Inés Arias de Reyna, leer a Machado y Kavafis con ocho años

Compartir

La democratización de la escritura arrebata a las élites este arte, siempre asociado al poder”, asegura en esta entrevista Inés Arias de Reyna, nuestra profesora del mes. Autora de varias novelas y libros de relatos, imparte un curso de Literatura Fantástica en la Escuela de Escritores, pionero en el género (*)

¿Cuándo y por qué empezaste a escribir?

Desde muy pequeñita me gustaba contar historias, que si mi gato hablaba, que si mi abuelo nos obligaba a escribir con la derecha cuando mis hermanos y yo éramos zurdos (jamás pasó tal cosa, por aclararlo, que el pobre hombre vivía en Sevilla, nosotros en Madrid, y los tres éramos diestros de nacimiento), que si había conocido a un extraterrestre… En fin, cualquier historia que se me pasara por la cabeza, que intentaba que sonara lo más real posible. Claro, me llamaban mentirosa, pero yo solo quería contar historias fabulosas y entretenidas. Cuando tenía diez años, un profesor lo entendió y me animó a que escribiera esas historias que pululaban por mi cabeza. Pero, si soy sincera, ya escribía de antes. Con ocho años me dio por coger los libros que mi madre acababa de terminar de leer. Justo cuando ella los dejaba en la estantería de nuevo, me lanzaba yo a por ellos. Mi madre tardó un tiempo en darse cuenta, por lo que en aquella época devoré a Machado, Kavafis y un montón de poetas más. No los entendía, pero me gustaban, sonaba bien lo que escribían. Cuando ella se percató, empezó a leer libros que se adaptaran un poco más a mi edad. Era tarde. Ya me había picado el gusanillo de la poesía. Tardé poco en lanzarme a escribir poemas, unos horrendos y tiernísimos poemas que escribía en un cuaderno de tapas de tela, que todavía guardo con el mayor de los cariños a aquella niña que fui.

¿Por qué enseñar a hacerlo?

¿Por qué no? Todo es susceptible de ser enseñado y la escritura no es una excepción. Siempre me ha resultado curioso que haya quien considera que es un engaño enseñar las técnicas narrativas (o poéticas o dramáticas), como si uno no aprendiera las técnicas pictóricas o musicales cuando se quieren desarrollar esas artes. Seguimos con aquel mito romántico de la inspiración caída del cielo. Una de las cosas que me enseñó Enrique Páez es que la democratización de la escritura arrebata a las élites este arte, siempre asociado al poder. Mantener esta idealización de que uno nace con el don y no necesita aprender es mantener la idea de que solo unos pocos elegidos pueden escribir literatura. Pues, mire usted, no, no es así. Ni siquiera es necesario querer ser un escritor profesional para querer aprender a escribir bien una historia, puede que uno solo quiera hacerlo por entretenimiento o porque desea que sus hijos o nietos lo lean, sin más. Yo no enseño a la gente a ser genios de la escritura, me limito a explicar cuáles son las técnicas narrativas y cómo utilizarlas en beneficio de una historia. Si decidí embarcarme en esta profesión es porque unía dos de mis vocaciones: la escritura y la enseñanza. Y la disfruto cada día, porque me paso las horas hablando de lo que más me gusta y porque aprendo con cada debate que se establece en mis aulas.

¿Hay algún escritor a quien consideres tu maestro? ¿Fuiste alumna de algún taller de escritura?

Sí, Enrique Páez. Fue mi primer maestro en un taller de escritura. Luego he tenido muchos otros, pero a él le debo la mitad de lo que sé.

Uno puede ser un buen escritor, pero un mal profesor. Los hay que son malos en ambas cosas, como escritores y profesores. ¿Qué cualidades se necesita para enseñar a escribir?

Paciencia, conocimiento y empatía. Paciencia porque no es inmediato el aprendizaje de un arte, el alumno tiene que comprender la teoría, pero luego llevarla a la práctica, y eso no se hace de un día para otro. Conocimiento porque, como con cualquier otra rama del saber, uno debe conocer de lo que está hablando; aquí añadiría que es mejor profesor de escritura el que también escribe, porque así sabe lo difícil que es llevar a la práctica las técnicas que enseña. Empatía porque en nuestras aulas se mezclan muchas emociones, no solo las que se trasladan al papel, sino también aquellas que remueve el toparse con las limitaciones de uno; un profesor empático ayudará mejor a sus alumnos a superar los baches. Por último, añadiría que es mejor profesor el que no proyecta sus deseos en el alumno. A uno le gustaría que todos fueran, qué sé yo, Carver, pero rara vez es así y eso no implica que tus alumnos no puedan aprender y mejorar su forma de escribir, estén al nivel que estén, tengan el talento que tengan.

¿Qué les exiges a los alumnos que van a tus clases?

Que escriban y que lean. Pero también que reflexionen sobre lo que leen y sobre lo que han escrito.

¿Alguna vez te has equivocado en cuanto a las expectativas que tienes sobre un alumno, para mejor o peor?

Sí, sobre todo al principio, cuando aún esperaba que de mis clases salieran genios con patas. Con el tiempo, me he dado cuenta de que mis expectativas pueden estar más o menos fundadas, pero que siempre hay quien te sorprende. La literatura es un arte y toda arte se fundamenta en la necesidad de expresar lo que guardas en tu interior. Hay quien tarda mucho en conectar con eso que atesora, quien tiene un bloqueo interno (no literario) que le impide sacar afuera sus más recónditos secretos. Esas personas puede parecer que no tienen talento, que sus escritos son planos, que no dicen nada, hasta que, ¡boom!, lo sacan al exterior y te dejan boquiabierto. Es cuestión de paciencia. En general, no suelo decir si me parece que un alumno tiene talento, porque, si se lo digo, igual no se esfuerza en mejorar más (lo que lo paralizaría en un estado que puede ser bueno, pero no sublime); pero al contrario tampoco lo hago, porque el que hoy no parece tener talento lo puede desarrollar más adelante.

¿Qué te aporta la enseñanza de la escritura y qué te disgusta de ella?

Me disgusta poco de esta profesión. Supongo que lo que peor llevo es el tiempo que me roba para mi propia escritura, pero tampoco es justo del todo decir esto porque luego resulta ser muy motivador estar rodeado de gente que quiere escribir y mejorar cada día. Me aporta motivación, como ya he dicho; me exige estar al día en lecturas y técnicas, lo que me ayuda a mejorar como escritora también; me regala mucha gente a la que le gusta lo mismo que a mí (mis mejores amigos han sido compañeros de taller o alumnos); me aporta debates en las aulas o en las cañas; me obliga a no dejar de reflexionar sobre las técnicas y cómo aplicarlas. Y me enseña a ser mejor escritora, a no dejarme ganar por el desánimo o la pereza. Una no puede exigir a sus alumnos que escriba, si no escribe también.

Has escrito cuento y novela, ¿alguna preferencia en cuanto a géneros?

Siempre digo que soy antes relatista que novelista, que en las distancias cortas me desenvuelvo mejor. Pero justo ahora estoy escribiendo una novela, así que me suena un poco a traicionar a mis personajes, pobrecicos míos. Lo cierto es que los textos de los que más orgullosa me siento por el momento son relatos, así que hasta que no cambie, e igual esta novela lo hace, soy mejor relatista.

¿Para qué sirve la escritura?

Es un diálogo maravilloso. Uno dialoga consigo mismo, se descubre en cada palabra, en cada historia. Y luego lo lanza para que otro lea lo que ha escrito y dialogue consigo mismo, se descubra en cada palabra y en cada historia, sin que importe lo más mínimo cuál ha sido el diálogo que ha mantenido el autor consigo mismo. Es un diálogo de sordos, donde cada uno se enriquece en solitario.

A la hora de escribir, ¿cuál es tu método de trabajo? ¿Cuáles son tus rutinas y tus manías?

Necesito una habitación soleada o, al menos, con iluminación natural. Una ventana con vistas al campo. Y calor. Con el frío se me agarrotan las ideas. Imprescindible el pestillo o, en su ausencia, un letrerito que diga: “Cuidado, perro rabioso si le interrumpen la escritura”. No soporto que me interrumpan y en eso tengo a mi familia bien educada: si estoy escribiendo, ni se acercan a mi despacho. Suelo escribir con pluma los primeros borradores, porque el ordenador me exacerba la necesidad de corregir. Y las correcciones las hago en ordenador, porque la pluma me resulta demasiado incómoda para ello. Por lo demás, cuando estoy con un primer borrador me permito escribir cualquier cosa, incluso faltas de ortografía; lo importante es terminarlo. Una vez lo acabo, entonces me pongo a corregir de manera obsesiva. Suelo dejar que los textos descansen varios meses antes de ponerme con ellos de nuevo y no los suelto hasta que les tengo tanta manía que los considero lo peor que he escrito. Después, una vez pasados otros tantos meses, los vuelvo a leer y entonces decido si merecen la pena o no.

Un libro que odies por encima de todos.

No soy mucho de odiar libros, la verdad, creo que todos, de una forma u otra, cumplen su función. Pero como se trata de escoger, yo diría que le tengo una manía especial a Cartas marruecas, de Cadalso. Tuve que leerlo como cuatro o cinco veces entre el instituto y la universidad, y llegué a detestarla. Pero es un odio visceral, que nada tiene que ver con la calidad literaria o la aportación que haya hecho a nuestras letras.

Otro que ames por encima de todos.

Me cuesta decantarme por uno. Hay dos libros a los que, a lo largo de la vida, he regresado y he redescubierto varias veces: La Regenta y El Señor de los Anillos. Aunque no mencionar aquí a Cortázar o a Chéjov, me parece un crimen, la verdad.

¿Qué le dirías al lector de esta entrevista que quiera convertirse en escritor?

Que escriba, que escriba mucho. Pero que lo haga con espíritu crítico, que no sea autocomplaciente, que no se quede con lo primero que ha escrito, y que busque mejorar siempre. Y que sea honesto con lo que escriba, no con el envoltorio, sino con el fondo de las historias; que haya algo, aunque sea muy pequeño, de quién es nadando en la profundidad de sus textos.

*Entrevista publicada en El ASombrario el 13 de octubre de 2016

Publicado el 15 octubre, 2016 en Entrevistas, Escritura Creativa, Leer

Compartir

Back to Top