Gonzalo Calcedo desvela la trama oculta de su relato “Tres palabras”

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Santanderino de adopción, Gonzalo Calcedo (Palencia, 1961) es uno de los autores de referencia del cuento en España. Su último libro de relatos, Las inglesas (Menoscuarto), ha sido finalista del Premio García Márquez de Relatos. En Leer/Escribir el autor nos devela la trama oculta de  su cuento inédito Tres palabras.

 

Tres palabras

Eimi había encontrado el cochecito de bebé en la basura de los Bencina. Los gemelos lo habían utilizado un tiempo de bólido –el acceso de los Bencina tenía una cuesta muy pronunciada- y las ovaladas ruedas giraban a trompicones. El verdín de la capota pudo limpiarlo en el garaje con agua y lejía. Con limpiametales devolvió cierta vida a ejes y ballestas. Después eligió uno de sus desahuciados muñecos y lo colocó dentro cubierto con una manta de viaje y un viejo anorak de nieve que, entremetido por los bordes del colchoncillo, recordaba a un edredón: una buena madre no podía descuidarse con el frío. El sábado temprano subió el embozo de la manta hasta cubrir el rostro de plástico del muñeco y salió a la calle bajo un cielo limpio de nubes.

Frente a la casa de la señora Flora, que criaba pájaros y tenía fama de atolondrada, se llevó las manos a la espalda. Como la buena mujer, distraída con la escoba, no se percataba de su presencia, Eimi tosió exageradamente.

-¿Eimi? ¿Eres tú?

La señora Flora trasladó su gruesa presencia hasta la valla. Sus ojos se clavaron en el cochecito de niños sin percatarse de sus deficiencias.

-No sabía que hubieses tenido un hermanito… -miró a Eimi azorada-. ¿Tu madre no es demasiado mayor para tener niños? Aunque nunca se sabe. Mi prima Eleonora tuvo uno a los cuarenta y cinco –se apoyaba en el mango de la escoba como si fuese un bastón-. Estoy despierta desde las cinco. Albert respiraba como un fuelle.

Eimi despegó los labios para decir:

-Es mío.

En el rostro de la mujer se dibujó algo parecido al espanto; luego las delicadas formas de la comprensión devolvieron los rasgos a su sitio. El temblor que permanecía en sus tres papadas era inevitable.

-Al final decidí tenerlo. He llevado una faja mucho tiempo porque no suele haber madres de dieciséis años –Eimi repitió el gesto de llevarse las manos a la espalda-. No pienso soportar esos dolores nunca más.

-¿Y el padre? –se interesó la mujer a bote pronto, sin saber si escandalizarse o colaborar-. Supongo qué… -no quería ser como las demás mujeres solitarias del barrio y de inmediato rectificó-. No me lo digas, Eimi. No es asunto mío. Lo que importa es que seas feliz y que el niño esté bien.

Eimi sonrió con toda la tristeza del mundo; no fingía, aquella tristeza era la suya y le vino como anillo al dedo. Fingió que el niño se quejaba y comenzó a mecer el carrito.

-Hora de desayunar. Tengo que volver a casa y darle el pecho.

La señora Flora parecía encantada. Una nueva vida en el barrio. Algo fresco, sin emponzoñar por diferencias estúpidas. Los niños eran una bendición de Dios. Quiso verlo más de cerca y Eimi puso la excusa de que estaba algo resfriado.

-Tiene flemas.

-Huele a bebé –celebró la señora Flora yendo hacia la portilla-. El aire huele a bebé. ¿No es maravilloso?

Eimi estaba resentida con el mundo y en ese momento trataba de convencerse de que la señora Flora –una víctima fácil, por qué negarlo- iba a permitirle resarcirse. La vecina ya estaba en la acera. Sus gruesas piernas no se doblaban por las rodillas, como si fuesen de una pieza, de modo que avanzaba con un bamboleo característico. Apenas recorridos unos metros tuvo que recuperar el aliento. Los pájaros piaban en su colección de jaulas japonesas del porche.

–Si Albert no me echa una mano con ellos terminarán por morirse de hambre –lamentó-. Oh, querida Eimi, déjame ver esa preciosidad.

Un último esfuerzo la situó junto al cochecito. Trató de inclinarse sobre el hueco que tanto codiciaba aquella joven madre.

–Destápalo un poquito para que lo vea…

Eimi tiró de la colcha con repentina crudeza y el muñeco quedó al descubierto. A un lado y otro de la rígida criatura había sendas botellas de bourbon Jim Beam. Le explicó a la mujer que como no tenía dinero para bolsas de agua caliente rellenaba aquellas botellas con agua hirviendo.

–Un truco que funciona. Lo leí en alguna parte…

La señora Flora se tambaleó. Sus ojos ya habían reconocido la naturaleza artificial y fea del muñeco, el pelo de esparto y el ojo vacío. Eimi podía haber elegido otro muñeco en mejor estado, pero había optado por aquel.

–¿No le parece una delicia? –aflautó la voz, y la señora Flora le dio una bofetada ridícula, sin fuerza.

Eimi ladeó el rostro. No era la primera vez que una mano le reventaba la mejilla y se sonrió con malicia, como si disfrutase. Podían pegarle hasta la extenuación, sin que nada borrase su gesto. Ese era su poder.

–Eimi… Eimi… Eres… eres un ser odioso.

Luego la señora Flora se echó a llorar entre resoplidos con el pañuelo en la mano. Eimi cubrió el muñeco y dando un brusco giró al cochecito le habló a su niño:

–Volvemos a casa, cariñito. Aquí no nos quieren.

Se había quedado satisfecha con su pantomima y no fingió tener un crio delante de ningún otro vecino. Ya cerca de casa se sentó a fumar en un banco. Cada vez que oía una moto pensaba en Andy Rivas, su amor de aquel año. A un hombre que paseaba con su perro le dijo que había encontrado el cochecito en la basura.

–Voy a repararlo un poco y a llevarlo a la subasta benéfica del instituto.

–Tiene una pinta horrible.

–Pues el muñeco que había dentro está mucho peor.

Eimi lanzó la mitad del cigarrillo a la acera.

-¿Cómo se llama el perro?

–Teseo.

–Eres un perro muy guapo, Teseo. ¿Qué nombre tan raro, no?

–Soy profesor de Literatura –dijo él.

–Que tengas un buen día, Teseo –respondió Eimi, y echó a andar arrastrando el cochecito tras de sí.

Al llegar a casa lo empujó hasta el patio trasero. Lo aparcó con el freno puesto frente a la puerta de la cocina. El día se había emborronado conforme a las manchas de su corazón, pero no parecía que fuese a llover. Empujó la puerta provocando que su madre diese un respingo. Todos los cajones y armarios de la cocina estaban abiertos y había, al menos, dos tazas rotas en el suelo. Eimi se puso a recoger un manojo de cubiertos que había al pie de la mesa. A gatas, vio los pies descalzos de su madre pisando los fragmentos de loza. Insensible al dolor, como siempre.

Eimi se levantó y sobre el hule de la mesa comenzó a separar cuchillos, tenedores y cucharas.

–¿Dónde están? –le preguntó su madre puesta en jarras.

Eimi no respondió.

–Te he hecho una pregunta, listilla –miró hacia el patio a través del cristal de la puerta–. ¿De dónde vienes?

–De dar un paseo.

–¿Qué es esa basura que has dejado ahí fuera?

–Un cochecito de niños –le contó a su madre la misma patraña que al hombre del perro y ella se conformó.

Sacó con el pie un taburete de debajo de la mesa y se sentó junto a su hija. Eimi evito mirarla.

–No las encuentro, cariño. Mi reserva de oro. Sabes que las necesito, que si no las tengo me pongo insoportable.

–Ni idea.

–A veces se me va la cabeza, ya lo sabes. Tienes que ayudarme a buscarlas.

–Voy a preparar el té.

La madre de Eimi asintió. Eimi guardó los cubiertos y puso agua a hervir; a su madre nunca se le ocurriría buscar las botellas de Jim Beam en el cochecito. Se quedó junto al fuego. Una corriente de aire mecía el cabello adulto, desgastado, con las puntas abiertas, como estopa; el resto de su persona permanecía absolutamente inmóvil.

–Cuando eras pequeña –la oyó decir–, te llevaba al parque en un cochecito muy parecido a ese. Nos poníamos cerca de los columpios, pero aún eras demasiado pequeña para columpiarte. Lo que sí hacia era bajarte por el tobogán. ¿Te acuerdas? –miró a Eimi como si viese en ella a aquella niña–. Te sujetaba por la cintura. Eras como una muñeca. Una muñeca divina.

Eimi observó a su madre como si fuese la señora Flora, el hombre del perro o los mismísimos gemelos Bencina. Seres sin alma a los que combatir. Le costó pronunciar tres palabras que sonaron a hueco en la cocina helada, tres palabras que arrugaron su rostro como si la edad venidera ya se hubiese depositado en su piel. La primera cortante, con la pausa de una afilada coma; dos más a continuación, extraídas con anzuelo de su amoratada garganta:

–Sí, me acuerdo.

 

La trama oculta de Tres palabras

 

He arrancado este cuento de sus hermanos. Como si secuestrara a un niño. Ahora está solo, sin su familia de desgarros y espacios vacíos. Esto explica el origen común de todos ellos. Es un relato y puede leerse sin los demás, pero forma parte de un todo. Los cuentos que escribo a diario, en busca de material sano, participan de este misterio acumulativo. Sé que al final influye el azar y que las vueltas sobre los mismos temas no garantizan el acierto, pero es mi método.

Eimi, por su parte, puede parecer un personaje de una pieza, pero comparte el desgaste de los protagonistas que acompañan su periplo en cuentos anteriores y posteriores. Es también el corazón de una lectura que debe completar el lector en su cabeza, añadiendo otro antes y otro después. Me siento libre escribiendo así, casi a bote pronto. Un magma de cuentos que permite el borbotón de la individualidad, pero sin dejar de soñar con el libro como absoluto. La trastienda de la escritura.

Poco más puedo añadir cuando lo que busco es la naturalidad, la sencillez que no sea simple. Que los diálogos lleven la acción y forjen –con la ayuda de descripciones sinceras, sin rigor académico- seres humanos en permanente contradicción. Pocos personajes, un conflicto y nada por resolver. Cierta poesía de lo cotidiano, generalmente negada en pos de metas más elevadas, que trata de conmover a un lector cómplice. Algo menor que busca su lugar en el escalafón del mundo.

Publicado el 16 noviembre, 2016 en Cuento, Escribir, La trama oculta, Leer, Sin categoría

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