José Manuel de la Huerga, en “La trama oculta”

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Aunque La trama oculta está centrada en el mundo del relato, esta vez damos un pequeño (y aparente) giro hacia la novela de la mano del escritor José Manuel de la Huerga, quien comparte con nosotros un capítulo “mutilado” de su novela Pasos en la piedra (Menoscuarto). Las exigencias de la edición no siempre coinciden con las de la literatura y la historia de Antonio Lozano, El Pajarero, requería de un mayor desarrollo. El propio autor cuenta el proceso en estas páginas.

 

La trama oculta 

 

En noviembre de 2015 envié el manuscrito de Los días santos a mi editor de Menoscuarto. Como viene siendo habitual, tardó en contestar. ¿Conoce alguien algún editor que responda a vuelta de correo? Dos meses después, en las navidades de 2016, conseguí cazarlo al vuelo con hilo telefónico y, por fin, me dio el visto bueno a la publicación que llegaría en las fechas ―muy oportunas― del siguiente plenilunio de primavera. Aunque tengo que decir que la alegría de la luz verde editorial llegó con su pequeña penitencia: José A. Zapatero me sugirió, y subrayo el verbo, que aligerara la obra. El manuscrito en Word que le pasé andaba cerca de los cuatrocientos folios, lo que editado podría llegar a las quinientas páginas. ¡Un auténtico ladrillo para calzar muebles! Como conocen muy bien los lectores avisados de este país, Menoscuarto edita, con exquisito gusto, fundamentalmente cuento. Incluso en su colección Cuadrante Nueve, dedicada a novela ―donde he tenido la fortuna de publicar Apuntes de medicina interna (2011) y SolitarioS (2013)―, las obras no se suelen ir mucho de las doscientas páginas.

De manera que por aquellas fechas navideñas, tan poco propicias para el adelgazamiento, el escritor JMdelaH se aprestaba a realizar un ejercicio doloroso de liposucción ficcional. La obra es una novela coral, trenzada con una red minuciosa de personajes no tanto secundarios como necesarios (al menos para mí), que pretenden aportar una mirada caleidoscópica al complejo mundo de los ritos ancestrales de la tribu y el deseo innato de subversión de los mismos.

Muy resumidamente, Pasos en la piedra narra los cinco días de la Semana Santa de 1977 como un choque de trenes entre las tradiciones vetustas de una imaginaria ciudad en la Meseta Norte, Barrio de Piedra, y los nuevos aires de libertad que soplaban tanto desde Madrid como, sobre todo, desde Portugal, con su memorable Revolución de los Claveles.

¿Qué quitar? ¿Por dónde cortar? O incluso, reflexión previa a las cuestiones anteriores: ¿debía escuchar las sugerencias, siempre respetuosas, de mi editor u, opción nada desdeñable, atrincherarme en la sagrada cátedra del escritor poseído por el furor dionisiaco de lo innegociable?

Aunque me reconozco ambicioso en los proyectos y también en la ejecución de los mismos (luego ya vendrá la decepción privada), creo que sé escuchar a mis dos o tres lectores cómplices que siempre me asesoran, antes de mandar cualquier manuscrito a buscarse la vida. Una de esos lectores me recordó: “ya te lo había dicho yo, a qué tanto; menos es más; corta, corta y corta, hasta que la dejes en el chasis”. Y la voz de uno de mis poetas de cabecera, Francisco Pino, me susurraba por el otro oído: “A hermosa noche tu tachar te lleve. Y a renglón o verso seguido, tacha y retacha. Me convencieron.

Así que imprimí una copia en papel (no creo que directamente en la pantalla del ordenador hubiera sido capaz de semejantes ejercicios espirituales de flagelación del ego) y comencé a quitar. A tachar. Físicamente. Primero tímidamente, un adjetivo cuando había dos, incluso tres… Luego, una pequeña oración redundante que retardaba el ritmo de lectura… Y, entre suculentos manjares navideños ―ricos mariscos, pastel de pescado, lechazo castellano, torrijas remojadas en su almíbar y turrones y cascajo…― me fui animando, primero un párrafo de cuatro líneas, luego alguna página… (Como verá el lector que haya tenido la paciencia de llegar hasta aquí, trabajaba sobre el manuscrito de la misma manera que mi amiga Maite Núñez en una anterior entrega en este mismo blog. Yo no amaso croquetas como ella, sino que sajo grasas, pretendo dejar la carne del relato desnuda. Con el peligro de cortarme a mí mismo, claro. Maite, creo que deberíamos proponer a nuestro anfitrión Javier Morales un masterchef literario.)

…Y a las pocas jornadas de ayuno y abstinencia, por fin, se desató el frenesí liberador. Supongo que mi cabeza empezó a generar endorfinas narrativas, porque realmente comencé a sentir que la obra, mientras se iba aligerando de pasajes prescindibles, cogía vuelo: se estaba convirtiendo en una novela, aunque compleja en su diseño reticular, de lectura fluida, merced a esas amputaciones de hasta ocho páginas, como la que nos ocupa aquí. (O desocupa.) Me sentí al término de aquel tratamiento de cirugía “amputatoria” de 80 páginas del manuscrito (¡1/4 del mismo!), …ligero. Verdaderamente ligero.

Viví flotando los dos meses que quedaban hasta la publicación. Y una tarde, casi sin avisar, José Ángel Zapatero se presentó en casa con los primeros ejemplares de la obra (Mira qué blanquita, dijo, con esa grieta de Rafa Vega tan… inquietante.) Fue un momento inenarrable, como bien sabe quien ha publicado siquiera un cuento de navidad en la revista del colegio. Mutatis mutandis, pienso que esto de publicar, entre el pudor y la vanidad, coincidiría con la historia del romano patricio que tiene un hijo a escondidas con una esclava de la que está enamorado y, atormentado por un sentimiento contradictorio de remordimiento y dicha incontenible, acude raudo, de madrugada, a la columna lactaria donde la madre, pocas horas antes, llorosa, había abandonado al recién parido asistida por la penumbra del anochecer. Entonces, el padre-escritor (¡qué momento!) levanta del santo suelo a la criatura para mostrarla, por fin resuelta su contradicción personal, al Senado Y Pueblo de Roma. (Otro día lo dedicaremos al cruce de correos electrónicos y llamadas telefónicas en las que proponíamos títulos para la novela―¿Las pasiones, Los pasos y los días, Barrio de Piedra…?―, atascado, y no es exageración, hasta el minuto antes de entrar en máquinas.)

Curiosamente, nada más ser presentada en diferentes librerías y bibliotecas, algunos primeros lectores coincidieron en que el personaje de Antonio Lozano, el Pajarero, catedrático de biología del instituto de Barrio de Piedra, era uno de los más entrañables. Merecía algunas páginas más, comentaban. Y yo pensé: mira que nunca acierta uno. Y dejé para un futuro lejano la redención de aquellas páginas condenadas en el Purgatorio del ordenador.

Entonces, querido Javier, entras tú en escena. Me alegro de que me ofrezcas la oportunidad, en tu casa de las palabras que es Leer/Escribir, de permitir la ascensión al Paraíso de los justos a la historia completa del Pajarero. Ahí van, pues, las ocho páginas y algún párrafo más, que le segué al manuscrito de Los días santos/Pasos en la piedra.

Ahora, un año largo después, las he vuelto a leer. Pienso que son salvables, estas vamos a llamar páginas apócrifas. Intuyo que porque contienen lo que para mí son las tres cualidades de un relato digno: hospitalidad, redención y vuelo. El Pajarero es uno de los personajes más amables de la novela: el lector desea entrar en su casa, o permitirle que se cuele en la suya. Su soledad y su pasión aviar le vuelven un ser salvable del Infierno que describe Calvino muy atinadamente en el párrafo final de Las ciudades invisibles. El lector desea fervientemente que le vaya bien, que encuentre al pájaro solitario, ya, por fin. Y es el lector el que le anima al vuelo definitivo, porque sabe que esconde una hermosa historia de amor, muy secreta: su anhelo siempre frustrado por completar la ficha científica del pájaro solitario, se ve “contrapunteado” con el encuentro, primerizo y paradisíaco, con ese prodigio de mujer que es la negra Micaela. Sus citas amorosas en la frontera luso-hispana, bajo proverbiales nevadas, se solapan con las paradas nupciales de la cigüeña negra, mutada en la novela en una rara especie en la que la hembra es singularmente mayor que el macho.

Ofrezco al lector interesado el texto amputado en negrita y cursiva. En la edición de Menoscuarto de 2016 estaría interpolado al comienzo del segundo capítulo del VIERNES, Camino, exactamente entre las páginas 188-193.

Agradezco de todo corazón la ayuda de Pablo Javier Pérez López[1], poeta español de alma portuguesa. Actualmente goza de una beca de traducción de la Fundación Calouste Gulbenkian en Lisboa, ciudad en la que reside desde hace una década. Con absoluta generosidad, y a vuelta de correo en el mismo día, me devolvió traducidas impecablemente las dos intervenciones de Micaela, que yo había intentado volcar al portugués con rudimentarios conocimientos de esa lengua hermana.

Me produce profunda ilusión (colma mi vanidad, vaya) percibir en los lectores esa complicidad con el personaje. Toda ficción es autobiográfica, Julio Llamazares dixit. Acaso con los años una edición en papel de las Apostillas a Pasos se haga realidad, y este, el capítulo apócrifo de El Pajarero, se convierta en uno de los primeros en esa utópica publicación.

 

 VIERNES

CAMINO

(La historia completa del Pajarero)

 

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Aquella madrugada, el despertador se desgañitó por poco tiempo al oído de Antonio Lozano. A lo largo de la noche, el ornitólogo había pespunteado un sueño intranquilo, así que interrumpió las estridencias del mecanismo antes de que se le agotara la cuerda, y saltó del lecho sin pereza. No quería por nada del mundo que la única oportunidad del año para identificar al solitario se le escapara volando.

Era aún noche cerrada cuando el Pajarero salió a la calle bien abrigado, con sus botas de monte, la zamarra de pastor y el gorro de lana de confección materna. La mochila iba bien pertrechada de cuaderno, prismáticos y un termo con café caliente. Además, a la lista habitual había añadido esta vez unas gafas de sol. Sabía que en cuanto amaneciera los brillos dorados sobre la nieve lo deslumbrarían y vería menos aún de lo que sus ojos enfermos le permitían identificar. Oculta la mirada bajo cristales ahumados, parecería que regresara a la juventud, al espejismo de aquella edad sobrenatural capaz de percibir lo que no hay.

Demoró el paso en el descenso de la ciudad, por seguridad y por placer. Disfrutó del camino hasta su escondite bajo el sauce de San Atilano como hacía tiempo no le ocurría. Estuvo atento al crujido de sus pisadas en la nieve; fue concienzudo al marcar su particular procesión de patitas de hormiga Balborraz abajo y, una vez atravesado el Arco de la Cabeza, se giró para contemplar el dibujo trazado. La corriente de aire helado y seco que le arañó la cara, cuando atravesó, él el primero en la ciudad, el Puente de Piedra, lo desperezó definitivamente, si acaso aún le quedaban restos de calor del lecho.

Admiró, entonces, el caserío dormido bajo la sábana blanca y se sintió único, o casi único. Seguramente Alas ya andaría retratando aquel espectáculo en alguno de sus cuadernos. Buscó la luz de su ventana y Lozano percibió la certeza de su compañía. Aquel calor tibio le reconstituyó. Degustó al recuperar sus pasos el pálpito de que aquella madrugada sería la buena, tendría que ser por fuerza la señalada: la mañana del encuentro feliz con el pájaro solitario, su Carduelis lozania.

No le resultaba nuevo ninguno de los sentimientos que se auscultó. Ahí seguían la sensación atosigante que nunca lo abandonaba y ese ímpetu imparable de echar a correr. Y sin embargo, se sentía distinto. Lo achacó a la nevada.

Si rascaba un poco en la memoria de los últimos sesenta y cinco años de Barrio de Piedra, enseguida marcó como la más gloriosa aquella nevada del 40. Eran los primeros años de la cátedra en el instituto, cuando no tenía tiempo más que para los pájaros y las clases. Sonrió dulcemente, recordando los soberanos plantones a unas cuantas pretendientes de buenas familias que su madre se encargaba de ponerle a tiro. “¿Cuál será la pájara que lo cace a este?”, era la adivinanza más cotizada en las reuniones de mesa camilla o a la salida de rosarios, de las señoras del puro cogollo de la ciudad amurallada.

Pero la pregunta se fue quedando sin respuesta, languideciendo en el cuadro de honor de las solterías de la villa. Él y su hermano Mateo se atrincheraron en posiciones imposibles de desbancar, en el primer y segundo puesto de los solteros de oro.

Nadie había llegado a descubrir jamás —y con un poco de suerte a esas alturas de la vida quedaría bien oculto bajo el espesor del tiempo—, que la segunda nevada memorable tras la guerra, aquella que cayó en la Navidad del 48, un 28 de diciembre, día de los Inocentes, quedaría señalada como un hito gratísimo, en la biografía secreta del profesor Lozano.

Desde los primeros cursos, en periodos de vacación escolar, se ausentaba unos días de la ciudad. Porque sí. Su madre y su hermano estaban acostumbrados a aquellas desapariciones esporádicas de las que tenían una vaga noticia al regreso del hijo pródigo. El catedrático Antonio Lozano se iba a pájaros, desaparecía… Mateo, entonces, quedaba al cuidado del sanatorio aviar, atento a la comida y las atenciones de los pájaros en recuperación.

El Pajarero, con una simple mochila al hombro, se alejaba siguiendo el cauce del río. Avanzaba bajo las trincheras de tierra roja de Trascastillo donde observaba el vuelo de milanos y ratoneros, para luego comenzar a caminar decenas de kilómetros, atravesando cantiles, dehesas, desembocaduras, campos de cultivo y viñedos. Y lo hacía casi sin detenerse, empujado por un ansia de respiración honda y definitiva, una que fuera capaz de liberarle de aquel corsé que lo tenía agobiado, sin saber por qué. Cada zancada lo aligeraba, como si su cuerpo no necesitara consultar con la cabeza el diagnóstico y el tratamiento urgente: salir corriendo de aquella ciudad cercada.

Recordaba muy bien la primera vez que se escapó, aquel diciembre del 48. Como un fugitivo recorrió los sesenta kilómetros que distaban de la frontera en solo dos jornadas. Hizo noche en un caseto de peones camineros. Vio al lobo, a lo lejos, al amanecer, bajando a beber al río. Apuntó pájaros, señaló sus nidos en la roca para las siguientes visitas. Y cuando estaba en aquellas faenas gozosas, notó los primeros copos en las hojas del cuaderno. Iba tan encandilado, contando, dibujando, que hasta que no oyó la música de la lengua portuguesa cerca del oído, no se percató de que había cruzado el río por un puente y había entrado en el país vecino. En esta ocasión, ningún guardia de frontera lo interceptó. Las casetas, a ambos lados del puente, estaban vacías. En las siguientes visitas, aprendió a enseñar la mochila, siempre muy ligera, que con el tiempo se fue llenando de algún paquete de café, de azúcar o de tabaco, humildes donativos para una autoridad, de uno y otro lado, que enseguida lo admitió como figura consustancial al paisaje de frontera.

Fue en aquella primera ocasión cuando puso nombre a su enfermedad y se recetó a sí mismo un tratamiento completo. Parecía mentira, pero había sido tomarse un café concentrado, apenas un buchito amargo con gotas de orujo al gusto, en aquella fonda en penumbra donde entró, para saber que era eso—venir corriendo durante sesenta kilómetros a pedirle un café negro a la mujer negra más hermosa que había visto jamás— lo que necesitaba para su curación. Y, desde luego, repetir el tratamiento cuando los primeros síntomas de ahogos y presiones en el pecho se anunciaran.

Celebró el nuevo año 48 en la Fonda de las Flores, en Quinta d’Alva, a tan solo medio kilómetro de la frontera española. Como por fortuna la nieve no entiende de límites administrativos, la manta fue antológica y el metro de espesor quedó señalado en la fachada de la posada con una marca de pintura roja del posadero. Pero no fue esa la única señal indeleble que dejó su impronta en la memoria del Pajarero.

Aquella mujer negra que le sirvió el café atendía al nombre de Micaela. Había nacido en la colonia de Mozambique y había llegado a la metrópoli al arrimo de un militar portugués casado, de buena posición, que se había encaprichado de ella. La había tenido mantenida en Oporto hasta que la santa esposa del capitán recibió soplos de todas direcciones, cuando la infidelidad era vox populi. Entonces, a partir del abandono, la vida de la negra que cantaba fados de voz aterciopelada comenzó a desfilar por garitos portuarios, y a caer en brazos de broncos estibadores. Más aun, como no quería regresar a su patria africana, abandonó la ciudad y remontó el cauce del río, tierra adentro, hasta Quinta d’Alva. Allí demoró su vuelo y se dejó abrazar por el dueño de la única fonda de aquella población de frontera. Por suerte para la nueva empleada, el amor que el posadero demandaba, y ofrecía, era poco más que su sola compañía, en el tiempo de descuento de las pasiones masculinas. Su ardor juvenil se había mitigado hasta quedar sumido en un recuerdo apagado, sencillo de sobrellevar. Micaela consideró que aquella Fonda de las Flores era el mejor lugar en el mundo para descansar de tanta migración obligatoria.

Cuando Antonio Lozano le solicitó el primer café sacudiéndose la nieve que le había pintado cabeza y hombros durante el último tramo de travesía, la negra sonrió y le dijo con sus grandes ojos:

—Mas você, meu amor, não vai precisar do leite pois já o carrega na cabeça[2].

Y rio como un desprendimiento de piedras torrente abajo.

Antonio Lozano no daba crédito, porque de la melancolía que lo había empujado hasta allí y que había sufrido aun cuando atravesaba el umbral de la fonda, no quedaba ni rastro.

Aquella mujer le aventajaba aproximadamente en una década de edad, y sí, el joven catedrático de gafitas redondas y piel blanca como la leche que la camarera decía que llevaba puesta, se había enamorado instantáneamente, como un pardillo. Fue algo inesperado, desconcertante en extremo para su biografía interior. El estudioso, desde muy joven, había acostumbrado a su cuerpo a amodorrarse cuando mugía el reclamo de la sangre y, así entre avistamientos de especies voladoras, clases y libros, habían transcurrido adolescencia y juventud.

El profesor Lozano, aún a sus 28 años, no había conocido mujer y, a decir verdad, la urgencia de conocimiento jamás le había apremiado hasta que entró en la Fonda de las Flores. Nunca una bica de café había durado tanto, porque se pasó la tarde entera contemplando a la cantante que musitaba fados trajinando en la barra, y ella, dejándose mirar por la novedad del forastero, único cliente, si se exceptuaban los habituales de la parroquia, apostados en sus lugares de costumbre.

El español no quiso cenar y Micaela volvió a reír y sentenciar:

—Mas você, meu amor, alimenta-se do ar, como os pássaros. Para que o sonho agasalhe, é preciso ter o bucho cheio. Caso contrário um anjo qualquer que nos visite pode tornar-se um pesadelo[3].

Pero Antonio solicitó la llave de su cuarto en la primera planta y subió despacio, deseando descansar, paladeando la libertad del peso en el pecho que lo tenía oprimido desde no recordaba cuándo y del que aquel ángel negro le había liberado con un solo golpe de ala. Se metió en la cama de sábanas crujientes, y frías, como si se metiera en un lecho nevado. Y enseguida se quedó dormido.

No sabría decir a qué hora se despertó, o lo despertaron. Sintió que la oscuridad del cuarto se volvía más negra aún. Un cuerpo desnudo de mujer se coló en su cama y se le colocó encima. Se acopló a él y lo empezó a besar. Suavemente, despacio, una voz femenina musitaba una canción sin palabras.

Y el ornitólogo, confuso pero al instante arrebatado, fue capaz, enseguida, a pesar de momento tan definitivo, de identificar aquella melodía susurrada. Era tan parecida a la del pájaro solitario, la que había escuchado por primera vez la primavera de la muerte de su padre, que lo sumió en el desconcierto, y el asombro. Era, sí, el mismo canto que lo venía saludando durante muchos días santos a lo largo de su vida: el inesperadamente tan esperado.

El cuerpo femenino resultaba sobre él un prodigio de carne bamboleante. Sintió sus dos pechos como globos aerostáticos que lo elevaban a la cima del goce y aquella primera consumación fue tan intensa y tan rápida que a los pocos minutos fue el varón el que ascendió sin miedo alguno a la montaña y descendió a sus simas.

Nunca en tantos años como llevaban amándose en el silencio oscuro de los cuartos de la Fonda de las Flores, Micaela y Antonio intercambiaron palabra alguna. La mujer esperaba a que el establecimiento estuviera barrido y fregado, el último parroquiano expulsado a escobazos, para colarse en la cama del viajero. Se abrazaban calladamente, mientras ella canturreaba remolona la canción dulce del solitario.

Lo curioso es que aquellos encuentros solo tenían lugar la primera noche, hasta el amanecer, en dos, tres, cuatro ocasiones, tantas como los amantes se retrepaban el uno sobre el otro, en su parada nupcial. En cada unión sonaba un canto más profundo, caliente y perezoso, alargado y sostenido en sus gorjeos definitivos, hasta un final que casi ni existía, que desaparecía confundido con una nueva ascensión a la rama más alta del árbol del amor, lo mismo que luego a su descanso.

El resto de las noches que el catedrático pernoctaba en la fonda portuguesa no recibía la visita. Él, desde luego, no se quejaba al día siguiente en el desayuno. Si acaso, podía manifestar que el café estaba poco cargado. Y únicamente obtenía como respuesta una carcajada canora y un canto murmurado, sin palabras, de la hospedera.

A la mañana siguiente de cada cita nocturna, y también del resto, el profesor se levantaba como se había acostado, solo. Bajaba hasta la barra del bar donde Micaela, feliz y sonriente, le ponía su bica, bien concentrada. Le dejaba cerca de la consumición la pipeta del orujo, para que el cliente se escanciara cuanto quisiera.

El resto de los días de aquellas vacaciones en el extranjero, Antonio Lozano los empleaba, si el tiempo lo permitía, en visitar nidos de rapaces y buitres leonados, también de cigüeña negra, rarísima, en extinción, pero que iba sobreviviendo cada primavera y que regresaba fiel al nido de los arribes de piedra para su siguiente parada nupcial.

“Até amanhã, meu amor”, eran las palabras de despedida de la mujer cuando el cliente abonaba la cuenta de las dos o tres pernoctaciones y regresaba a Barrio de Piedra. Cuando un mes después, dos a lo sumo, el caminante de regreso se apostaba en la barra y solicitaba su bica, descansaba al comprobar que el nido de cigüeña negra no estaba vacío.

El amor clandestino de Micaela y Antonio se venía prolongando dulcemente hasta la fecha, con regularidad pasmosa. Ninguno había pedido más de lo que se concedieron aquella lejana primera noche de la nevada del 48, porque ya entonces se lo habían dado todo.

El Pajarero, apostado ahora bajo el sauce nevado junto a San Atilano, se seguía maravillando, tantos años después, de las similitudes de su relación secreta con la de la pareja de cigüeñas negras que visitaba en Quinta d’Alva. Un caso curioso de dimorfismo, muy raro contra lo habitual en la especie. La hembra casi doblaba al macho en envergadura y poderío de vuelo, su pico naranja se volvía rojo carmín por primavera, cuando el celo. El crotoreo femenino sonaba igual que la madera del cabecero de la cama, golpeando contra la pared del dormitorio, y quién sabe qué canto feliz, privado, entonaría el ave cuando cubriera a su pareja, adoptando el comportamiento del macho dominante. Casos como el suyo también ocurrían entre las aves, contra todo pronóstico.

El calor de los encuentros callados con Micaela se iba gastando en su memoria durante semanas y lo reconfortaba tan sabrosamente en sus momentos solitarios que los días se sucedían sin sentirse hasta la siguiente visita.

En la orilla, aquella madrugada del Viernes, el profesor Lozano estiró las piernas entumecidas y caminó unos metros en círculos concéntricos, en torno a su sauce, con cuidado extremo de no borrar las pruebas del delito que seguro encontraría. Patitas en la nieve habían escrito su caligrafía decidida. Ires y venires, en procura de semillas y gusanos difíciles bajo la blanca capa, a saltos pareados, a pasitos menudos, de trazado recto o curvilíneo, tachándose y rescribiendo continuamente un mensaje que al ornitólogo le costaba algo descifrar, pero nada disfrutar.

Entre decenas de primos y hermanos —herrerillos, carboneros, jilgueros y lavanderas— debería identificar la firma del solitario. El pájaro estaba allí, había estado, en la playa del soto. Una hilera de huellas ondulantes firmaba su presencia: saltos y pequeños vuelos. O al menos eran los rastros que Lozano estaba obsesionado en acotar, evidentes bajo el tamiz borroso de sus cristales oscuros.

Volvió a refugiarse contra el árbol, se tomó el café amargo aún templado del termo y repasó los avistamientos de aquella madrugada: algunos ejemplares recién llegados de garza, tres parejas de azules y una de las rojas en las garceras de Trascastillo; las cigüeñas que por decenas habían bajado de las torres de Barrio a escarbar alimento entre el carrizo; un aguilucho primero, un grupo de milanos después que clavaban su vuelo en el aire, atisbando cualquier movimiento de limícolas y carriceros entre los juncos; las primeras bandadas de ánades en formación de uve, cortando el silencio del agua con sus aleteos excitados; tres cormoranes soleándose en el tronco caído tras la última avenida del invierno; un somormujo sin pareja, con el cuerpo escondido bajo la superficie del río, pero el cuello graciosamente estirado, intuyendo cualquier movimiento ínfimo a su alrededor.

Y a las espaldas del observador, dehesa adentro de Cabañales, los primeros cantos del cuco, como el latido certero de un corazón en los días recién inaugurados de la primavera. El picapinos, trabajando la madera de los troncos con la precisión de un martillo neumático. Los zureos de las tórtolas, emparejándose. Los bufidos encrespados de la abubilla. La pajarera al completo comenzando los vuelos de reconocimiento, de machos, y de hembras.

Todos habían regresado, todos habían despertado. Antonio Lozano a veces creía perder la cuenta de especies que subían de África o bajaban del Norte de Europa, los que se quedaban a empollar, los que partían, los que apenas permanecían unas pocas semanas… Y entre tanto revuelo, tanto tránsito en camino, el profesor imaginaba que el solitario estaba allí, entre todas ellas, escondido. Que había llegado, que había dejado su firma de presentación en alguno de aquellos saltitos en la nieve que apenas alcanzaba a ver, pero que sí, casi con el tacto, con el olfato, había registrado en sus anotaciones.

Sin embargo, no lo oyó. El Carduelis lozania no hizo acto de presencia la madrugada del Viernes. El oído del ornitólogo estuvo atento, tomando cada pulso del aire, escrutando cada milímetro de brisa. Y en el concierto loco de aquel amanecer identificó a todas las familias canoras, mirlos, verderones, ruiseñores bastardos y jilgueros. Los cantos agudísimos, tan breves, de herrerillos y carboneros… Pero de su querida Lunada, ni rastro. Bien conocía él su reclamo. Tenía la melodía metida en la cabeza, modulada y sostenida, agónica en un final que, igual que en sus encuentros con Micaela, volvía a remontar cuando parecía abocarse al descanso. Cuando en otras ocasiones lo había escuchado, sus ojos no se resistían a cerrarse: evocaban, aún sin querer, el calor de las sábanas de nieve de la Fonda de las Flores.

Definitivamente, aquella mañana del Viernes, el pájaro no andaba frente a San Atilano. A pesar de sentir un tímido aguijón de contrariedad, el Pajarero no desesperó. Su Carduelis estaría cerca, emboscado unas decenas de metros río arriba, o abajo. Había que esperar.

También le resultó extraño no oír ya, a las nueve de una mañana luminosa como pocas, los tambores y cornetas del Viacrucis, cruzando el río por el Puente de Piedra. Acaso habían suspendido por la nevada.

 

Para leer los primeros capítulos de la novela, pincha aquí

 

[1] (Valladolid, 1983), de formación filosófica está especializado en la obra de Fernando Pessoa y su relación con otros autores del ámbito europeo, como Ciorán. Pese a su juventud, han visto la luz cinco libros de poemas suyos. El último, publicado en este 2017, ha sido Los países de piedra (Ed. Pregunta). Como traductor ha estado al cuidado de la edición bilingüe en portugués y español de la antología del poeta António Osório, La ignorancia de la muerte (Olifante, 2016).

[2] Pero usted, amor mío, no va a necesitar leche pues ya la lleva en la cabeza.

[3] Pero usted, mi amor, se alimenta del aire, como los pájaros. Para que el sueño arrope, hay que tener el buche lleno. Sino cualquier ángel que nos visite puede volverse pesadilla.

Publicado el 30 mayo, 2017 en Escribir, Escritura Creativa, La trama oculta, Leer

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