Los alumnos del Taller leen en Vergüenza Ajena

Compartir

El pasado 28 de noviembre varios alumnos –Mica Linares, Ángela Navarro, Miguel del Hierro, Ainara Porrón, Elena Martínez y Ana Ferri– del taller que dirijo en el Taller de Clara Obligado leyeron sus textos en la librería Vergüenza Ajena de Madrid, dentro del ciclo “El tamaño sí importa”, que coordinan desde hace años los escritores Marcelo Luján y Adrián Gualdoni. Ahora podéis leer los relatos en el blog.

 

Cama vacía

Por Mica Linares

 

img_1544

Pasé el día en el hotel, dedicado a mis tareas. Había fregado las escaleras, limpiado las cristaleras, acomodado los cojines del recibidor, como era costumbre. La jornada de trabajo era larga pero estaba tan ajetreado que no tenía tiempo de estar parado. Para almorzar apenas contábamos con media hora y el resto del día andábamos de arriba abajo. Los martes y jueves a última hora me encargaba de sacar la basura. Aquello me llevaba mucho tiempo, y entre idas y venidas, fumaba sentado al lado de los contenedores. El frío hacía lento el movimiento de mis manos. Contemplé ambas, arrugadas y rojas, entumecidas de tanto trabajar. Entonces me di cuenta de que había más luz de lo normal, y levanté la mirada. Apenas dos pasos a mi derecha, había tirado en el suelo un papel arrugado. Pensé que alguien lo habría arrojado desde alguna de las alturas del hotel, y estiré el brazo para colocarlo dentro de alguna de las bolsas. Cuando lo cogí, me sorprendió su grosor, su tacto rugoso, y su color café, pero sobre todo, me impresionó una letra muy cuidada y estilizada. De no haber sido por esto último, creo que jamás hubiera leído una carta que no fuese para mí, pero en el momento me sentí tentado a leer aquellas palabras.

“Otro día más, dinero que viene, dinero que va…otro cuerpo más, sudor, gemidos y pasión fingida por mi cuerpo cansado. No queda más que esta asquerosa rutina de placeres vendidos al mejor postor. El último cliente se ha ido, me queda una cama vacía, pues mi cuerpo ya ha perdido su alma, su deseo de seguir, de buscar algo mejor ¿qué me espera tendida aquí? el próximo cliente, la próxima agonía…”.

La leí, pero parecía estar incompleta. Me levanté, intuía cómo habría acabado esa carta de no haber sido interrumpida por un sentimiento de culpa, esperanza o algún remordimiento. Temblaba el papel en mi mano, y mi voz también habría temblado de poder pronunciar palabra. Justo en aquel momento, vi una de las ventanas de la altura baja del hotel abierta y con la luz encendida. Aquello me extrañó, pues eran las de peor calidad y las últimas en ocuparse. Me asomé desde la oscuridad del patio interior, y en silencio, miré a través del cristal. Descubrí a una mujer semidesnuda, sentada sobre su cama. Tenía la cabeza agachada, y la luz parecía ejercer sobre su espalda una fuerza que sus hombros desfallecidos no eran capaces de aguantar. Me llamó la atención que el vestido estuviese colocado con cuidado sobre la butaca verde, y los zapatos de tacón tirados despreocupadamente en el suelo. Leía un papel, o al menos acariciaba con la mirada las palabras escritas. Estaba ensimismada, como estaría cualquiera a oscuras y solo. Pero la mujer había decidido dejar la luz encendida, cualquiera la podría haber visto.

El papel que tenía entre las manos parecía el mismo que yo había recogido del suelo aquella noche. Me fui, agotado, a mi habitación. El jueves siguiente, al ir a tirar la basura, encontré otro papel.

“Espero que el cliente de las 2 no se enoje al notar que mi cuerpo esta frío, que esta vez no habrá calor ni pasión fingida… pero si habrá verdad, mi verdad”.

 

Las mil y una noches

Por Ángela Navarro

 

img_1547

Muchas veces me he preguntado qué hubiera sucedido si no hubiera confiado en él de la forma en que lo hice. Desde pequeña siempre tuve una gran imaginación para contar historias. En la escuela los chicos me buscaban en el recreo para escuchar las aventuras imposibles que se me venían a la cabeza. Al principio me costó llevar al papel el torrente de información que se me agolpaba en la punta de mis dedos, pero poco a poco adquirí cierta destreza en escribir por lo que anuncié a quien me quiso escuchar que de mayor quería ser escritora.

Tuve en mi padre el principal apoyo. Cuantas noches, después de cenar, escuchaba mis relatos con un fervor incondicional mientras mi madre fregaba los platos y nos miraba como si perteneciéramos a un mundo en el que ella no estaba incluida.

Vivíamos en un pequeño pueblo en donde la posibilidad de desarrollar mi vocación de escritora era nula. Mi padre era agente comercial y viajaba constantemente, lo que le obligaba a pasar muchas noches fuera de casa. Vendía muebles de cocina a las tiendas de los pueblos cercanos y en los últimos años había ampliado su campo de acción a varias capitales de provincia limítrofes, por lo que sus ausencias se hacían cada vez más frecuentes.

Escribía mis relatos por las noches, en mi cuarto, con el único aliciente de que llegara el viernes y sonara el claxon de su coche. La escena esperada transcurría en la cocina que mi padre había equipado con los sobrantes de algunos montajes. Sentada en la mesa de formica frente a él, veía como sus ojos brillaban cuando abría mi cuaderno y entonaba con mi voz inmadura la que yo consideraba que era mi mejor historia, la última. Mi padre se acomodaba en el respaldo de la silla, entornaba sus ojos mientras se fumaba un cigarrillo y caía en una ensoñación que siempre atribuí a los acontecimientos que sucedían en mis cuentos.

Mi voz fue adquiriendo la madurez del paso del tiempo y mis inquietudes literarias no cambiaron. Esos mismos chicos que de pequeña me buscaban en el recreo para que les despertara su imaginación, ahora me rehuían porque me había convertido en alguien muy diferente a ellos.

Recuerdo muy bien lo sucedido el día en que cumplí diecinueve años. Mi padre entró en la cocina apresuradamente blandiendo un papel en la mano. Era un anuncio de la Consejería de Cultura, en el que informaban de un premio de narrativa juvenil. No me fijé ni tan siquiera en qué consistía el premio, sino que salí corriendo hacia mi cuarto para hacer una selección de los que consideraba mejores. Los separé por temáticas y los acompañé de una carta en la hacía un pequeño resumen del relato y del momento en que estaban escritos, tal y como se pedía en las bases del concurso.

Cuando el lunes vi marchar el coche de mi padre con todo material en el que había volcado parte de mi infancia y de mi adolescencia, no podía imaginar cómo iba a cambiar mi vida y la de mi familia.

No me extrañó no ser la ganadora del premio, pero sí me preocupó que no me había quedado copia de ninguno de los relatos, por lo que al tiempo que fui a conocer los resultados del concurso, me dirigí a la secretaría para retirar los sobres que contenían mis cuentos.

Tenía los ojos llenos de lágrimas cuando salí a la calle. Repentinamente una idea comenzó a rondar mi cabeza. En la secretaría me habían asegurado que mis relatos no se habían presentado al concurso y que debía tener un resguardo que así lo acreditara. Me dirigí a la fábrica de muebles en la que trabajaba mi padre y me hice pasar por una clienta. No me fue difícil que me dieran su dirección.

Me abrió la puerta en mangas de camisa y con la servilleta al hombro. Dentro de la casa se oía el llanto de un bebé y la voz de una mujer reñía a otro ocupante sin duda algo más mayor. Demudado, sólo alcanzó a excusarse por el extravío de mis relatos. Lo otro, lo deduje sin más explicaciones.

Aún no sé si desenmascarar el comportamiento de mi padre ante todos los que me importaban no fue más una venganza por el engaño de su doble vida o por el extravío de mis cartas.

Ahora que es mayor y me he hecho cargo de él, le siento todos los días junto a la ventana y le tapo las piernas con una manta gorda, aunque sé que no las siente. Cuando lo miro, mi enojo por la pérdida de las cartas se hace casi intolerable.

 

Inspiración

Por Miguel A. Del Hierro

 

img_1549

Juan, nuestro protagonista, de 45 años y recién divorciado, intenta trabajar en la creación de relatos para el taller de escritura en el que se ha inscrito en su búsqueda de actividades creativas que le ayuden a recuperarse y así olvidar su divorcio.

Está solo en Madrid en pleno mes de agosto y no consigue escribir nada. El calor y la soledad lo están desquiciando así que ha decidido pasar el fin de semana con su hermana y su familia en la casa de vacaciones que tienen en la playa. Unos días junto al mar le vendrán muy bien para airearse y conseguir desbloquear su parcela creativa, piensa él.Ha previsto para ello escribir un diario del que espera sacar ideas y argumentos para sus futuras obras. “Tres días de un verano”, lo ha llamado.

Primer día. Viernes 19 de agosto.

Ha sido un día agotador y accidentado. He salido de Madrid muy temprano y a pesar del tráfico y del calor he conseguido llegar pronto. Los gemelos me han recibido con abrazos, pisotones y mucho alborozo. Danko, su perro también y para demostrármelo se me ha echado encima y me ha llenado el pantalón de barro y babas. Mi hermana y mi cuñado están muy contentos de que haya venido y de verme tan animado y tan lleno de proyectos. Les he mentido. Mis únicos proyectos son dos: el taller de escritura y ligar.

Como era de esperar hemos ido a la playa. He jugado a las palas y me he quemado la espalda. También me he bañado y he construido un castillo de arena. Una mañana inolvidable, por supuesto. Hemos comido paella en un chiringuito chungo. He pagado yo y me han clavado. Por la tarde he ayudado a mi cuñado a sacar su viejo coche del jardín para que lo lleven al desguace. Me ha picado una avispa en la mano y se me ha hinchado. He ido a la farmacia, la farmacéutica me ha dado una crema y me ha recomendado acudir a urgencias si se me hincha todo el brazo o me mareo, o vomito. Le he agradecido el consejo, me he tomado un ansiolítico y como por la noche estaba ya bien también me he tomado dos whiskeys a su salud.

Segundo día. Sábado 20 de agosto.

Hoy ha amanecido nublado y mi cuñado se ha llevado a los niños de excursión, para que yo pueda hablar tranquilamente con mi hermana. Mi cuñado, hijo único, no entiende que mi hermana y yo solo somos hermanos y que vivimos vidas diferentes. Pero le agradezco que haya hecho desaparecer a los niños. Mi hermana ha invitado a cenar a los vecinos. Les acompañan otra pareja; son la hermana de él con su marido. Ella y yo nos conocemos pero disimulamos que nos conocemos. Estuvo liada con un compañero de mi oficina, también casado.

Hoy toca barbacoa: colesterol.

Los niños jugando me manchan de helado el pantalón que ayer me manchó el perro de babas. Me tomo dos whiskys a la salud de todos.

Tercer día. Domingo 21 de agosto.

He decidido salir después de desayunar, la familia me agobia enseguida. Mi hermana al despedirnos me abraza emocionada. Nos queremos.

Hoy no me ha manchado nadie. Después de cenar me he tomado tres whiskies a mi salud.

Preguntas y conclusiones:

  1. ¿Las mujeres infieles son más atractivas?
  2. Revisar Ana Karenina y Madame Bobary y escribir un relato.
  3. No escribir nunca sobre niños, perros o insectos.
  4. Buscar más actividades.
  5. Llevar el pantalón al tinte.
  6. ¿Y si me matriculo en italiano?
  7. ¿Y si llamo a mi ex?
  8. Escribir, escribir y escribir.
  9. Comprar whisky.
  10. Se acabó.

 

¿Mamá?

Por Ainara Porrón

 

facebook_1480687704382

Vibra el iPhone. Llama la tía Mamen.

— ¿Tía? — respondo con sorpresa.

—Cariño…

—Dime, tía.

—Cariño…

—¿Qué pasa? — pregunto preocupada.

—Nada…tu madre acaba de ingresar en el hosp…

—¡Qué! — exclamo poniéndolo en duda.

—Son solo unas pruebas. Vente. Estamos aquí todos, en la Quirón de Pozuelo.

—Pero, ¿qué dices? Pásamela…

Se corta. Llamo de vuelta. Móvil apagado. Lo intento con mi padre. Apagado. Marco el teléfono de mi hermana. Nada. Mis manos sudan. Paro el primer taxi que veo libre.

—Buenos días, ¿al Hospital Quirón en Pozuelo, por favor?

Zǎoshang hǎo — me responde el taxista.

—¿Perdona? ¿Al Hospital Quirón de Pozuelo?

Shì de, shì de, wǒmen láile —asiente con la cabeza.

Entiendo que lo ha comprendido y doy poca importancia a su extraño lenguaje. Entro en Whatsapp y escribo mensajes a todos mis familiares. Nadie responde. Miro Facebook para ver si hay alguien conectado. Nada. De repente siento una fuerza que me tira del taxi. Levanto la cabeza y descubro un majestuoso edificio. Entro en el lobby, un espacio aséptico de columnas grises, sin fin y vacío. Atisbo a lo lejos una campanilla dorada y diminuta. Me apresuro a tocarla y al poco me sorprende un enano con un altísimo sombrero de copa rojo.

—Ha llegado usted donde tenía que llegar. ¿Cómo puedo ayudarla?

—Buenos días, estoy buscando a Asun Hernández Calahorra.

—Asun Hernández Calahorra —repite con voz de helio mientras dibuja un plátano azul en un papel rosa. —Se la acaban de llevar —concluye sin mirarme a los ojos.

—¿Llevar? ¿A dónde?

—No estoy autorizado para dar información a extraños.

—¡Soy su hija! — respondo con enfado.

—Pregunte en la segunda planta, Carnicería Quirúrgica, quizá allí puedan ayudarle.

—Carnicería Quirúrgica, pero ¿qué le pasa a mi madre? — grito angustiada.

—Señorita, tengo que seguir atendiendo…

—Atendiendo, ¿a quién? ¡Si aquí no hay nadie! —exclamo con desesperación mientras me doy la vuelta para descubrir una kilométrica cola de gente mirándome con cara de pocos amigos. “¿Pero, de dónde han salido todos estos?”. No comprendo nada.

Me retiro con desazón del mostrador e intento volver a llamar a mi familia. Nadie coge. Mi móvil muere. Busco la segunda planta, Carnicería Quirúrgica. Silencio sepulcral. Vislumbro a lo lejos una sombra apostada en una máquina de café, y me abalanzo desesperada hacia ella. Descubro que es un novio de la infancia. Me alegro al verle, le toquiteo, le abrazo, le beso, le lloro, le cuento todo lo que me está pasando. Me tranquiliza.

—Sí, he visto que se la llevaban — dice con mucha convicción.

—¿A dónde? ¿Estaba mi padre con ella?

—Sí, y toda tu familia, tíos, primos, todos.

—¿Y por qué no me cogen el teléfono? Me he quedado sin batería, ¿puedo llamar del tuyo?

Me extiende su iPhone. Intento contactar con todos de nuevo sin éxito.

—Creo que iban a la Sala de Despiece—me dice finalmente.

—¡Sala de Despiece!— exclamo elevando la voz antes de pegar un grito largo y profundo que rompe las lámparas del pasillo. Nos quedamos sin luz y mi ex novio desaparece con la oscuridad. Una luciérnaga aletea enfrente de mí, me pide que le siga y me guía hasta un vasto edificio de puertas diminutas. Me encojo para poder entrar por una de ellas y encuentro un mostrador con un fornido deportista ataviado con gafas y gorro de nadador.

—¡Bingo! Está usted en la Sala de Despiece, ¿en que puedo ayudarla? —saluda él con mucha alegría.

—Estoy buscando a Asun Hernán…

—Sala 666 —me interrumpe antes de terminar el nombre.

—¿Sabe si está bien? —pregunto acongojada.

—Sala 666, primera planta —repite cortante.

Subo las escaleras temblando y tropiezo con una puerta verde donde leo un 666. La abro y aterrizo en las calles del carnaval de Cádiz. Jolgorio, gente disfrazada, chirigotas, drogas, alcohol. Intento abrirme paso entre la multitud. No conozco a nadie. Grito uno a uno los nombres de toda mi familia en vano. Me siento en un banco rosa fosforito exhausta. Un señor de muchas arrugas, vestido de Ratoncito Pérez, se acerca y me coge de la mano para levantarme. Abre el banco como si fuera un ataúd y nos encontramos el cadáver de una señora con similares rasgos físicos a los de mi madre envuelta en su vestido favorito y de piel negra.

—¡Ésta no es mi madre! —grito con impotencia.

Nadie me presta atención. El Ratoncito Pérez se escabulle en la fiesta. Vagabundeo confundida entre el gentío y me topo con un bar. Decido entrar para contarle al camarero todo lo que me está pasando.

—Creo que está en estado de shock. Siéntese —me aconseja con cariño. —Le vendría bien un whisky.

—No bebo whisky, pero vale —acepto resignada.

El camarero me sirve un vaso con hielos bañados en un líquido que parece sangre.

—Perdona, ¿no dijo whisky?

—Sí, un Jack Blood le sentará bien.

—Vale — digo sin fuerzas para rebatirle. —¿Cuánto es?

—Tres.

Poso en la barra un billete de cinco euros.

—¿Y eso? — me dice él burlándose.

—Cinco euros —respondo con ingenuidad.

—¿Está de broma? Deme los 3 tulipanes que cuesta el JB o llamo a la policía.

—¿Tulipanes? No tengo tulipanes…— culmino agotada.

El camarero coge su teléfono y marca un número. Me doy la vuelta, el bar está abarrotado de gente bulliciosa. De repente reconozco entre los clientes las caras de mi familia. Siento aliento. “Los he encontrado”. Les grito, pero no me oyen. Me acerco, pero no me ven. Soy invisible. Ruido de sirenas aproximándose, y se hace el silencio en el bar. Un policía se acerca para neutralizarme. Toda mi familia me dirige sus miradas y se arranca con una sonata de violentas carcajadas. Veo todo muy borroso. Pego al policía, que me sujeta con firmeza. Nos enzarzamos. Consigo enfocar la vista y debajo de su casco acierto a ver la cara de mi madre. ¡Por fin!

—¡Mamáaaaa! ¡Mamááááá, que soy yo! ¡Suéltame! —chillo esperanzada, antes de fundirnos en un reconfortante abrazo.

 

De familias y perdices

Por Elena Martínez

 

facebook_1480687675119

“Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz lo es a su manera”. Así reza el lema de la Escuela de Perdices encargadas de cerrar todas las historias del mundo. El hecho de que una familia sea feliz o infeliz no depende de ella ni de su trabajo ni de su suerte. Depende única y exclusivamente de la perdiz que tenga asignada desde su inicio.

Las perdices que se asignan a cada familia son de dos tipos diferentes. La perdiz Pardilla, con su plumaje y patas grises y su pico ceniza ; evidentemente destinada a las familias infelices. La otra perdiz, la Roja, presenta un pico, plumaje y patas llenos de vida, un rojo intenso de hoguera chispeante, de llamas siempre tendentes a alcanzar más altura, más felicidad.

Es frecuente escuchar “en esta familia ha entrado la desgracia” o “ nos ha mirado un tuerto”, cuando de continuo le ocurren cosas malas a todos y cada uno de sus miembros. Por el contrario, hay familias que consideramos aparentemente idílicas, aparentemente felices, nunca pasa nada malo, ninguna tragedia. La explicación es sencilla y es que la perdiz es un ave NO migratoria por lo que, una vez que a una familia se le asigna una perdiz, es decir su destino, este es imposible de cambiar.

Una familia aparentemente feliz, realmente es una familia vulgar, todas son iguales y el trabajo de su perdiz es un mero funcionariado, anida en el suelo y allí espera a que llegue su conocido final. En cambio en la familia infeliz, mucho más original, la perdiz tiene un trabajo más intenso, tratando siempre de apaciguar los ánimos, dando una tregua para cuando les llega la siguiente catástrofe.

Y, ¿qué pasa cuando un miembro de familia feliz pasa a formar parte de una familia infeliz o viceversa? En un principio, hasta que la nueva pareja forma su hogar (durante el noviazgo), el acogido adquiere la felicidad o infelicidad de la familia de acogida pero cuando la nueva pareja forma su propia familia, entonces, simplemente es una cuestión matemática:

Menos por menos es más, quiere decir que si juntamos una persona de familia infeliz con otra del mismo tipo, entonces se genera una familia aparentemente feliz de Roja perdiz. Lo mismo ocurre al unirse dos personas miembros de familia feliz, siguen siendo felices.

Pero si juntamos un miembro de una familia feliz con otro de una familia infeliz, entonces el resultado es negativo. Se genera una familia infeliz de Pardilla perdiz. Y lo mismo al contrario, ya que el orden de factores no altera el producto.

Lo que realmente llama la atención son los deseos tan contrarios entre las perdices y las familias. Una familia recién formada no desea que se le asigne una perdiz Pardilla, aquella que siempre se salva del caldero y vive eternamente. La familia recién formada, siempre desea que se le sea asignada una perdiz Roja, la que sabe que tiene un claro final porque la familia aparentemente feliz, tiene hogar, trabajo, amor, salud y lo celebran con un plato gourmet como la perdiz estofada o escabechada. De ahí que vivieron felices y comieron perdices pero solo aparentemente porque no hay que olvidar que en todas partes, cuecen habas.

 

La felicidad y otros cuentos

Por Ana Ferri

 

img_1553

Todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera.

Existe una idea preconcebida de que la felicidad sólo existe en aquellos que la proclaman, en los que dicen ser felices a diario, esos que se llenan la boca al expresarlo, y que arrugan la frente para coger impulso y vociferar “pues yo soy muy feliz”. Prejuicios, mitos baratos sobre la felicidad los hay a decenas: la felicidad está en las pequeñas cosas, voy en busca de la felicidad, ser feliz es una actitud, la felicidad empieza aquí y ahora, y un montón de mentiras disfrazadas de convencionalismos.

Todavía recuerdo la historia de Esther. Alta, morena, la típica mujer que no pasaba desapercibida por nadie. El día que la conocí , lo recuerdo perfectamente, supe que su presencia iba a suponer un antes y un después en mi vida.

Yo la esperaba en la cafetería donde solía ir todos los domingos cuando llovía, por ese aire nostálgico que imperaba en ella. Llevaba meses pensando en la idea de contratar a alguien que me llevara la contabilidad del negocio, y un conocido me había hablado muy bien de Esther.

Cuando la vi entrar mis ojos fueron directos a ella. No pude no detenerme en esa energía que emanaba de su cuerpo. No sé si alguna vez os habéis parado a pensar en ello, pero hay personas que la tienen y que, en cuanto entran en una estancia, la llenan de magnetismo. Al mirarla, y supongo que ella verme a mi sola sentada, se aproximó enseguida. Sonreía, como nunca había visto sonreír a nadie, y entonces empezó a hablar de su experiencia, de lo duro que había sido encontrar su primer trabajo, y de esos temas manidos que todos utilizamos para intentar impresionar.

Recuerdo que meses después de contratarla, apareció un día en mi casa. Ese día ni la oí llegar. El aura que siempre la envolvía no estaba. Rápidamente, fui a su encuentro para saber qué le pasaba. Y lo que me dijo se me quedó grabado hasta el día de hoy:

Creo que nunca me había planteado si era feliz-me dijo. Ya sabes, la gente se pasa el tiempo preguntándose si realmente es feliz o no, qué debe de hacer para serlo, y un montón de preguntas por el estilo.

Hoy me he dado cuenta de que, al preguntármelo, no he sabido contestar-reafirmó. Y es que este es justo nuestro error. Nunca deberíamos preguntarnos si somos felices, porque la realidad es que ni en las mejores familias lo son.

Esa conversación retumba en mi cabeza cada vez que me detengo, en mi día a día, y me cuestiono si lo que estoy haciendo es lo que quiero hacer.

Hay una filosofía en yoga que habla del momento presente, de sentir lo que estamos haciendo en este instante, ahora. Posiblemente sea nuestra mayor equivocación, como seres humanos, el de pasarnos la vida en el pasado y en el futuro. No sé bien si soy de mala o buena familia, ni si eso determina la felicidad. No sé bien porqué estoy aquí, ni porque un día decidí terminar en esta ciudad de mierda. Pero al final, y como una canción dice, toda la culpa es mía. Así que no me queda más remedio que fingir que soy tremendamente feliz.

 

Amaya Asiaín, ganadora del concurso de micros de  Vergüenza Ajena

Como siempre, después de la lectura del escritor invitado en Vergüenza Ajena se celebró el concurso de micros. Los alumnos del taller hicieron de jurado. Eligieron el relato escrito por  la escritora Amaya Asiaín, que reproducimos aquí

 

img-20161202-wa0012

Recuerdo que había que remover la masa con mucho cuidado, con cariño, de una forma casi impúdica para la mano de una niña. Para entonces habíamos desalado el jamón a conciencia porque pasarse de sal es el peor pecado en la cocina, lo sabe todo el mundo. A mi lo que me gustaba era hacer las bolas, antes de rebozar. Se me solía quedar masa debajo de las uñas y entre los pellejos, lo que me permitía merendar a escondidas antes de lavarme las manos.

Pero mejor no sigo por aquí, mis compañeros del taller van a pensar que estoy obsesionada por las croquetas, esas masas jugosas rellenas de jamón, cocido o, en el mejor de los casos, queso azul y membrillo. Así que será mejor que les cuente el origen de mi fijación narrativa por las croquetas. Para ello, primero hablaré del robo del banco.

 

Publicado el 2 diciembre, 2016 en Cuento, Escribir, Escritura Creativa, Leer

Compartir

Back to Top