“No soy yo”, un relato de Ana Esteban

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Retomamos “La trama oculta” con No soy yo, un relato de la escritora madrileña Ana Esteban, incluido en su último libro de relatos, Peces de charco” (Baile del Sol). “De qué modo más raro surgen las historias”, se pregunta Esteban cuando nos explica la trama oculta de su cuento. Ana Esteban estudió Comunicación Audiovisual y Humanidades y trabajó como productora y guionista antes de dedicarse a la literatura. Es autora de las novelas Es solo lluvia (Debate, 2001) y La luz bajo el polvo (Ediciones del Viento, 2006). Ha publicado artículos, crítica de cine y de libros, entrevistas y crónicas en El Semanal, El País, El Asombrario, Buen Salvaje y otras publicaciones. Imparte talleres literarios en Madrid, donde reside en la actualidad.

 

No soy yo

 

Álex mira la tele con una cerveza en la mano. No está viendo nada que requiera su interés; tiene el periódico sobre las piernas y de vez en cuando pasa una hoja con indolencia. Es ese programa que presenta una chica rubia con una voz nasal y aguda, donde la gente acude a buscar pareja. El forillo tiene todos los colores del arco iris, se diría que el decorador no se decantaba por un tono y los puso todos. Los colores tienen un brillo estridente bajo los focos y la cara de la presentadora parece una máscara bajo el maquillaje. Una máscara con sonrisa blanquísima. Bajo los focos, también esa sonrisa tiene un brillo estridente. Es un programa brillante. Los ojos de Álex van de la pantalla al periódico, donde tardan en enfocar las letras cegados por la descarga catódica, y cuando vuelven a la pantalla sus pupilas se encogen atemorizadas.

Ahora ve bastante televisión. Claro que antes, los lunes a estas horas estaba trabajando. Berta le dice que de un tiempo a esta parte se ha vuelto un poco perezoso. Y es cierto que le cuesta levantarse de la cama, como si los madrugones de estos años hubieran acumulado en él mucho cansancio de golpe. Esta mañana sí se levantó pronto, para ir a una entrevista. Cogió en el metro uno de esos periódicos gratuitos, pero no lo leyó. Por eso lo está ojeando ahora, mientras ve ese programa y se toma una cerveza.

En un momento dado, algo le llama la atención en la pantalla. Sube un poco el volumen. Hay tres mujeres sentadas en una banqueta rosa y los dos hombres que están en el sofá verde con la presentadora tienen que elegir con cuál se quedan, por lo que una de ellas será eliminada. Para no ser eliminadas, las mujeres despliegan sus artes de seducción y lucen una ropa muy ceñida y breve. Una de esas mujeres se parece muchísimo a Berta, que está en la cocina hablando con alguien por teléfono. Álex puede oír el murmullo de su voz desde el salón, y también su voz en el programa describiendo sus habilidades amatorias para poder ganar puntos ante los hombres del concurso, y por eso ha subido el volumen, porque esa mujer que se parecía a ella además tiene la misma voz. Aparta el periódico y se incorpora un poco.

Es increíble, es ella.

La llama para que acuda también a verlo, pero Berta sigue hablando por teléfono y tiene que insistir varias veces hasta que responde.

—¿Se puede saber qué demonios quieres?

—Estás en un programa de la tele, ven.

—Cómo que estoy en un programa, si estoy aquí en la cocina.

—No seas boba, los programas los graban. Ven te digo, mira.

Berta se acerca y se queda de pie con los brazos en jarras. Antes de que le dé tiempo a abrir la boca para decir nada, esa mujer que se parece tanto a ella surge en primer plano en la pantalla.

—¿Qué te dije? —dice Álex.

Ella se deja caer junto a él, estupefacta.

—¿Eres o no eres tú?

—¿Cómo voy a ser yo? No he estado en la tele en toda mi vida.

—Pues también se llama Berta, lo pone en el cartel.

—No seas idiota, te digo que no soy yo. Calla.

La mujer de la tele les está describiendo a los dos hombres las posturas que adopta en la cama durante el acto amatorio. Parece que fuera contorsionista. Los hombres están intimidados pero hacen alguna broma sobre ello con la presentadora, que cruza y descruza sus piernas en el sofá verde con mucha elegancia, mientras dice que la concursante podría obtener con esto muchos puntos a su favor y aumentar su valoración, que hasta ahora no era muy alta. Las otras dos mujeres no están dispuestas a dejarse ganar, y también elaboran minuciosas descripciones sobre el asunto.

Álex mira a Berta de reojo, aguardando su reacción, pero solo está boquiabierta.

—Espero que no haya niños viendo el programa —comenta.

—¿Se puede saber qué haces en la tele diciendo estas cosas?

—No empieces otra vez con eso.

—¿Ah, no? ¿Y qué se supone que tengo que hacer? ¿Quedarme mirando cómo te tiras a esos tíos en vivo y en directo delante de todo el país?

—Te he dicho que no soy yo.

—Claro, yo estoy ciego y no veo lo que veo. Pero el caso es que estás ahí medio desnuda diciendo sandeces para ganar un concurso.

Ahora es la prueba del beso. Las tres concursantes se levantan por turno para besar a los hombres. Se sientan en sus rodillas y les atraen con sus brazos. Álex se fija en cómo sus lenguas escarban en las bocas tratando de llegar hasta el fondo, se diría que esforzándose en lamer sus gargantas. La concursante Berta es la última.

—Ya está bien, esto es demasiado —dice poniéndose en pie.

Berta no puede apartar los ojos de la pantalla.

—Espera —dice.

Álex agarra el periódico y hace con él una enorme bola, apretándola mucho. Luego la arroja contra la pared.

—Pero si no soy yo —repite Berta. —Es increíble.

—Oye mira, si lo has hecho por el dinero, espero que al menos ganaras.

—No seas imbécil, déjalo ya. ¿Me creerías capaz de eso?

—Bueno, pues igual que se te ocurren otras cosas. La verdad es que no me sorprendería, pensándolo bien. Sé cómo actúas, ya te conozco mucho.

—¿Ah sí? ¿Y qué opinión se supone que tienes sobre mí?

—No es ninguna opinión, es lo que veo; simplemente sé cómo eres. No querrás que te recuerde lo del gato.

—Ya está, ya salió.

—No es muy normal que te traigan un gato para que lo cuides y lo abandones en un basurero.

—Me dan pena los animales, quería que fuese libre, creo que ya te lo expliqué.

—Pues a tu hermana no le gustan mucho tus filosofías. Claro, que yo en su caso hubiera montado el mismo numerito.

—No empieces con lo de mi hermana, déjala en paz.

—No hace falta, si no creo que venga por aquí en una temporada.

—¿Y desde cuándo te molesta a ti que venga mi hermana?

—A mí no me molesta que venga.

—Eso ya lo sé. A ver si te crees que me chupo el dedo.

—Ya estás con tus misterios, no sé que quieres decir con eso.

—Exactamente lo que digo. Que siempre estás en casa y mi hermana viene mucho.

—Desde luego que estoy en casa, el cabrón de mi jefe sugirió que me quedara en ella. Y ya que la pago, digo yo que es normal que la use.

—Hombre, eso tiene mucha gracia, porque los últimos recibos los he pagado yo solita.

—Es lo mismo que hice yo cuando tú estabas sin trabajo, te recuerdo.

—Sí, pero tú no tenías que matarte a trabajar y hacer turno de noche para poder pagar la letra.

—Yo no tengo la culpa de que tengas un sueldo ridículo.

—Pues de momento mi sueldo ridículo está pagando la hipoteca.

—Y no fui yo quien se empeñó en comprar la casa. Ya te advertí de cómo estaban las cosas.

—Claro, seguir de alquiler tirando el dinero hubiera sido una decisión muy inteligente.

—No, no; es mucho mejor pagar para que cuando no podamos más se la quede el banco.

—A lo mejor no ocurriría eso si movieras el culo del sofá para trabajar un poco.

—Oye, a ver si te crees que a mí me hace gracia estar aquí y aguantar encima tus monsergas como si fueras mi madre.

—Lo que yo creo es que te lo montas muy bien; mientras yo hago turnos día y noche tú estás aquí bebiendo cervezas y esperando a que aparezca mi hermana.

—No puedo creer que estés pensando lo que estás pensando. Esto es el colmo.

—Yo no pienso nada, juzgo por lo que veo.

—¿Y qué se supone que ves? Tienes suerte de que me lleve bien con tu hermana, a ver de qué iba yo a aguantar que estuviera aquí cada dos por tres. Ahora entiendo lo del gato; es increíble, es increíble cómo eres.

—Ah, me olvidaba de tus grandes dotes para la psicología. Sabes cómo soy, y sin embargo no eres capaz de ver cómo estoy ni te preocupas nunca por saberlo. A ti no te importa nada que no seas tú. Pues te advierto que estoy al límite, que un día de estos cojo la puerta y me largo.

—Joder, por favor, no empieces con tus melodramas.

Como para contrarrestar las voces de Álex y Berta, a un volumen cada vez más alto, en la pantalla también se eleva la música del programa. Eso les hace volver la cabeza y concentrarse un momento en lo que dice la presentadora, que ya no está sentada en el sofá verde con los hombres sino de pie junto a las tres mujeres.

—La votación está más caliente que nunca —anuncia—. Nunca mejor dicho —añade con una risita—. Vamos a publicidad mientras nuestros muchachos deliberan con qué pastelito se quedan. No se vayan, que volvemos en solo diez minutos.

Después enseña su sonrisa de dientes blancos. A su lado las concursantes tratan de sonreír también, pero sus sonrisas son mucho menos blancas. El último plano antes del corte vuela sobre el plató y muestra a los dos hombres levantándose del sofá como si estuvieran deseando desde hace un siglo estirar las piernas.

Álex está buscando algo en un cajón del aparador. Berta le observa mordiéndose una uña.

—¿Qué estás buscando?

Álex sigue revolviendo en el cajón, pero no contesta. Al fin se incorpora con una vieja caja de lata en la mano, de la que saca un cigarrillo y un mechero.

—¿Has vuelto a fumar? —pregunta Berta.

—Me lo estoy pensando —contesta Álex encendiendo el cigarrillo.

Se acerca a la ventana y se queda allí de pie expulsando el humo hacia la calle. Al menos ha tenido la deferencia de abrir la ventana. En otras circunstancias Berta hubiera puesto el grito en el cielo, no soporta el olor a tabaco en la casa, pero sigue sentada en el sofá y parece sumida en sus pensamientos. Él también está inmerso en los suyos mientras contempla el tráfico y la gente. Un chaval baja la calle en su monopatín, y sorteando los coches se salta el semáforo. El hombre que siempre pide en la esquina le insulta cuando pasa, porque estaba justo a punto de cruzar. La mujer que esperaba junto a él en el paso le da la razón, mientras su perro hace sus necesidades en la acera. Hay una pintada nueva en la medianera de enfrente, ha ocultado ese dibujo del banquero encorvado con maletín que sonreía mostrando sus colmillos de vampiro. En la pintada, con enormes letras bordeadas de plata pone: crack. Sobre los edificios se columpian en el azul las típicas nubes de abril, gordas, algo grisáceas. Huele un poco a lluvia, pero el sol termina por asomarse y de pronto lo ilumina todo como un reflector poderoso, poniendo una mancha de luz en la coronilla de Álex.

Berta se gira y apoya los brazos en el respaldo del sofá. Se queda mirando esa luz y abre la boca como si fuera a decir algo, pero no dice nada.

Es Álex el que habla, sin volverse.

—¿Piensas de verdad que tengo un lío con tu hermana? Qué absurdo.

—Quizá haya visto cosas, no lo sé. Dímelo tú —responde Berta.

Él no contesta; saborea el humo del cigarro antes de expulsarlo, lo hace hinchando mucho los carrillos para dejar que inunde su boca. Luego lo lanza, despacio, a través de la ventana.

—Estoy un poco deprimido con todo esto ¿sabes? No veo muy bien cómo vamos a salir adelante cuando se me acabe el paro.

—¿Y las entrevistas?

—La de hoy no la he hecho, el tipo se había ido a desayunar. De todas formas pensé qué coño iba a hacer yo trabajando de repartidor después de estudiar tantos años. Es un poco humillante. Creía que no me importaba, pero sí que me importa. No quiero un trabajo de mierda, quiero un trabajo normal.

Berta se levanta, va hasta la ventana y le abraza. Hunde la nariz en su espalda, entre los omoplatos, y a través de la camisa le llega el olor de su piel. Es un olor que le gusta mucho.

—Bueno, tú sigue mandando currículos a ver qué pasa, y por ahora vamos tirando. No te agobies, seguro que sale algo —le dice.

Él tira la colilla por la ventana y se vuelve para abrazarla, y la besa.

—Sabes a tabaco —dice Berta.

A pesar de todo, él pone las manos en su culo y continúa besándola, mientras la empuja hacia el sofá.

—A veces creo que todo esto nos está volviendo locos, como si fuéramos otros —dice.

Caen por encima del respaldo. Mientras Álex se desabrocha el pantalón, empieza a sonar de nuevo la música del programa. Se vuelve a mirar la pantalla apartando un poco a Berta, que le está mordiendo el cuello.

—Ahí estás otra vez —dice.

—Que no soy yo, tonto —dice Berta entre risas mientras se levanta la falda y tira de sus bragas—. Bésame.

En el programa los hombres van a hacer su elección. Pero resulta que los dos escogen a la misma: la concursante número dos que se llama Vanesa. Luego es ella la que escoge, y la concursante Berta y la otra, que se llama Mariluz, tienen que esperar otra vez a que el hombre que queda las elija a ellas. Bueno pues entonces me quedo con Mariluz, dice el hombre. Lo ha dicho rápido, sin pensárselo, como si no valorara siquiera cualquier otra posibilidad. Mientras las dos parejas se abrazan y se besan, la presentadora se dirige a la concursante Berta, que se ha quedado un poco apartada contemplando la escena. En su rostro hay algo más que decepción. Para despedirla, la presentadora le dice con un mohín encantador y una de sus risitas que así es la vida, que unas veces se gana y otras se pierde y que de todas formas ella ha estado magnífica, que la elección estaba verdaderamente reñida porque las tres han estado magníficas. Y se queda mirándola para ver si sonríe o dice no pasa nada o felicita a sus compañeras o sale ya por la puerta del plató que atravesó entre aplausos al comenzar el programa. Pero la concursante Berta se mantiene seria mirando la felicidad que exhiben las dos parejas. Se diría incluso que en su rostro se va dibujando un rictus de profunda amargura, una especie de sonrisa del revés, y las comisuras de su boca se fruncen hacia abajo igual que hacen los niños cuando empiezan a llorar.

En el sofá, Álex y Berta incrementan el ritmo con desigual concentración. Aprisionada por el cuerpo de Álex, Berta consigue sacar la cabeza para mirar la pantalla, donde la concursante eliminada ha empezado a sollozar convulsionándose sobre el micrófono mientras la presentadora, nerviosa, trata de consolarla sin saber qué hacer y dirige al regidor una mirada suplicante, quizá para que alguien arranque de una vez la sintonía del programa y corten para dar paso al noticiario. Pero nadie hace nada, y la concursante está ya entregada a un llanto desgarrador, enérgico, que se distorsiona con extraños aullidos a través de los amplificadores.

Hace rato que no siente movimiento bajo su cuerpo, así que Álex se incorpora un poco para ver qué pasa. Berta tiene toda la cara mojada de lágrimas.

—Eh, gordita, no llores —dice—. Perdóname por lo de antes, estoy nervioso con lo del trabajo, no me hagas caso.

Pero solo consigue que Berta solloce más fuerte, contrayéndose toda, hasta que entre los hipidos y sorbiéndose los mocos señala el televisor y dice:

—Mira, he perdido.

 

La trama oculta de No era yo

 

De qué modo más raro surgen las historias.

A veces solo basta con tirar un poco del hilo, y lo que era un presentimiento comienza a emerger con un montón de peces enganchados a su anzuelo. Así, empapados y perplejos, surgieron Álex y Berta de algún rincón de mi cabeza y enseguida empezaron a moverse y a hablar, demostrando que hay personajes y situaciones que ya estaban allí, ocurriendo en su propio escenario, mucho antes de que tú llegaras. Por eso, de los doce relatos que forman Peces de charco yo diría que este es el que vino con más contundencia, convirtiéndose además en una llave que abriría puertas en los que escribí después. En él ya están latiendo algunos temas en torno a los que giran las historias del volumen, y Álex y Berta son el paradigma del desconcierto que caracteriza también al resto de personajes: seres atrapados en la inconsistencia de nuestro tiempo, en un intervalo punzante de su vida. Pero sobre todo, este relato plantea una cuestión que me obsesiona y que recorre el libro y su microcosmos: de qué modo tan sutil, en nuestros peores momentos, la realidad nos acerca peligrosamente a la ficción. Después de escribirlo, el eco de este asunto fue salpicando las páginas de certidumbre, así que de algún modo ahí está su clave: en ser, a su vez, la clave de todos los demás relatos.

 

 

 

 

 

Publicado el 5 marzo, 2017 en Cuento, Escribir, La trama oculta, Leer, Sin categoría

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