestíbulo. Thomas se identifica ante el personal de recepción. Luego les dice algo en su lengua y me señala. Yo contemplo la bóveda policromada y las escaleras laterales. Una mujer joven, de complexión gruesa, parece sorprendida. Thomas vuelve a mirarme, y me traduce una catarata de palabras que me cuesta escuchar. Cada vez que alguien pasa junto a la puerta de entrada, ésta se abre automáticamente y deja entrar una corriente de aire polar que me enfría la cara. Thomas y yo llevamos los abrigos puestos y, por debajo del mío, estoy empezando a sentir calor.

–Les he pedido que recuerden si hace un par de semanas vieron a alguna mujer que se le pareciera a usted, pero veinticinco o treinta años mayor. Y ella ha dicho que sí. Dice que vino durante algún tiempo todos los días. Que el vigilante de la sala veinticuatro les comentó que pasaba mucho rato delante de algunos de los cuadros de Munch… Tenemos que hablar con ese hombre.

Ha dicho: una mujer que se pareciera a usted. Cuando pienso en la cara de mamá veo lo que será la mía cuando llegue a su edad. Ahora, con su muerte, no tendré el modelo de mi rostro cuando llegue a la vejez. Tenía cincuenta y seis años.

 

Todavía no he decidido qué siento. Digo decidido porque se me antoja un acto de voluntad, ya que sentir, en sentido estricto, no siento nada. De momento sólo una cierta consternación. Es como si los sentimientos fuesen muy lentos en mi interior. Demasiado. Trato de capturarlos, de monitorizarlos como si fuesen tortugas, sin conseguirlo. El vigilante nos dijo que la señora española venía cada día aproximadamente a la misma hora, y se quedaba en la sala veinticuatro durante un largo rato. En ese tiempo no hacía nada, nunca la vio escribir, ni dibujar, sólo observaba los cuadros uno a uno, se sentaba en los sillones del centro de la sala, relajada, y meditaba. Eso era todo. Como él no habla inglés y mi madre tampoco noruego, sus intercambios se limitaban a una mirada de reconocimiento a la entrada y a la salida. Nada más. Dice que no le resultaba raro que alguien mantuviese la costumbre de observar esos cuadros durante tanto tiempo, que lo que le parecía extraño era que no tomase ninguna nota. ¿Cómo iba a recordar después todo lo que había pensado? Fue entonces cuando tuve la certeza de que mi madre no tenía intención de recordar nada. Que seguramente ya tenía planificado lo que iba a hacer las dos semanas siguientes. Lo pensé así, sólo porque mamá solía escribir sus impresiones en un cuaderno negro que siempre llevaba consigo. Las usaba para sus artículos sobre arte, porque desconfiaba mucho de su memoria, que se iba haciendo cada vez más débil. Mamá no pretendía recordar nada de sus frecuentes visitas al museo, eso es.

Cuando se lo comento a Thomas está de acuerdo conmigo.

–Yo también he pensado que tuvo que planificarlo de antemano. La ciudad, Oslo, donde no la conoce nadie, donde no hay nadie que la retenga. Que la haga desistir.

–¿Desistir?

–Usted ya lo sabe, su madre se suicidó.

Luego vamos a verla. A ver a mamá. Al cuerpo de mamá. En una sala fría, más fría que cualquier sala, nos vestimos de blanco y la vemos. Es ella. Mi teléfono era el primero en la agenda de su móvil. Ponía “A a mi hija”, como yo misma le había indicado que lo hiciera para casos de emergencia, y que pusiera mi número a continuación. No puedo recordar lo que vi. Pero era ella. Más blanca, más vieja, más delgada. Inanimada y fría.

 

 

Mamá se ha suicidado en una cabaña de Oslo. El policía que sabe tanto sobre su muerte, Thomas algo, dice que estaba sobre la cama, vestida con un pantalón ligero y una camisa, y que la ventana y la puerta de la cabaña estaban abiertas. En el interior de la única pieza, la temperatura, cuando la encontraron, era de trece grados bajo cero. No he querido escuchar nada más.

–¿Su madre viajaba con portátil?

–Solía hacerlo, sí.

–No hemos encontrado el suyo entre sus pertenencias.

Dios mío. No puedo retener todo esto en la cabeza, si lo hago comenzaré a sentirme realmente mal y no me quedarán fuerzas para hacer lo que tengo que hacer y volver después a mi vida. Sólo olvidando lo que me dice puedo continuar moviéndome. Las maletas de mamá vienen conmigo al hotel. El conserje me ayuda a subirlas, y en la habitación abro la más grande y compruebo qué hay en su interior. Ni rastro del portátil. Mamá venía muy preparada para el frío. Camisetas y calcetines térmicos, guantes de ski, botas forradas de piel, dos abrigos. Estaba leyendo Orgullo y prejuicio, aunque me consta que no le entusiasmaba Jane Austen. Sonrío.

Estoy segura de que era uno de sus arrepentimientos. A todos los autores que deberían gustarle y que no le gustaron en una primera lectura, les concedía una segunda oportunidad. Un acto solemne de relectura en la que tenían la posibilidad de seducirla. Decía que no quería ser injusta. Ya no sabré nunca si Jane Austen consiguió salvarse del primer juicio sumarísimo que hizo sobre la novela.

–Aburrida, monotemática, inteligente pero banal.

He decidido ponerme su ropa.

 

 

Los trámites para repatriar el cadáver de mamá me han llevado toda la mañana. Cuando regreso al hotel me dejo caer sobre la cama y me duermo unos minutos. El frío es reconfortante, te estimula, me siento más activa que allá abajo, en el calor, pero hoy me he levantado demasiado temprano y estoy cansada. Intento sostenerme a mí misma sin desmayo, sin caer en algo que se está abriendo bajo mis pies y que amenaza con succionarme. Yo creía que el frío me paralizaba y no es así. Desconozco mi propia naturaleza.

Me resisto a hacer turismo en Oslo. Estoy de duelo. No sé por qué me he prohibido recorrer los lugares que de modo natural me interesaría conocer. Me parece descortés. Un insulto a su memoria. En el restaurante del hotel la comida es insípida e hipercalórica. Desde que estoy aquí no tomo ensaladas. Echo de menos la dieta casi vegetariana a la que me acostumbré con mis tortugas. ¿Cómo andarán por allí? Oscar me ha respondido. Me consuela pensar que no les causa problemas mi ausencia. He comenzado a leer Orgullo y prejuicio. Una historia de mujeres que esperan ser elegidas. De mujeres que esperan.

El cuerpo de mamá podrá viajar dentro de un par de días en el mismo vuelo en el que yo dejaré el país. Todavía no he visto salir el sol, y ya lo echo de menos. Una neblina lechosa cubre el cielo desde el amanecer hasta el atardecer, la misma luz, la misma sensación plomiza. Sólo el maravilloso blanco de la nieve alegra la mañana. Me permito, eso sí, largos paseos por el parque cercano, donde la nieve luce inmaculada, haciéndome daño a los ojos, y donde grupos de simpáticos educadores sacan a pasear a unos preciosos niños, rubios o de pelo ensortijado, de diferente color de piel. Los futuros hombres y mujeres noruegos.

Thomas me ha dicho que puedo llamarle si necesito algo, pero no necesito nada.

Cuando regreso al hotel tras mi paseo de después de comer, el recepcionista me dice que alguien me ha telefoneado. Una hora después suena el teléfono de mi habitación.

–Buenas tardes…

Es la voz de un hombre joven. Habla en inglés con el mismo acento que Thomas.

–… No me conoce, pero yo sé muchas cosas sobre usted.

– ¿Cómo es eso?

–Ana, yo conocí a su madre. Tiene usted su misma voz.

Hemos quedado. No podía aguantar la curiosidad. ¿Y si era él? Si era él la persona que estuvo con mamá hasta el final quiero conocerle. Tal vez debería llamar a Thomas, su tarjeta está sobre el televisor, pero decido no hacerlo. Mi madre está muerta, no hubo violencia, no creo que el desconocido sea peligroso para mí. Ahora sabré más cosas que mi detective vikingo.

Prefiere que nos veamos lejos del hotel, en una cafetería del centro de la ciudad. Yo accedo, sería capaz de ir a verle hasta el Polo norte. Perseguirle como el doctor Frankenstein persigue a su monstruo sobre los hielos; él tiene cosas que decirme, y yo quiero escucharlas.

 

 

Se llama Terje, pero no sé si ese es su verdadero nombre. Dice llamarse Terje y tiene mi misma edad, veintiocho años. Y una belleza extraña, discreta, que crece a medida que le observas. No puedo dejar de mirarlo. La cafetería que ha elegido está decorada con colañas de madera, estilo nórdico, rural, no creo que le importe mucho la decoración. Está llena de gente joven como nosotros que entra y sale sin parar, quizás eso haya sido lo más determinante; aquí no llamamos la atención. Habla un inglés fluido.

–Con su madre hablaba francés.

–Ya, nunca aprendió bien a hablar inglés. Cosas de su generación.

–Lo comprendo.

Terje estudia medicina, pero trabaja en lo que va saliendo para pagar sus estudios. Me lo dice con naturalidad, como si yo tuviera derecho a saberlo. Tiene una voz agradable; no hay nada desagradable en él.

–¿Dónde la conoció?

Parece incómodo con mi pregunta. Quizás pretendía ir más despacio, pero yo tengo mucha prisa. No soporto que hombres desconocidos sepan de mi madre más que yo misma. Es mi madre, la conozco toda la vida. Qué obviedad. Terje vacila.

–Era una mujer muy decidida. Ya lo sabe.

–Sí.

–Pero también temerosa. A veces parecía estar a punto de romperse, le sucedía en cosas insignificantes. ¿No cree?

–¿Cómo qué?

–No sé, a veces no encontraba el momento exacto para cruzar la calle. Parecía una niña asustada. Delicada, fuera de este mundo. Luego, en otras circunstancias, no le tenía miedo a nada.

–¿Tanto la conoció?

–La acompañé durante sus últimos quince días de vida.

–¿Estuvo con ella hasta el final?

–Así es.

No supe qué pensar. ¿Quién era aquel hombre? ¿Por qué lo había elegido mamá?, y, sobre todo, ¿para qué?

–Le parecerá extraño… Es extraño. Pero durante quince días su madre y yo fuimos muy buenos amigos.

–¿Así, sin más?

–¿A qué se refiere?

–¿Se hicieron amigos y decidió ayudarla a suicidarse?, ¿la conoció y decidió acompañarla a morir abandonando durante quince días su propia vida para comprometerse peligrosamente en los asuntos de una mujer desconocida?

–No. Acompañarla formaba parte de mi trabajo. Ella me contrató.

–Le pagó.

–No más de lo acostumbrado.

–Pero usted habla de amistad…

–Fuimos buenos amigos. No hubiera hecho lo que hice de no haber sido así.

–No me importan sus razones, sólo quiero saber por qué mamá se suicidó –he levantado el tono de voz y la pareja de la mesa de al lado me mira con ojos escandalizados. Mi madre se suicidó; acaban de entender lo que he dicho.

Terje me mira a los ojos, sin asombrarse, con calma. No tiene vergüenza, no se reprocha nada, en los suyos leo una tranquilidad que invita a confiar en él. Por unos instantes comprendo a mi madre.

–No fue un suicidio, fue eutanasia.

–¿Cómo?

–¿Nunca le habló de él?

–Dios mío, ¿de quién? Hable claro, por favor. Creo que voy a volverme loca.

–De su hermano gemelo…

 

Nunca me habló de él, y Terje lo sabía todo al respecto. Su hermano gemelo. Hacía sólo seis meses que no veía a mamá y aparecía ante mí como una completa desconocida. En apenas un par de días se me presentaba como alguien ajeno, diferente a todo lo que yo creía saber sobre ella. Mi madre había compartido con Terje confidencias que nunca me hizo a mí, lo que me producía un sentimiento de animadversión hacia él que intentaba mantener a raya, sin lograrlo. Él, sin duda, lo percibía.

–A los siete años, a su madre le extrajeron del abdomen un pequeño manojo de pelos, huesos y piel, los restos de un abortado hermano gemelo que nunca llegó a desarrollarse. Desde niña sintió que su cuerpo no le pertenecía por completo, que alojaba algo indefinido, que finalmente pudo concretarse en esa operación. Pero, según me contó, la sensación de estar invadida por una presencia ajena no desapareció entonces. En realidad, no desapareció nunca.

¿Qué me estaba diciendo? Mamá jamás me contó nada de esto. Terje tomaba un té con cardamomo, olía a Las mil y una noches. La palabra cardamomo es hermosa. Le digo a Terje.

–Cardamon en español se dice cardamomo.

–Hermosa.

Creo que mamá hubiera dicho lo mismo, incluso sin el artículo. Hubiera dicho hermosa, sin más, como si fuese una larguísima explicación. Le da un sorbo y continúa.

–Cuando le diagnosticaron el cáncer de estómago, su madre soñó con ese hermano varias noches; soñó que venía a reclamarle lo que era suyo, el lugar donde había vivido y del que lo extirparon en aquella lejana operación de los siete años. Lo soñó como una presencia inhumana que se alojaba en su interior, una presencia que pretendía acabar con ella, cobrarse su venganza. Dijo que tenía miedo de él.

–Nunca me contó nada. Por supuesto, la acompañé en todo el proceso del cáncer hasta su completa recuperación, pero no me dijo ni una palabra de lo que usted me está contando.

–Lo sé, su madre estableció con él un diálogo permanente. Se lo imaginaba como a un varón con sus mismos rasgos, y empezó a sentirse acompañada por él. Desde que le extirparon el tumor decidió tomarlo como un aliado y dejar de tenerle miedo. No volvió a considerarlo como una presencia invasiva sino como un compañero interior. Un alter ego reflexivo que la consolaba, aunque, en algunos momentos, volvía a ser para ella una presencia maligna, un pus informe. Lo que ella llamaba pomposamente: El principio del mal.

–No comprendo por qué no me lo contó nunca. – En aquel preciso instante odiaba a mamá; mi ignorancia sobre lo que le había preocupado me humillaba. ¿Cómo se había atrevido a compartir con un desconocido aquella historia? Terje no se dejaba intimidar por mi tono irritado. Quería a toda costa transmitirme lo que sabía. Como si hubiera estado esperándome para compartir conmigo ese secreto. Como si reconociera también él que tenía derecho a conocerlo.

–Le costó aceptar la enfermedad. El cáncer era una espada de Damocles que pendía sobre su cabeza, imperceptible a veces, como una amenaza absoluta cuando se sometía a las sucesivas revisiones médicas. Pero finalmente la aceptó, y con ella vino una sensación de provisionalidad que nunca había conocido. Le pareció que cada día era una especie de regalo que había que disfrutar golosamente. Me contó que se levantaba más contenta que nunca. Entonces, después de pensarlo durante algún tiempo, dejó la enseñanza y montó la galería de arte. No quería morir sin hacerlo. El cáncer la decidió. Poco al poco comenzó a agradecerle a la enfermedad su nueva capacidad de elección, de afrontar riesgos que antes no habría asumido. Esto ya lo sabe usted, Ana, sin el cáncer, tal vez, envuelta en la multitud de tareas cotidianas que la docencia y la vida le exigían, tal vez, insistía una y otra vez, no habría tenido el coraje y la fortaleza de dejar su vida anterior. El mal la eximía de pensar demasiado, aliviaba las responsabilidades, la confrontaba directamente con la finitud. ¿Qué más daba un nuevo error?

–Se la veía feliz, es cierto. Fueron unos años preciosos para ella. Acababa de divorciarse de papá. Estaba rejuvenecida, era independiente. Viajamos bastante juntas. Los recuerdo como los mejores años de nuestra relación.

No le cuento, no le importa, que hace dos años que no veo a papá, que tengo dos hermanos de ocho y seis años, que su nueva mujer sólo tiene siete más que yo. Mamá se sintió aliviada cuando él encontró a Lucía, menos culpable de haberlo dejado solo, pero yo no. Fue una traición, papá abandonó a su familia y construyó otra apenas seis meses después de su divorcio. ¿Pensó alguna vez en mí? Pero me reprocho estos pensamientos, como si no tuviera derecho a tenerlos.

–Ella también los recuerda así. La quería mucho. Siempre la tenía presente.

–¿Entonces por qué decidió matarse?

–El cáncer volvió.

–¿Cómo?, ¿cuándo?

–Hace un par de meses. No era una metástasis del cáncer previo. Lo que le sucedió es algo que sólo se da en un porcentaje insignificante de casos, algo muy excepcional. Desarrolló un nuevo tumor, un tumor cancerígeno del tamaño de una canica que se instaló en la base de su cerebro, y que comenzó a crecer. Al parecer, los médicos con quienes consultó coincidían en que era muy extraño que apenas tuviese algún síntoma de su presencia; ni dolores de cabeza, confusión mental pasajera, desorientación, vómitos o pérdida de movilidad.

–¿No sufría nada de eso?

–En absoluto, pero el tumor era incompatible con la vida.

Se lo encontraron en una revisión rutinaria, continuó Terje, y no quería pasar de nuevo por el proceso que ya había sufrido durante el cáncer anterior. Al parecer, el tumor se encontraba en el tronco encefálico, un lugar extremadamente sensible. Había invadido ya el cuerpo calloso que une ambos hemisferios, y estaba muy diseminado por el resto del cerebro, por lo que la cirugía se hacía impracticable.

–¿Cuál fue exactamente el diagnóstico?

–Se trataba de un tumor cerebral primario, un glioblastoma multiforme que había crecido a partir de los tejidos que rodean las células nerviosas, invadiendo muy rápidamente el tejido cerebral. Era muy invasivo, los médicos lo calificaron de grado IV.

En ese tipo de tumores, me contó, la cirugía es imposible, y la quimioterapia y la radioterapia, aunque podrían mejorar su vida o alargarla –aunque no por demasiado tiempo – , tendrían que ser muy fuertes, y se negó a que se las administraran. Podían quedarle entre tres y cuatro meses de vida. –Estaba desahuciada –continuó Terje – . Recuerdo que pronunciaba la palabra con gula. Decía que desahuciar, en su idioma, es cuando a alguien le quitan la casa porque no pagó la hipoteca o el alquiler. Ella estaba desahuciada porque no había pagado no sabía qué deudas con su cuerpo, bromeaba. Entonces decidió hacer las cosas que le interesaban antes de que los síntomas se lo impidiesen. Su madre no estaba dispuesta a que su vida dependiese en ningún caso de nadie.

–Eso ya lo sabía. Se propuso no ser nunca una carga para mí. No tenía a otra persona que no fuese yo y no deseaba que mi vida cambiase a causa de su enfermedad. Pero jamás pensé que llevase tan lejos su propósito.

–Estaba convencida de que era lo mejor. Le obsesionaba la insistencia del cáncer en ella. ¿Por qué dos tumores?, era una pregunta que no dejaba de hacerse. Había leído todo lo que se ha publicado sobre el tema: el aumento de los tumores craneales, las posibles causas, y no podía entender lo que pasaba con sus células, por qué se volvían contra ella. ¿Por qué sus células inútiles se negaban a morir? Hasta que encontró la respuesta en una supuesta vinculación de los tumores primarios, como el suyo, con restos ectópicos de tejido embrionario.

–¿Restos embrionarios?

–Se trata de restos de células fetales que acaban formando tumores, benignos o malignos.

–Su hermano gemelo.

–Eso fue lo que pensó.

–Dios mío, se volvió completamente loca…

–En absoluto, no he conocido a ninguna mujer más cuerda que ella. Yo diría que se trataba de una locura poética, un esfuerzo por darle sentido a esas preguntas sin respuesta: ¿por qué el mal insiste dos veces en el mismo cuerpo? No es fácil de aceptar. El hermano gemelo era una explicación tolerable, la dejaba más tranquila.

–¿Sufrió?, quiero decir mientras le llegó la muerte.

–En absoluto, estaba completamente sedada. Murió durante el sueño.

–No entiendo, ¿para qué entonces expuso su cuerpo al frío?

–Fue una excentricidad de Carlota – era la primera vez que Terje la nombraba por su nombre. Como si hasta ese momento no hubiese querido hacer prevalecer su relación, los privilegios de un vínculo que todavía no sabía en qué había consistido, sobre nuestro parentesco, se había referido a ella como su madre. Ahora, de repente, era Carlota. El nombre de mamá, pronunciado por un desconocido, se me antojó distinto –. Se le ocurrió que ella no sufriría, pero que el frío le haría sufrir a él. Fue una pequeña e inocente venganza. Su madre se había propuesto hacer hasta el final lo que le viniera en gana.

–Y lo hizo.

–Era una mujer libre.

 

Aquella noche, en el hotel, la sensación de irrealidad no me abandonó. Había perdido la noción del espacio y del tiempo. Me resultaba extraña hasta mi presencia en aquella ciudad extranjera cubierta de nieve. ¿Dónde estaba? Descorrí las cortinas de la habitación para observar el mundo físico, para anclarme en una realidad que se me hacía cada vez más confusa; allí estaban la iglesia americana de la acera de enfrente, sus tejados en pronunciada pendiente, como el gorro de una bruja chiflada, el autobús treinta y uno, rojo, que paraba regularmente bajo mi ventana. Estaba separada de mi vida, como si la vida de mamá, la persona misma de mamá, estuviera invadiéndome a mí como a ella la invadió su letal hermano gemelo. Tenía mil preguntas que hacerme, y otras tantas que hacerle a Terje, alguien a quien apenas conocía, pero que se había convertido en una persona tan importante para mí como lo fue para ella. ¿Me estaba volviendo también yo loca?

Lo llamé por teléfono.

–¿Fue ella quien le ordenó que me contase todo esto?

–Sí. No quería que sufriera innecesariamente.

–¿Y no había otro modo de hacerlo?… Yo… hubiera preferido que usted no existiera.

–Lo sé, pero Carlota no quería morir sola. No era tan fuerte como crees. Ella… necesitaba que alguien la abrazase en algunos momentos.

–¿Sólo eso?

–¿Qué quiere decir?

–¿Sólo quería que alguien la abrazase?, ¿qué relación tenía exactamente con ella? – Acabo de darme cuenta que desde que estoy en esta ciudad, la palabra exactly es la que más utilizo, todo es tan vago que busco como una desesperada algo de certeza –. ¿Cuál es su trabajo, Terje?

–No voy a contestar a esas preguntas, creo que pertenecen a la intimidad de su madre y a la mía.

–….

–Me gustaría ir a la cabaña mañana.

–No está lejos. ¿Quiere que le acompañe?

–Mi vuelo sale por la tarde, no tendría tiempo de ir hasta allí sola, no conozco el lugar. Se lo agradecería.

–Muy bien, la llevaré.

 

 

La ropa de mamá es cálida, protectora. Con ella, el frío está ahí, enrojeciendo la punta de la nariz y las mejillas, pero no penetra en el resto de mi cuerpo. Me visto tal y como supongo que ella se habrá vestido cualquier día, cómoda y abrigada, y tomo un taxi hasta la puerta de la Biblioteca Nacional, de cuya fachada cuelga un cartel en blanco y negro que anuncia una exposición de un fotógrafo noruego del que nunca he oído hablar. Hace un sol espléndido, el cielo está despejado, sin una sola nube. La ciudad luce diferente bajo su luz. Más alegre, más liviana. Llevo conmigo todo el equipaje porque no tendré tiempo de volver al hotel antes de la salida de mi vuelo.

Esta mañana, después del desayuno, he descubierto el misterio de las huellas de mi balcón. Un par de operarios retiraban la nieve de los aleros y ventanas del edificio subidos en una grúa hidráulica. Uno de ellos la manejaba desde el camión, mientras el otro se acercaba a la fachada metido en una especie de cubo oscilante y barría la nieve tirándola hacia abajo. Sus botas son tan grandes como las pisadas de mi supuesto vampiro. Supongo que habrán sido ellos. De haberlo visto entonces le hubiera invitado a entrar. Los vampiros necesitan ser invitados para chuparte la sangre de por vida. Los operarios también, supongo. El que manejaba la grúa era joven. En la selva donde vivo hay vampiros cuyas alas miden casi medio metro. De noche revolotean ciegos entre las copas de los árboles, con sus bocas abiertas y voraces, tragando todo tipo de insectos.

Terje aparece puntualmente con un coche casi nuevo, que parece de alquiler. Instala mi maleta y las de mamá en el maletero y nos dirigimos hacia la salida este de la ciudad.

La nieve, a ambos lados de la autovía, está sucia, ennegrecida por el humo de los coches. Vuelvo a mirarlo como ayer, parece que hace siglos que nos conocemos, y me resulta todavía más hermoso que la primera vez que le vi. ¿Qué tiene este hombre que produce tanta confianza? Su hermosura me intimida.

–¿Cómo me encontró?, todavía no me lo ha dicho.

–Carlota me dio su móvil, pero me comentó que primero intentase localizarla en el mismo hotel donde se había alojado ella. Creía que usted querría saber dónde estuvo, y que podría encontrarle allí. Y acertó.

–Es curioso. No podía imaginar que mamá me conociese tanto, y yo a ella tan poco.

–Pasa con los padres, ¿no?, siempre nos produce sorpresa saber qué o quienes son en realidad, quiero decir, al margen de nosotros.

–Es cierto. ¿Tiene hijos?

–No.

Una vez que salimos de la ciudad, lo que se me antoja inusualmente rápido, tal vez porque es sábado y la mayoría de la gente está descansando, el paisaje se pinta de un blanco resplandeciente. La nieve luce limpia, inmaculada, cubriendo los campos y los árboles hasta donde llega la vista. Su resplandor me hiere los ojos; me pongo las gafas de sol. No hay demasiado tráfico, Noruega es un país poco poblado. En el interior del vehículo se está bien, huele a limpio, a recién estrenado. Me desprendo de la bufanda, del abrigo y de los guantes, y escucho una música suave, hipnótica.

–¿Quién es?

–Fink – jamás he oído ese nombre, pero hace mucho tiempo que estoy fuera del mundo y no me sorprende.

Fink nos mece, melancólico, mientras recorremos los escasos doce kilómetros que separan la cabaña donde mamá murió de Oslo. Terje conduce suavemente, y el coche no hace ruido. La sensación de irrealidad no me abandona.

Cuando dejamos la carretera del pueblo para internarnos en un bosque helado, apenas hemos intercambiado ninguna otra palabra. La nieve cubre el camino, en el que se distinguen vagamente huellas de otros coches. Terje tiene una cualidad extraña, su silencio y su conversación son igual de acogedores. Detiene el coche a cincuenta metros de una construcción de madera idéntica a otras dos que hemos ido dejando atrás. La fachada sólo tiene una puerta y una ventana. Delante de la puerta, un pequeño porche cubierto recorre el perímetro de la construcción, a un metro y medio sobre el suelo. Contemplamos la cabaña desde el interior de nuestro coche durantes unos instantes, luego me envuelvo con el abrigo, la bufanda y los guantes, y salgo al exterior. Llevo un gorro color tabaco que me cubre el pelo, imagino que antes protegió la cabeza de mamá. La lana conserva su perfume. La nieve está intacta, no hay huellas en el trayecto. Parece que nadie haya vuelto a alquilarla desde que lo hiciera ella. La última nevada ha cubierto las señales de su paso, y todo resplandece, impoluto. Una superficie mórbida y fría, en la que mis pies se hunden unos diez centímetros, cubre completamente el suelo, apenas horadada por lo que me parecen pisadas de pájaro, y otras distintas, de algún pequeño roedor. Camino despacio hacía el porche, escuchando el agradable sonido de mis pasos, y subo los seis escalones. A la izquierda, a los pies de un abeto, hay un cubo de basura abierto en cuyo borde curiosea un cuervo encapuchado. Tiene el cuerpo negro y gris, y baja y levanta nervioso su cabeza sin reposo; luego me mira unos instantes y emprende el vuelo. Estalactitas de hielo translúcidas decoran la cornisa como una puntilla efímera. El silencio es tal que puedo advertir la caída de cada una de las gotas que, regularmente, se desprenden de la punta de la aguja más larga y se congelan más abajo, sobre la barandilla de madera. Corto un trozo de hielo y me lo llevo a la boca.

Terje me observa desde el coche. Un par de mecedoras de lona cubiertas con unas pieles, cuyo uso ya he advertido en la ciudad, amueblaban, solitarias, uno y otro lado de la ventana, que está cerrada, con las contraventanas protegiendo el cristal.

–Podemos entrar, sé dónde está la llave. ¿Quiere? – Terje ha llegado silenciosamente, y sacude sus botas en el último escalón.

Asiento. Quiero ver el interior.

Encima de la puerta hay a un pequeño soporte de madera que pasa fácilmente desapercibido sobre el que se encuentra la llave. La introduce en la cerradura y abre la puerta. Yo no me muevo. Espero a que abra también la ventana, cosa que hace de inmediato, como si intuyese que yo no puedo entrar en la habitación sin que el aire me anteceda y la renueve. A través de la ventana contemplo el interior. Todo es sencillo y agradable. La cama, amplia, cubierta con un edredón en patchwork de colores alegres, la chimenea con su leña elegantemente colocada a un lado, una pequeña cocina con una barra que hace las veces de mesa, otra mesa bajo la ventana, dos sillones confortables cubiertos por sendas mantas… recupero mi talante enumerador de inmediato, al enfrentarme al escenario del crimen. Sonrío. ¿Cómo puedo conservar aún la ironía? Terje sale hasta la puerta invitándome a entrar.

En esta habitación ha convivido con mi madre. ¿Han dormido en la misma cama? Él podría ser su hijo, podría ser mi hermano. Al fondo, a la derecha de un pequeño pasillo que, supongo, conducirá al baño, hay un diván y una cesta con revistas. Pudo haber dormido allí, quiero pensar. Aunque, en última instancia, ¿qué me importa? La sexualidad de mamá es cosa suya. Pienso en mi abstinencia de meses, absorta en la reproducción de las tortugas baula. Mi piel está seca, hace tiempo que he perdido la costumbre de pensar en mi cuerpo.

No sé por qué me tumbo en la cama. Me dejo llevar por una curiosidad impúdica, y me tumbo allí. Mientras, Terje me mira desde la puerta. Cierro los ojos e imagino lo que pudieron ser sus últimos pensamientos. Transcurren unos minutos antes de que él hable. No sé lo que siente, su calidez es una oferta, pero no transmite sus emociones, él también parece olvidarse de sí mismo para pensar en el otro, su reserva produce un vacío en el que te alojas.

–Estaba sedada. Triplicó la dosis de somníferos y analgésicos que le habían aconsejado tomar si comenzaba a sufrir de insomnio o tenía dolor, y se tumbó en la cama como tú estás ahora. Estaba muy tranquila. Habíamos hablado durante muchas horas y cada uno sabía lo que tenía que hacer. Poco a poco, sus ojos se fueron cerrando y sus manos, que mantenía entre las mías, se relajaron completamente.

Habla con voz monótona, como si hubiese aprendido de memoria lo que tiene que decir. Es una voz agradable que adormece.

–Apagué la calefacción, abrí la ventana y llevé mi equipaje hasta el coche. Cuando volví, Carlota dormía profundamente, revisé que todo estaba como ella quería y salí de aquí dejando la puerta abierta. Luego desaparecí. Ella no quería que me relacionasen con lo que había pasado, no quería causarme ningún problema.

–Me gustaría que me dejase unos minutos sola. Por favor. Salga y deje la puerta y la ventana abiertas tal y como hizo entonces.

Terje me mira, quizás sorprendido, pero no dice nada. Se comporta como deseo que haga, entre él y yo no hay que hacer ninguna aclaración, todo es sencillo, fluido. No sé cómo lo consigue. Sus movimientos son delicados. Es el frío, pienso, la nieve que amortigua la brusquedad y el sonido, es su manto muelle que lentifica la vida.

A los pocos minutos, el frío es lo único que percibo. La inmovilidad acrecienta su percepción, lo siento en cada milímetro de mi cuerpo, cubierto en su totalidad por la ropa de abrigo. No puedo imaginar cómo sería morir congelada. Saber que mamá estaba dormida ha supuesto un alivio inmenso. Entre la ventana y la puerta se establece una corriente de aire que circula sobre la cama. Una sensación de humildad ontológica me invade. La misma que experimento día tras día allá abajo, en el otro lado del mundo frente al poder de una naturaleza que despreciamos. El hermano gemelo de mamá sintió cómo sus células se iban congelando una a una hasta quedar completamente helado, hasta morir una vez más. Tres veces había intentado asesinarlo sin conseguirlo. Pero esta vez fue la definitiva. Mamá era realmente ingeniosa. De alguna manera, había vencido el cáncer. Era como un gladiador victorioso, que muere sonriendo tras dar muerte a su rival.

Durante unos momentos siento la atracción de la nada; dejarse llevar, abandonarse a un cansancio infinito y no despertar nunca. ¿A quién le importa realmente que yo viva, ahora que mamá no está? Pienso en la indiferencia del mundo, sin mí. En mi insignificancia. ¿A quién le importará la muerte de mamá si yo muero?

Sin embargo, no lo aguanto más. El frío congestiona mi cabeza, hiere el interior de mis fosas nasales, cuyas paredes siento resecas. Me incorporo y salgo. Terje sigue en el coche y, al verme, viene hasta donde estoy y me abraza en silencio. Su cuerpo caliente aumenta de inmediato la temperatura del mío. Es una sensación reconfortante a la que no me abandono casi nunca. Carlota no es tan fuerte, necesita sentir que alguien la abraza, me dijo cuando le conocí.

–Vámonos.

Cierra la cabaña, lo deja todo tal y como estaba, mientras yo, protegida en el interior de su vehículo, recupero el calor que he perdido. Me gustaría llevarme a Terje conmigo. Lo pienso un instante. Morir junto a él, como hizo mamá. Con su mano acogiendo la mía. Podría amarlo infinitamente, fundirme con él como el sudor de mi cuerpo se confunde con la humedad del aire en el trópico, y no saber nada del mundo. Ser una tortuga baula que sigue un patrón natural escrito en sus células desde hace miles y miles de años, y unirme a él indefinidamente, en una cópula muda. Pero no puede ser, mi alma está congelada y temo que su belleza la descongele.

 

El tráfico ha aumentado y circulamos a menor velocidad que a la ida. Terje vuelve a poner una música envolvente, pero distinta a la de esta mañana. Me mira y, como si supiera que voy a preguntarle de nuevo de quién se trata, me informa, casi deletrea:

– Roi Nu.

Afuera, el paisaje sigue tan ajeno a nosotros como le es propio.

–La conocí en el cementerio de la ciudad, delante del memorial de Edvard Munch. –Comienza suavemente a contarme, en uno de esos monólogos correctos y desapasionados a los que ya me tiene acostumbrada. Cierro los ojos y le escucho – . Vivo cerca de allí y suelo pasear a mi perro por el cementerio a la caída de la tarde. Es un sitio muy concurrido. Solemos atravesarlo cientos de personas cada día, camino del trabajo o de vuelta a casa. No es un lugar solemne, se lo aseguro, más bien un paseo cotidiano. Las meadas de los perros tiñen de amarillo la nieve que rodea las tumbas sin que ni los muertos ni los vivos se sientan ofendidos. Rufus es un Golden retriever, un cachorro juguetón. Cuando la vi por primera vez, Carlota introducía sus botas en la nieve en mitad de una explanada. Parecía encantada de hacerlo, absorta como una niña. Me imaginé el placer que podía sentir porque yo lo he experimentado muchas veces, ese crujir sordo de los cristales de hielo, la delicada resistencia de la capa de nieve bajo tus pies… Rufus se le acercó sin que pudiera impedirlo, y la olfateó, y ella, en lugar de asustarse, lo acarició de inmediato. Ça va, tu es mignon, le dijo en francés. Seguramente asoció la lengua extranjera que conoce con el hecho de estar en un país que no era el suyo. Sucede con frecuencia. Yo me disculpé también en francés, y seguimos caminando un trecho junto a Rufus.

Cuando llegamos a la verja de salida, Carlota se detuvo y me miró directamente a los ojos. Me dijo: Joven, ¿le apetecería tomar conmigo un café? Y le dije que sí. Eso fue todo. Me propuso que le acompañara a la cabaña, que estuviera con ella durante esos últimos quince días, y volví a aceptar.

Mi madre murió cuando yo tenía ocho años. No sé, quizás alguien más ducho pueda adivinar por qué acepté lo que me proponía. Yo no. El caso es que lo hice, y que he llegado hasta aquí. Y, sobre todo, que no me arrepiento de nada.

–¿Le gustaba mi madre, Terje?

–Sí. En cierto sentido sí.

Vuelvo la cabeza hacia la ventanilla, ruborizada. El aeropuerto está a unos cincuenta kilómetros de donde nos encontramos, Terje y yo no volvemos a hablar durante el resto del trayecto.

 

 

El vuelo ha salido a la hora prevista. He tenido tiempo de despedirme de Oslo, de dejar atrás sus bosques nevados, fantasmales, el enigmático paisaje del mar congelado de su fiordo. Cojo el bolso de entre mis pies, donde lo dejé obedientemente al sentarme, debajo del asiento del pasajero de delante, lo abro y saco mi móvil. El avión se desliza por la pista de despegue acelerando los motores. En esos momentos, mamá y yo solíamos darnos la mano hasta que el aparato se estabilizaba a cientos de metros sobre el suelo. En nuestro último viaje, cuando ya tenía veintidós años, volvimos a hacerlo, pero retiré la mía demasiado pronto, avergonzada de nuestra intimidad. Ahora, su cuerpo viaja en la bodega de este avión en un ataúd de metal sellado.

Me dirijo a un país que una semana antes no tenía pensado pisar hasta pasados un par de años, y en el que habré de permanecer contra mi voluntad durante algunas semanas porque todavía tengo importantes cosas que hacer en él. Entre ellas, llamar a papá y comunicarle la noticia.

Busco en la agenda de mi teléfono el número de mamá, selecciono el icono Más, reviso las opciones que me ofrece y, cuando el cursor colorea en azul Eliminar contacto, pulso decididamente el botón central.

Luego repito la operación con el número de Terje, mientras el estrépito de los motores anuncia el despegue.

 

 

Al principio fue el frío. O mejor, el deseo del frío, la trama oculta de “El hermano gemelo”

Quería experimentar lo que se sentiría a veinte grados bajo cero. Recuerdo que se lo decía a todo el mundo: Quiero sentir el frío, repetía como una cantinela. Pero no podía intuir aún lo que esa frase significaba. Sabía, eso sí, que contenía un relato. Mi relato del frío.

Mantuve ese extraño anhelo durante un año, por lo menos. Hasta que conseguí que mi hija y yo hiciésemos un viaje a Oslo en febrero de 2011. Dieciocho grados bajo cero, metros de nieve, Mundial de esquí. Seis días de frío polar garantizado.

El mar del puerto de Oslo estaba congelado, y sobre el hielo que mantenía aprisionados los barcos que, en verano, realizan las excursiones que recorren los fiordos, correteaban los patos. Me gustaba pasear por el borde del muelle observando el horizonte blanco, uniformemente helado. Pensaba en Frankenstein. En la banquisa por donde el atormentado monstruo de Mary Shelley huye de los hombres.

Recuerdo que las calles estaban decoradas con gigantescas esculturas de hielo que no se derretían nunca. Varias de ellas representaban El grito de Munch en alguna de sus múltiples versiones. Descubrí las versiones de El grito también en Oslo, en el museo dedicado íntegramente al pintor noruego.

Nuestro hotel era acogedor. Un céntrico edificio del siglo XIX. Por las tarde, apenas oscurecía, mi hija y yo volvíamos a nuestra habitación para descansar, mientras la nieve se acumulaba en la calle y el esporádico sonido del tranvía era el único ruido que, amortiguado, llegaba del exterior. Ella estudiaba sus próximos exámenes, yo leía a Jane Austen e intentaba imaginar mi cuento del frío. El calor relajaba los miembros ateridos, encogidos durante la intemperie del día…

Sin embargo, las cosas no comenzaron realmente así.

Cuando tenía catorce años conocí a la que sería mi mejor amiga durante los últimos cursos del instituto. Se llamaba María José, y a mí me parecía una chica muy hermosa. María José me contó un día que le habían extraído de un ovario un ovillo de pelos y de uñas que había pertenecido a un hermano gemelo que no llegó a desarrollarse como ella en el vientre de su madre. María José había sido el gemelo dominante, el gemelo caníbal, y los restos de su hermano permanecieron en su cuerpo hasta que los eliminó la cirugía. Su experiencia me impactó.

Mi relato empezó a gestarse con esa anécdota: una mujer, el frío y su hermano gemelo.

La mujer tenía cáncer. En realidad, esta parte de la historia pertenecía a una novela abortada donde pretendía contar seis fragmentos de otras tantas vidas, relacionadas a partir de esa leyenda de los seis grados que tan popular se hizo hace unos años. Ya saben, a cualquier habitante del planeta nos separa de otro ciudadano cualquiera únicamente una cadena de seis eslabones, seis personas. Cuando pienso en esa supuesta cercanía entre yo misma y Donald Trump me estremezco. Escribí cinco de esas seis historias, pero no terminé mi novela por considerarla demasiado “realista”, demasiado pegada a lo cotidiano. No sé, no me gustó. La protagonista de una de ellas era una galerista neoyorquina que padecía cáncer por segunda vez. Me gustaba esa mujer, era decidida y tenía mi misma edad. También era elegante, más que neoyorquina parecía la protagonista de una película de Godard, por algo estaba viviendo en París mientras la escribía. Esa mujer se quedó conmigo cuando la novela fue a la papelera del ordenador un par de años antes de mi viaje a Oslo. En El hermano gemelo la resucité.

Este es uno de los poderes de la literatura, entre otros muchos: dar y quitar vida a los personajes.

Pero sigamos viajando hacia el origen.

Diez años antes, durante un viaje a Costa Rica que realizamos toda la familia, me sucedió algo singular. Fue en El Tortuguero, mientras presenciaba el desove de las tortugas baula, cuando experimenté intensamente una especie de sentimiento oceánico casi inenarrable; una extraña fusión con la naturaleza que hizo que me sintiese exactamente como una hembra más de la especie humana, tal y como la tortuga que desovaba lo era de la suya. Me sentí su gemela; un fragmento anónimo e indistinguible de la materia viva que puebla el planeta. La frontera entre lo animal y lo humano se disolvió durante unos minutos al observar cómo se deslizaban los huevos de la hembra baula en el interior del pequeño agujero que nuestro guía alumbraba con su linterna de luz roja. Recuerdo que lloré, y que nadie pudo advertirlo, rodeados por completo por la oscuridad.

Nuestro hotel en Oslo era cálido, y en él descubrí también que no conseguía disfrutar con las anécdotas domésticas de Jane Austen, que su escritura, como le sucedió a Charlotte Brönte, me aburría; de modo que puse en boca de mi protagonista esta opinión, que ya se me había manifestado en la voz de su hija, que sería mi narradora. La primera frase que me obsequió trajo de la mano el tono buscado:

Cuando me llamaron para decirme que mamá había muerto estaba terminando mi tesis doctoral sobre las tortugas baula en Costa Rica, y su cuerpo sin vida yacía en algún lugar de los alrededores de Oslo.

 

Y el relato arrancó.

Una mañana, en el balcón de nuestra habitación, aparecieron sobre la nieve las huellas de unas botas enormes, cuyas punteras apuntaban hacia el interior como si nos mirasen a través de la ventana. Pensé en una reciente película sueca –de nuevo el frío – , Déjame entrar, excelente versión moderna del vampiro, en nuestra capacidad de parasitar a los otros; pensé en el inquietante abuso de poder que somos capaces de practicar sobre quienes nos regalan su fascinación. Mi protagonista estaba colonizada por un hermano gemelo que ella absorbió en el interior del vientre de su madre. Viajó al frío, como yo misma había hecho, para congelarlo para siempre en su interior, para vengarse de él y que no la sobreviviese alimentándose de ella tras su muerte.

Sucede que, en ciertos casos, los restos del hermano gemelo que no se desarrolló están en el origen de algunos procesos tumorales, e imaginé que el gemelo de mi relato se vengaba del asesinato prenatal de su hermana produciendo en su cuerpo un cáncer tras otro.

Quise, además, que mi protagonista tuviese una aventura ambigua con un joven noruego, aunque en el relato no se precisa si fue o no de carácter sexual. Tampoco yo lo he sabido nunca. Lo hice porque ella me lo pidió. Antes de morir quería estar acompañada. Algo natural, por otra parte. El parque donde lo conoció lo atravesábamos cada tarde durante el paseo de regreso hacia el hotel. La nieve crujía bajo nuestras pisadas exactamente como en mi cuento.

Visitamos el museo de Munch, como he dicho; y el de Ibsen, uno de cuyos poemas inspiró el nombre de mi personaje masculino, Terje. Asistimos a extraños conciertos en la calle. Charlamos. La intimidad con mi hija me llevó a pensar que algún día podrían separarnos miles de kilómetros, como sucedía entre mi protagonista y la suya. Pensé también que esto podría ser bueno para ella, aunque doloroso para mí.

Antes de abandonar Oslo tenía en mis manos la primera versión de El hermano gemelo, que luego incluí en Lazos de sangre, un libro de relatos cuyo hilo conductor es la familia, publicado por Páginas de Espuma en octubre de 2012.

Pero la trama oculta no termina aquí. La trama oculta debería comenzar ahora, pero no

voy a contarla por pudor, discreción, o por ambas cosas. Se que al hablar de tramas ocultas es injusto contar solo lo anecdótico y reservarme una parte central, secreta, que mostraría tan a las claras el extraordinario poder de la literatura, su capacidad anticipatoria, el conocimiento intuitivo, irracional y certero que nos procura sobre nosotros mismos, más allá de la soberbia racionalidad a la que rendimos pleitesía, si bien solo pasado un tiempo estemos en condiciones de comprobar la verdad de ese saber.

Lo sé, pero no voy a hacerlo. Os pido disculpas.

Solo diré que mi relato encerraba una premonición, que una sabiduría corporal que entonces ignoraba estuvo en el origen de mi deseo de viajar al frío y de congelar al gemelo intruso.

Esto es todo. Mi protagonista murió congelada en Oslo, yo sigo viva. Lo creáis o no, este es otro de los poderes implícitos de la literatura.

No tengo más que añadir.

 

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Publicado el 4 octubre, 2017 en Cuento, Escribir, Escritura Creativa, La trama oculta, Leer, Sin categoría

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