“Todo lo que ya no íbamos a necesitar”, de Maite Núñez, en la Trama Oculta

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La escritora barcelonesa Maite Nuñez nos desvela en esta entrada la “trama oculta” de la escritura de “Todo lo que ya no íbamos a necesitar”, relato que da nombre a su último libro, editado por la Editorial Base. Que lo disfrutéis.

 

Todo lo que ya no íbamos a necesitar

 

Maite Núñez

 

Habíamos tardado mucho tiempo en decidirnos. Llevábamos meses hablando de la necesidad de una reforma. Íbamos a aumentar la familia y queríamos tener la casa en condiciones. La cocina renqueaba; las cañerías regurgitaban, faltas del cariño de un buen mantenimiento; la madera de los muebles se agrietaba: por las noches se la oía crujir, con un lamento de difuntos. Apalabramos la reforma, pero para cuando los obreros se presentaron en la casa Berta ya había perdido el niño.

Después de volver del hospital guardé en una caja todo lo que ya no íbamos a necesitar: camisitas, bodis, peleles, hasta un juego de sábanas sin estrenar que habíamos heredado de mi madre. Desmonté la cuna y la guardé en el altillo, donde Berta no pudiera verla.

Supongo que teníamos disculpa, pero olvidamos por completo que los albañiles tenían que venir. Llegaron una mañana de principios de mayo. Quisimos anular la reforma contratada o, por lo menos, aplazarla a algún otro momento que no fuera un incordio para Berta, pero nos dijeron que de hacerlo perderíamos la paga y señal que habíamos entregado.

–Que se queden, qué más da -concluyó Berta. Luego se encerró en nuestra habitación.

Así que los operarios desembarcaron en la cocina con un cargamento de herramientas y azulejos. Eran dos. El mayor daba las órdenes; gesticulaba mucho con los brazos, como si mando y exageración tuvieran que ir unidos. El más joven era alto, desgarbado; hablaba con un acento que me pareció extranjero. Durante los días que estuvieron allí trabajaron con eficacia, durante la mañana y casi toda la tarde. Apenas paraban al mediodía para comer algo. No tenía queja.

Lo primero que hicieron fue arrancar el alicatado, maltrecho por un brote de humedad. Descarnaron las paredes, baldosa a baldosa, con cincel y martillo. Usaban guantes y gafas protectoras.

Durante unos días, los pedazos de baldosas rotas enmoquetaron el suelo. Crujían al pisarlas, como frenéticos grillos. La cocina, tal como la conocíamos, desapareció bajo una capa de polvo anaranjado. Se depositaba por todas partes, como una enfermedad. Al principio, mi mujer lo combatía con gamuzas húmedas, pero volvía a aposentarse terco sobre los muebles, por el suelo; enturbiaba los cristales. Yo le instaba a que desistiera, a que esperara que la obra terminase.

–Déjalo. Ya lo limpiaremos todo cuando se hayan ido.

–¿Y cuándo será eso?

–En unos días. Tal vez el viernes de la semana que viene ya habrán acabado.

–No puedo soportar todo ese polvo. No puedo esperar a que acaben.

–No te preocupes, yo lo limpiaré. Tú descansa.

Pero a la que me descuidaba la volvía a ver pasando la bayeta, con doméstica desesperación. Le sugerí mudarnos a un hotel durante los días que durara la reforma -nuestras familias vivían a dos horas de coche de San Cayetano, no teníamos a nadie cerca-, pero no consintió en abandonar nuestra casa. Del niño inacabado no hablábamos nunca, parecía que no hubiera ocurrido nada, pero su presencia, fantasmal y delicada, lo recubría todo, como si hubiéramos esparcido sus cenizas por la casa.

 

De vez en cuando el más joven de los hombres salía al jardín trasero a fumar un cigarrillo. Yo lo veía desde la ventana del estudio. Había convertido la caseta del jardín en un pequeño despacho. Trabajaba en casa para Mercury&May, una editorial de revistas de divulgación general dirigidas a un público sin demasiadas luces. Escribía artículos sin firma ni sustancia: sobre cómo decorar la casa por Navidad, sobre los grandes misterios del antiguo Egipto, o descifrando infalibles remedios naturales para el sistema inmunológico; ese tipo de temas. Aquella semana lidiaba con una columna sobre los beneficios del sueño. No pagaban mucho, pero así podía cuidar de Berta. Desplegaba un arsenal de enciclopedias, todo tipo de material bibliográfico, sobre una mesa protegida con varias capas de plástico. A veces abandonaba mi retiro y entraba en la casa a ver qué hacía mi mujer: la veía desplazarse de una habitación a otra, arrastrando los pies, con su bayeta y un aerosol para el polvo.

Algunos días más tarde los albañiles empezaron con el suelo. Me apesadumbró ver cómo iban desapareciendo las losetas: dejaban un panorama de escoriaciones, como si talaran un bosque.

–¿Es que nunca se va a acabar la obra? -preguntaba Berta.

–Cuando se acabe, la cocina quedará estupenda.

–¿Y qué me importa ahora a mí la cocina?

A mí tampoco me importaba demasiado. Con el paso de los días me fui desentendiendo de la obra. Dejaba a los dos hombres trabajar tranquilos: los nombré reyes de las reformas, emperadores del silestone.

 

Una tarde, salí a estirar las piernas al jardín. Era algo que a veces funcionaba: daba vueltas entre hortensias y geranios como si en sus corolas fuera a encontrar las palabras que necesitaba. Apenas había avanzado en el artículo sobre los beneficios del sueño y el plazo de entrega titilaba en mi horizonte de redactor de revistas. El más joven de los dos hombres descansaba sentado en un escalón. Fumaba con fruición. Se entretenía en lanzar volutas de humo. Hubiera preferido no encontrarme a nadie, pero me acerqué y le saludé con un movimiento de cabeza. Él sacó una cajetilla de tabaco de un bolsillo y me ofreció un cigarro.

–No gracias, no fumo.

–Yo debería dejarlo -dijo, con un acento que seguía sin identificar-. Mi mujer está embarazada.

Llevaba una gorra con un logo de su empresa. Le quedaba grande, como si no fuera suya. A esa distancia aún me pareció más joven, casi un crío. Sería un padre adolescente, a diferencia de nosotros, que ya no éramos jóvenes ni seríamos ya nunca padres.

–Felicidades -alcancé a decir, pero me daba absolutamente lo mismo.

–Aprovecho estos momentos para fumar. Espero que no le moleste.

–No me molesta -aspiré el humo de su cigarro, como si pudiera encontrar en él algún alivio.

Había sido sincero. No me importaba que fumara. Lo único que yo quería era que acabaran la obra cuanto antes y se fueran, que se llevaran con ellos sus herramientas y su polvo a otra parte.

–Reparé en las hortensias. Corrían el riesgo de secarse, tan faltas de riego.

–En casa no fumo, ¿sabe? Por no molestarla. Ya le falta poco. El niño nacerá en pocos días.

Fingí interés, pero dudo de que sonara convincente.

–Un niño es una alegría -dije, sin saber por qué.

–Eso dice mi mujer. ¿Usted no tiene hijos?

–No -contesté, abruptamente. Y el aire de la tarde trajo de vuelta el fantasma del bebé malogrado.

Le pregunté alguna cosa sobre la marcha de la reforma. Los azulejos poco porosos eran más fáciles de limpiar. Luego me disculpé y entré de nuevo en la caseta. Al final puede acabar el artículo. Entre otras cosas, me inventé que el sueño reducía la depresión y mejoraba la memoria.

Durante todos esos días, Berta se mantuvo al margen de la obra. Únicamente la mencionaba para quejarse de ella. Si estaba levantada, vagabundeaba por la casa, con el trapo del polvo entre las manos. Rehuía a los obreros, como si le diera vergüenza que la vieran. Había días en que ni siquiera se quitaba el camisón. Yo la animaba para que saliera un rato. Podíamos empezar -le dije- dando discretos paseos por el barrio. Aunque los hombres del tiempo pronosticaban lluvias, los días alargaban y la temperatura desdecía al rezagado invierno. Pero Berta siempre se negaba a salir. La quise llevar a Taylor&Deacon, el almacén del bricolaje mejor surtido de San Cayetano; le sugerí que escogiera nuevos enseres para la cocina, pero ignoró mi propuesta.

 

 

Día a día, la obra fue avanzando, con un latido de martillos y taladros. Al final, me había acostumbrado a los ruidos, a la presencia de los operarios. Temí incluso que cuando se fueran nos sintiéramos más solos.

Un viernes por la tarde (ya era mitad de mayo) me avisaron para que viera el resultado. La cocina resplandecía, con sus paredes de azulejos blancos, como la promesa de algo nuevo, mejor. Parecía mentira que fuera la misma. Recogieron sus herramientas: llanas, paletas, cinceles, martillos. Habían sobrado algunos azulejos. Me recomendaron guardarlos, por si alguno se rompía y había que reemplazarlo. Pensé hacerles un sitio en el altillo, junto a los huesos de la desmembrada cuna.

Extendí un cheque a nombre de la empresa y salí a despedirlos. El hombre mayor atravesó el jardín y empezó a meter las cajas de herramientas dentro de su furgoneta. Las cargaba como si contuvieran aire. El joven se quedó parado junto a las hortensias. Vi su larguirucha figura recortarse contra un fondo tormentoso. Encendió un último cigarro.

–¿Cómo está su mujer? -le pregunté; quise resultar amable. Al fin y al cabo él no tenía la culpa de nada.

–Ayer empezó a tener contracciones. El bebé llegará pronto.

–¿Saben ya si es niño o niña?

– Es un niño. Se llamará Sándor -dijo, con un hilo de orgullo.

El bebé malogrado también tenía nombre. Era un nombre corto y sonoro. Tampoco habíamos vuelto a pronunciarlo.

–Todo irá muy bien -le dije.

–Claro, por supuesto, ¿por qué no iba a estar bien? -contestó, y yo pensé que tal vez no conocía bien los matices de mi idioma.

–Claro, por qué no.

–Si necesita hacer alguna otra reforma, llámeme directamente -dijo; sacó de su cartera una tarjeta de la empresa y garrapateó un nombre y un número de teléfono-. Le haré un precio especial. No se lo diga a mi compañero, ya me entiende. Puedo venir a trabajar los fines de semana. Cualquier dinero extra viene bien.

Entonces se me ocurrió. Le dije que me esperara un momento y corrí hacia el interior de la casa. Con suerte, Berta estaría acostada y no se daría cuenta. Subí al altillo y cogí la caja con las cosas del bebé fantasma. No era muy grande, pero a mí me pareció que pesaba toneladas, como si allí se hallara contenido todo nuestro desconsuelo. Regresé con ella al jardín. El hombre me esperaba. Se estaba impacientando. Estaba a punto de llover. Su compañero había subido ya a la furgoneta: hizo sonar el claxon para que se diera prisa.

Le tendí la caja. Tuvo que apoyarla en el suelo para abrirla bien.

–Tenga. Quédesela. Puede que le sirva todo esto. Está sin estrenar.

El hombre miró con incredulidad su contenido. Acarició las minúsculas prendas, como si le hubiera entregado algún tesoro. ¿Qué me diría mi mujer cuando supiera que me había desprendido de todas aquellas cosas: la ropita del niño malogrado, como un ajuar funerario? Pero entonces la oí, a mi espalda, con su voz quebrada, mientras el joven -el padre del aún por nacer Sándor- cerraba la caja:

–También podemos darle la cuna, si la quiere. Nosotros no la vamos a necesitar.

 

 

Les vimos marchar; la furgoneta se alejó avenida adelante, con dirección a la carretera de las dunas. Fue dejando un rastro de aceite en el asfalto. Pensé en la falacia de mi texto sobre el sueño. Tal vez se trataba de eso. Hablábamos de tonterías, contábamos mentiras para poder avanzar. Berta me apretó el brazo.

–Tenemos que limpiar el polvo -dijo.

Pensé que nos haría bien. Deshacernos juntos de todo aquel polvo acumulado. La miré: una mujer en sus cuarenta. Deseé abrazarla, compensarla de alguna manera. Echó a andar hacia el interior de la casa. Yo esperé unos segundos más. Saqué de mi bolsillo la tarjeta de aquel joven y la rompí en pedazos. Se me cayeron de las manos. Quise recogerlos, pero un golpe de viento se los llevó volando, justo antes de que cayera la primera gota.

 

todoloqueya(pp)

 

La trama oculta

“Todo lo que ya no íbamos a necesitar” es una croqueta. Esta afirmación entre literaria y culinaria requiere una explicación, claro está.

Pero vayamos por partes. Hace un par de años, recién publicado “Cosas que decidir mientras se hace la cena” (Ed. Base), o tal vez incluso antes, empecé a escribir algún que otro relato sin ningún objetivo más que el de la propia escritura. Como ya he dicho en alguna otra ocasión, escribo sobre lo que me preocupa, para desprenderme de lo que hace daño, también para tratar de entender cosas que se me escapan, que desconozco o no entiendo. Pero esa no era -no lo es nunca- una decisión premeditada, no existe nunca ninguna intencionalidad, ningún plan previo. Un día, sin embargo, cuando llevaba cinco o seis relatos escritos fui consciente de que todos ellos tenían algo en común: todos escarbaban de una u otra forma en las relaciones entre madres e hijos, en sus aristas, en sus recovecos más incómodos, menos nobles. Pero, sobre todo, tenían en común una búsqueda entorno a la orfandad, a una orfandad definida no sólo como la falta de progenitores, sino como la ausencia de algo o de alguien. Y entonces sí, en ese momento la posibilidad de armar un libro de relatos con ese elemento motor se me apareció como lo más natural del mundo. Decía José Luis Sampedro que un escritor es un minero de sí mismo: cada día hay que bajar a la mina en busca de materia prima, en busca de carburante para alimentar historias. Hasta ese momento, entre otros personajes, tenía una madre ausente y otra con la que no se podía contar, una mujer con reticencia a tener hijos y un hijo que se resistía a llevar a su madre a una residencia de ancianos. Y bajé de nuevo a la mina. Y en la mina encontré a mi amiga Mari Carmen, enferma terminal de cáncer, que preparaba a sus hijos para su inminente muerte. ¿Cómo se hace eso?, me pregunté, ¿cómo se despide una madre de sus hijos aún pequeños? Quise adoptar el punto de vista de un niño en esas circunstancias, una criatura que descubre que a su madre, a la que creía inmortal como un superhéroe, le queda poco tiempo de vida. Demasiado trascendente, puede que digáis. Pero es que esto es la vida y yo escribo sobre lo que no entiendo de la vida, ya lo he dicho.

Por otro lado, en esa mina de mí misma a la que descendí encontré otro temor mucho más superficial y prescindible, un temor mucho más vacuo, doméstico, pero que necesitaba igualmente ordenar: la reforma de mi casa tanto tiempo postergada, ese trasiego de operarios, todo ese polvo levantado. Llamadme frívola. Situar a madre e hijo en las circunstancias descritas en un entorno tan sumamente prosaico y material no sólo me pareció adecuado sino incluso necesario: la destrucción de un mundo del que tal vez -sólo tal vez- pudiera uno recuperarse a base de construir otro nuevo.

Pero pasaban los días y el relato no avanzaba. No sé cómo explicarlo. No tenía las palabras. ¿Era demasiado doloroso? Tal vez. Seguramente. No siempre se consigue. Al menos yo. Si la literatura tiene algo de laboratorio de la vida, me temo que yo tiro mucho del “ensayo y error” y aquí todo acababa en error.

El escritor argentino Tomás Downey sostiene que “Si algo no funciona, no funciona. Hay que ser honesto y despiadado. A veces cuesta tanto escribir una página, que luego parece un despropósito desecharla. Pero todo sirve, quizás como germen de otra historia, o al menos para saber que ese camino en particular no conduce a ningún lado”. Y puede que sí, que de un cuento salga otro cuento. O incluso varios cuentos, como se dice de las bodas.

Y, entonces, un fogonazo (soy muy “de fogonazos”): la visión de una mujer en camisón limpiando el polvo sin demasiado norte, la de un joven operario sentado en un escalón fumando en un jardín, en un patio trasero. Y me propuse hacer croquetas.

Sí. Retomo lo de la croqueta. No es nada que no haga cualquier otro escritor, nada que no haya hecho yo misma antes (aunque no le ponía nombre; no sé si es original, pero el término “croqueta” aplicado al aprovechamiento de material literario se lo debo a Nuria Sierra Cruzado). “Las historias que no funcionan son las que más nos enseñan” me dijo un día otra valiosa escritora, Silvia Fernández Díaz. Aquella historia no funcionaba y yo tenía que aprender algo de ella. Sin embargo, dolía desprenderse de párrafos elaborados, de páginas enteras. Pero allí estaba, la frase master chef de Nuria Sierra: “Todo sirve…con eso, haz croquetas”.

Y eso hice, hice una croqueta, con la masa del relato fallido, con la reforma, con los operarios, con Berta vagando por la casa con una bayeta en la mano, con un joven con un mono de trabajo manchado de yeso, fumando, sentado en un escalón que daba acceso a un patio trasero.

Nuria les llama croquetas. También podrían denominarse matrioskas: en ocasiones las historias se comportan como esas muñecas rusas: abro una muñeca y otra parecida, pero no igual, aflora. El cómo de aquí aflora la historia de” Todo lo que ya no íbamos a necesitar” no lo sé ni yo. Tal vez la mujer del trapo del polvo había perdido un hijo, pensé en algún momento (otra forma de ausencia, de orfandad, sin un término propio que dé nombre a esa situación: “los padres que firmamos los papeles de los funerales de nuestros hijos no tenemos nombre ni estado civil. Somos padres por siempre” dice Sergio del Molino en “La hora violeta”), tal vez ese niño no había llegado a nacer, tal vez para ella era su última oportunidad de ser madre.

Así que, del intento de historia inicial con un niño espiando a los obreros mientras su madre se moría, sólo quedó la reforma, con sus alicatados y sus operarios destruyendo para construir de nuevo, como en una metáfora del propio cuento.

Y eso es todo. No hay más. Sólo el intento de que el relato fluyera de forma natural, sencilla.

Para acabar, tengo que decir que “Todo lo que ya no íbamos a necesitar” es un relato rezagado. Ha sido el último en llegar al libro homónimo y, sin embargo, el que ha acabado dando título al mismo. Es un cuento silencioso, sigiloso, que se ha incorporado sin fanfarria al libro. Así es como me gusta.

 

 

Publicado el 31 marzo, 2017 en Artículo, Cuento, Escritura Creativa, La trama oculta, Leer, Sin categoría

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