Sobre «El arte de la ficción», de James Salter

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En el Taller leemos y escribimos. Mucho. Uno de los libros recientes que hemos trabajado ha sido «El arte de la ficción» (Salamandra), de James Salter. Marco López Malibrán, escritor de uno de los grupos que coordino, desbroza en este interesante artículo algunas de las reflexiones que le ha inspirado la lectura del brillante y necesario ensayo del autor norteamericano. Salter, asegura López Malibrán, «resalta dos cualidades en los escritores que logran asaltar de realidad la cabeza de los lectores: una cierta manera de mirar las cosas y un modo de expresarlas, de contarlas».

La literatura que asalta cuerpos

Por Marco López Malibrán

Hay quien se desmaya con sólo ver algo, o al oír una noticia o la voz de alguien al que daba por muerto, pero nadie se desmaya por leer un libro. Y eso no quiere decir que los libros carezcan de poder sobre nosotros; su poder es de otra índole. Cuando lees, no ves ni oyes nada, y, sin embargo, te parece que sí.

Su poder es de otra índole

La primera conferencia recogida en el libro El Arte de la ficción, de James Salter, comienza preguntándose sobre el poder específico de la literatura. No es difícil pensar sobre la fuerza catártica que puede ejercer la música o el arte sobre el cuerpo, pero ante la literatura parece que nos enfrentamos con un tipo de experiencia más, por decirlo de algún modo, abstracta. La visita a Florencia del escritor Henri-Marie Beyle, conocido bajo el pseudónimo de Stendhal, viene a ser el paradigma de la encarnación estética: “Había llegado a ese grado de emoción en el que se tropiezan las sensaciones celestes dadas por las Bellas Artes y los sentimientos apasionados. Saliendo de Santa Croce, me latía el corazón, la vida estaba agotada en mí, andaba con miedo a caerme”. Pero con un texto parece que pensar en la convulsión de un cuerpo nos resulta más complicado. Como si la música o la imagen fueran como un cohete y la literatura tuviera más que ver con una bomba de profundidad. ¿Su poder tiene que ver entonces con el tiempo?
Salter, sin embargo, nos habla de una vivencia análoga a la de Stendhal. Experiencias de lectura capaces de asaltar cuerpos. Pone el ejemplo del joven François Mauriac que, al leer el Père Goriot, de Balzac, se vio preso de una convulsión alucinatoria la cual le produjo efectos “parecidos a los del alcohol o el opio”, haciendo que demorara varios minutos en “volver a captar la realidad de las cosas a mi alrededor y mi triste realidad”. El texto de Balzac había logrado, al parecer, sumergir a François en un estado alterado que asemejaba al que pueden producir las drogas. Salter nos dice que la lectura puede sacudir cuerpos como lo haría una experiencia real, pero que esta tendría su propia especificidad. ¿Cuál sería, por tanto, la condición distintiva de la literatura a la que hace referencia Salter? La música y el arte, podríamos decir, tienen cuerpo en la realidad y, por tanto, se nos hace más fácil pensar que puedan afectarnos, agitar nuestros afectos. Pero con la literatura nos encontramos con un ingenio de otra índole: “la capacidad de unir una palabra a otra o enhebrarlas en una secuencia que florece en la mente del lector, o logran describir tan bien las cosas que para éste se conviertan en algo parecido o equivalente a la realidad”. Un ingenio que, en principio, entenderíamos más abstracto; es decir, más alejado del cuerpo y más cercano al intelecto. Un invento que convierte lo descrito en palabras en “algo parecido” o “equivalente” a la realidad.

            Te parece que sí

            Asumamos por un momento la dicotomía entre cuerpo e intelecto y planteemos otro punto de aproximación al problema. ¿Cómo opera el ingenio de la escritura al erosionar la realidad asumida por el lector? Un ejercicio que, en principio solo demanda del intelecto, afecta la realidad. Esto es, afecta al propio cuerpo del lector, que se torna una víctima. ¿Cómo opera el ingenio de la escritura para parecer real, para hacer parecer como que sí? Salter resalta dos cualidades en los escritores que logran asaltar de realidad la cabeza de los lectores: una cierta manera de mirar las cosas y un modo de expresarlas, de contarlas. De Theodore Dreiser, por ejemplo, se sorprende de lo arduo que es diferenciar entre su vida y su obra, “resulta difícil saber qué añadió para convertirlo en ficción”. Saul Bellow, nos dice el autor, reconocía que los personajes de sus novelas se basaban en personajes reales, “pero que él siempre añadía algo, les daba un poco más de chispa”. El propio Salter afirma como los escritores siempre han tomado lo que necesitaban de la realidad y “a veces más de lo que necesitaban”. Aquí pega un giro de ciento ochenta grados al presentarnos a escritores que parecen utilizar el estilo para impedir que sus textos se confundan con la realidad. ¿Qué es ese algo más añadido, qué es esa chispa o ese más de lo que necesitan que hace, no que la ficción parezca real, sino, al contrario, que lo real parezca ficción? Ese resto que se retira o esa plusvalía que se añade, es el objeto de nuestra interrogación.

            Lo que parece desprenderse de las reflexiones de Salter es que entre eso que llamamos ficción y eso otro que llamamos realidad hay una relación bidireccional y que no queda nada claro cual vendría a ser el punto de partida, ni siquiera cuales vendrían a ser sus polos opuestos. ¿Realidad y ficción? Este problema vuelve a reproducirse de manera muy interesante en la última de sus conferencias, que Salter cierra con una cita de su libro Todo lo que hay: “Llega un día en que adviertes que todo es un sueño, que sólo las cosas conservadas por escrito tienen alguna posibilidad de ser reales”. Lo escrito es la realidad y aquello que sucede ahí fuera es sueño, es ficción. “La vida es sueño, y los sueños, sueños son”. La vanitas barroca de Calderón de la Barca ya alertaba del carácter ficticio e ilusorio de la vida. Como una sombra, nos decía Calderón. ¿Pero una sombra de qué? ¿La realidad es sombra entonces de la ficción? Parece como si nos acercaremos a algo que siempre logra escabullirse. Como si no estuviese previsto que lo aprehendiéramos, que lo apresáramos. Hay algo en la literatura, en el texto, en el lenguaje que, lejos de ser abstracto, nos encarna. El asaltador de cuerpos de la literatura nos acecha entre sus brumas.

            El escritor, como aquel que mira las cosas de una cierta manera, se mueve por este espacio bastardo mediante un modo de contar. Aquí Salter se detiene en la figura del estilo. Hay algo en el estilo de un autor que despliega una fuerza capaz de invocar la realidad. Isaak Bábel nos hablaba de una palanca existente en toda frase que permitía que la misma encajara perfectamente. Flaubert buscaba siempre la prosa perfecta que, como el verso, pudiera llegar a ser irreprochable. Su ideal, lograr escribir “un libro sobre nada, un libro sin ataduras exteriores, que se aguantase a sí mismo con la fuerza interna de su estilo”. El lenguaje primario de Hemingway, el estilo como sustancia de Nabokov o el je suis un homme à style, de Céline. El estilo como un ingenio de la escritura al servicio de la invocación de la realidad; al servicio de la encarnación.

 Salteadores de caminos

 “La narrativa cuenta una historia, y las historias son la esencia de las cosas, el elemento fundamental”, nos dice Salter. La historia, por tanto, es esencia y fundamento de las cosas. La trama, continua, es aquello que atraviesa y sostiene la historia. No se trata solo de decir cosas, sino de darles trama. Cosas y trama, realidad y ficción. Probemos a invertirlo. Trama y cosas, realidad y ficción. Las cosas son (realidad) porque las habita una trama y las sostiene una historia, producida por un narrador. Si no serían solo sueños, invenciones. En sus Estudios sobre la histeria (1895) Sigmund Freud, formado en la práctica científica de los diagnósticos locales, se sorprendía a sí mismo al apreciar como sus “historias de enfermos se leían como novelas y que por ello fueran, por así decirlo, desprovistas del carácter serio de lo científico”. El padre del psicoanálisis, hombre de ciencias, continuaba con su asombro al percatarse de que “el diagnóstico local y las reacciones eléctricas no tienen ningún valor para el estudio de la histeria, mientras que una presentación exhaustiva de los procesos psíquicos en la manera en la que son presentados por los poetas me permite, por el empleo de algunas formulas psicológicas raras, obtener una cierta inteligencia en el desarrollo de la histeria”. La “manera de los poetas” vuelve inteligible aquello que encarnan los histéricos. La historia y la trama que los habita y que sostiene su realidad. ¿También la nuestra?

            La manera que tiene Freud de escribir sobre la histeria va metamorfoseando hasta el punto de que su libro Moises y la religión monoteísta (1939) lo diseña “como una novela”. A pesar de su insistencia en no alejarse del “estilo” científico vienes, el descubrimiento le pilla de improvisto. La forma de la novela termina por devenir escritura teórica; de hecho, Freud llegaría a hablar de “ficción teórica”. En Historia y psicoanálisis: entre ciencia y ficción (1987), el psicoanalista y jesuita francés Michel de Certeau plantea que lo que parece quitarle “la seriedad” de lo científico al trabajo de Freud es precisamente el tomarse en serio el funcionamiento dialogal de la cura; el tomarse en serio la historia narrada por los pacientes. Por eso existe una continuidad en Freud, nos dice Certeau, “entre su manera de escuchar a un paciente, de interpretar un documento (literario o no) y su manera de escribir”.

            En una de sus conferencias Salter nos recuerda como Bertolt Brecht defiende que el arte debe de ser simple, grande y sensible, y que su forma debe de ser la del desapego. “En vez de pensar la literatura como la ‘expresión’ de un referencial, habría que reconocerla análoga al rol que han jugado las matemáticas para las ciencias exactas: un discurso ‘lógico’ de la historia, la ‘ficción’ que lo vuelve pensable”. Más adelante, Salter nos habla de Céline, un autor que plantearía un punto de partida completamente opuesto al de Brecht. Escribir no es una mediación para hacer posible la realidad, sino todo lo contrario, un sumergirse en la realidad, en la vida. “Hay que pagar”, nos dice Céline, “una historia inventada carece de valor. La única historia que cuenta es aquella por la que debes pagar”. La literatura, para que sea literatura, debe de ser producto de un acto existencialmente radical: “llega un momento en el que estás solo, cuando has llegado al final de todo lo que podría ocurrir. Es el fin del mundo. El propio dolor, tu dolor, ya no te contesta, y entonces has de volver sobre tus pasos, entre los hombres, no importa cuales”. A primera vista, Brecht y Céline se encontrarían en las antípodas. Pero en ambos podemos apreciar como la ficción, lejos de ser opuesta a la realidad, la posibilita, se confunde, se necesita, cohabita o la sostiene. Como si fueran sombras la una de la otra, o espejos reflejándose.

            En la segunda escena del primer acto de Hamlet, Horacio, el amigo del príncipe maldito, ante las apariciones nocturnas del espectro, se debate en la duda de si aquello que ven sus ojos es real. Al borde de perder la razón, se dice a si mismo, y a su compañero de guardia Bernardo, que el fantasma no es más que una “mota que turba los ojos del entendimiento”. Una confusión de los sentidos. Pero la “visión espantosa”, el asalto de la ficción, el fantasma, es el que viene a anunciar la verdad, a contar la realidad de los hechos; es el que verterá en los oídos de Hamlet la trama que articula la historia, la terrible conspiración de su tío y su madre para asesinar a su padre, el rey de Dinamarca. Como en un juego de espejos, los reflejos se cruzan y se confunden; la fantasmagoría, el engaño, no la trae el fantasma, sino que la tejen los asesinos del padre de Hamlet. El espectro, la ficción, es el que hace emerger la realidad. Walter Benjamin, en Calle de dirección única, decía que utilizaba las citas como “salteadores de caminos que irrumpen armados para arrebatar la convicción que alberga el ocioso paseante”. El poder específico de la literatura, retomando la pregunta de Salter, bebe de estos espectros y de  estos salteadores de caminos que arrebatan nuestro entendimiento y nuestras convicciones, haciendo convulsionar nuestros cuerpos.

Marco López Malibrán

@MarcoMalib


Publicado el 24 abril, 2019 en Artículo, Escribir, Escritura Creativa, Leer

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