Un cuento de José María Merino, primera entrega de La Trama Oculta

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En La trama oculta (Páginas de Espuma), el escritor José María Merino volvió a demostrar por qué es uno de los grandes cuentistas de este país. Reunió en un solo volumen historias con distintos registros narrativos, del fantástico al realista, con una breve explicación de cómo se gestaron, su “trama oculta”. De ahí el nombre de esta sección, en la que periódicamente un escritor invitado publicará uno relato (editado o inédito) y nos contará qué le llevó a escribirlo. Como no podía ser de otra manera, comenzamos la sección con El filtro de Venus, uno de los relatos de José María Merino que integran La trama oculta.

 

En mi post-adolescencia, si se puede llamar así el tiempo en que yo era un jovencito, mi madre tenía un par de amigas de su edad que me encantaban. Las dos estaban dotadas con esas curvas que la moda ha desechado, pero que en aquellos tiempos eran paradigma de la belleza femenina. Una, gallega como mi madre, me trataba con mucho afecto, me llamaba guapo, me festejaba, y cuando se encontraba conmigo me daba unos abrazos para mí demoledores, porque en su apretón sentía clavarse en mi pecho sus protuberancias estimulando angustiosamente mis deseos. Sin embargo, yo era demasiado ingenuo para pensar que en aquellas efusiones hubiese algo más que el cariño espontáneamente manifestado hacia el hijo de la amiga en aquella mujer casada con un hombre mucho mayor que ella y que siempre la vigilaba con los ojos cautelosos de quien es consciente de la valía de su patrimonio.

La otra, en cambio, aunque también me abrazaba y me besaba, siempre me amonestaba, echándome en cara mi segura inclinación hacia lo que ella llamaba “las bailarinas”: “Menos bailarinas y más estudiar, José Mari”, me decía entre susurros, sentada a mi lado en un sofá, mientras apoyaba con toda naturalidad su mano en lo alto de mi muslo. Pero yo era tan tímido, que no solo no me atrevía a decirle que de bailarinas nada de nada -no tenía ni información, ni dinero, ni arrestos para buscarlas- sino que procuraba apartar mi muslo de su mano, para que no martirizase más mis naturales inclinaciones y porque me parecía que aquel gesto de confianza, aunque casual, podía ser mirado con suspicacia por un tercero malévolo.

Un día recordé a aquellas dos encantadoras mujeres y mis lecturas voraces de entonces, y decidí escribir un cuento…

 

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El filtro de Venus

 

Por aquellos años yo era muy tímido, tan tímido que, cuando me citaba con los amigos en un lugar concurrido, no los encontraba si ellos no me veían a mí, por no atreverme a mirar con detenimiento a los presentes; tan tímido que andaba con los pies torcidos y acababa deformando los zapatos, incapaz de mantener el mínimo aplomo al caminar. Y no digamos con las chicas: como alguna de ellas me dirigiese la palabra, enrojecía y la voz se me estrangulaba, imposibilitado casi para contestar, aunque mi azoramiento pareciese un acicate para su interés.

La verdad es que aquellas adolescentes, mis coetáneas, no despertaban en mí ningún reclamo, pero eso no quiere decir que no me gustase el sexo femenino. Me encantaba, aunque con una particularidad: mis preferencias se dirigían a las mujeres hechas y derechas, a algunas madres o tías de compañeros, a ciertas vecinas casadas. Claro que muy pronto descubrí que mi gusto por las mayores no era considerado ortodoxo entre mis compañeros: cierta ocasión en la que, mientras hablábamos de actrices hermosas, se me ocurrió intervenir, lo que hacía muy pocas veces, para alabar la belleza de una panadera, los amigos se me quedaron mirando como si acabase de decir una estupidez descomunal y luego se burlaron una vez más de mí: a quién se le ocurría, si esa mujer tendría casi cuarenta años, si podría ser nuestra madre, y en sus miradas había también un brillo de escándalo regocijado ante la inesperada anomalía que añadir a mi habitual timidez. Un adolescente apocado y atraído por las mujeres maduras, qué desastre.

Yo iba llevando mis cursos de manera bastante penosa y mis padres se lo tomaban con cierto fatalismo, vistas las circunstancias de mi cortedad y de mi carácter retraído. Sin embargo, aquel año las cosas me fueron rematadamente mal, me quedó medio curso para septiembre, se enfadaron mucho, y tras un conciliábulo en el que intervinieron mis hermanas, decidieron que se irían de veraneo sin mí.

Entonces los veraneos duraban casi tres meses, y aunque mi padre no iba a estar todo ese tiempo ausente de su negocio, decidieron ponerme en manos de alguien que me atendiese a lo largo de la temporada, y les pareció que las mejores serían las de doña Telvi, una señora amiga suya que poseía una casita en las afueras de la ciudad.

Doña Telvi era viuda desde hacía unos cuantos años y tenía un hijo, Paco, bastante mayor que yo, estudiante de Farmacia, que era de las pocas personas que me trataba sin condescendencia y hasta con simpatía. El marido de doña Telvi había sido abogado, le había dejado aquella vivienda y una pensión muy escasa, y para ayudarse en sus necesidades acogía algunos huéspedes, como en mi caso.

Aquel lugar me gustaba bastante. Tenía un jardín, aunque no muy grande, bordeado de árboles, que era como un pequeño edén cuajado de plantas floridas y había en él un bebedero en forma de copa alta al que acudían muchos pájaros. De manera que me dispuse pasar allí el verano, estudiando las asignaturas que me habían quedado pendientes.

El primer día descubrí que el edén tenía una eva maravillosa.

Mi padre me había dejado allí a media tarde y yo estaba en la sala tomando un café con leche al que me había invitado doña Telvi, cuando bajó del piso superior una mujer rubia, de pantalones cortos azules y blusa amarilla.

_ Mira, Anja, este es Pedrito, el hijo de unos amigos – dijo doña Telvi . –Va a pasar el verano aquí, estudiando, el pobre.

_Un chico muy guapo, Pedrito – repuso Anja.

Tenía acento extranjero, y me dio un par de besos que casi me hacen caer desfallecido. Olía a rosas y era una de esas mujeres maduras que a mí tanto me gustaban. Piel nacarada, piernas largas y finas, un cuerpo con gran armonía de protuberancias y oquedades, un rostro sonriente, de ojos fulgurantes. Creo que ni en el cine había visto una mujer que me pareciese tan bella. Luego supe que era pintora y que estaba recorriendo el Camino de Santiago, reproduciendo en sus lienzos los monumentos más interesantes. También pintaba retratos, pues al rato, cuando doña Telvi y ella terminaron de tomarse el té, movió desde un rincón un caballete sobre el que había un lienzo con el esbozo de un busto, y le dijo a doña Telvi que era la hora de posar.

A partir de entonces no podía dejar de pensar en ella. No me atrevía a dirigirle la palabra pero la espiaba, y descubrí que, a última hora de la tarde, se refrescaba con la manga de riego del jardín, vestida solamente con un biquini que permitía vislumbrar sus miembros y partes majestuosas.

Estaba deseando encontrarme con ella, pero mi timidez me tenía bloqueado. Doña Telvi, que intentaba acompañarme de vez en cuando para que no me sintiese tan solo, me pidió que a la hora de mi café con leche, cuando ya la asistenta que atendía la casa se hubiese ido, fuese yo quien les preparase el agua para el té, pero una vez caliente y preparada en la tetera, con una cucharada de té de roca, yo me retiraba de nuevo a mi habitación, impotente para mantener una conversación con ellas, pues además no podía dejar de mirar a Anja con un arrobo que por fuerza tenía que llamar la atención.

A pesar de ser solamente un mozalbete, estaba seguro de que daría lo más valioso de mí por poder conquistarla. Como mis capacidades dialécticas debían quedar descartadas, imaginé otros sistemas, y entonces recordé aquellas medicinas mágicas a las que se aludía en algunas de las novelas y cuentos que eran los refugios más seguros de mi incapacidad para comunicarme, y que tanto me gustaba leer. Si tuviese uno de aquellos filtros amorosos, un bebedizo para obligarla a la ligazón, alguno de aquellos brebajes o elixires poderosos, todo sería más fácil, cavilaba.

El primer sábado de mi estancia en casa de doña Telvi vino a pasar el fin de semana su hijo Paco, que estaba cumpliendo el servicio militar, de permiso. Como siempre, se mostró accesible a mi aproximación y me atreví a preguntárselo, lleno de vergüenza.

_ ¿Un filtro amoroso? ¿Y para qué quieres tú un filtro amoroso?.

Debí de ponerme muy colorado, pero aguantó la risa que chispeaba en sus ojos.

_ Lo estudiaré y te daré una respuesta – me contestó por fin, muy serio, antes de coger la moto e irse a ver a la novia.

Al día siguiente, después del desayuno, Paco me hizo una señal para que saliese con él al jardín. Había sido testigo de mis miradas a Anja y comprendió lo que me sucedía.

_No picas bajo, chaval, pero decían los clásicos que la fortuna ayuda a los osados, de manera que te voy a echar una mano. Para hacer filtros amorosos hacen falta sustancias, fluidos, de la persona a la que se quiere hechizar, alguna muy asquerosa, pero yo me voy a conformar con un cabello. Intenta conseguir un pelo suyo y me lo das cuando puedas, mejor hoy antes de que me vaya, para que te prepare el filtro.

Aquella misma tarde, mientras Anja y doña Telvi estaban en el jardín, me atreví a subir al piso de arriba y entrar en la habitación de la pintora, una gran alcoba con una cama y sus artefactos de artista, que tenía al fondo un pequeño cuarto de baño, y busqué entre sus cosas de aseo. Había un cepillo con pelos rubios y los arranqué, y en un cesto de desperdicios encontré una pequeña compresa que olía a amoníaco e imaginé que también podía ser útil. Estuve pendiente de la llegada de Paco, que vino a eso de las siete para recoger su macuto, y le di aquellos hallazgos. Guardó los pelos en un sobre, me arrancó unos cuantos pelos míos, y me dijo que aquella compresa era una porquería innecesaria.

_ El próximo sábado tendrás tu filtro, pero mientras tanto procura acercarte a ella, muéstrate simpático, servicial, dile cosas bonitas. La buena relación personal previa es decisiva para que el filtro funcione. Si no, no hay nada que hacer.

Me decidí al día siguiente, por la mañana. Como hacía mucho calor, Anja se había quedado en el jardín, en biquini, y estaba pintando unas flores mientras los pájaros chapoteaban en su baño de piedra. La observé trabajar durante un rato desde mi ventana, y al fin bajé y me acerqué a ella por la espalda. Haciendo un esfuerzo que me resultó doloroso, como si me desgarrase una parte del cuerpo, exclamé que era la mujer más guapa que había visto en mi vida. Ella se volvió y me miró con sorpresa, sentí una arcada, pero el impulso de mis palabras había sido tan fuerte que tuve que seguir hablando:

_ No puedo estudiar, ni dormir, ni tengo hambre. Estoy totalmente loco por usted.

Luego eché a correr para volver a mi cuarto y permanecí temblando hasta la hora de comer.

En el almuerzo advertí que algo había cambiado en ella. No aludió a mis palabras, pero se mostraba solícita conmigo, se interesó por mis estudios, y poco a poco fui venciendo la contracción que me agarrotaba y logrando responder casi con normalidad a sus preguntas. Así, a lo largo de la semana charlamos varias veces, y cada tarde, tras preparar el agua del té y servírselo, permanecía con ella y con doña Telvi, y hasta intervenía algunas veces en la conversación.

Un día Anja dijo que el retrato de doña Telvi estaba terminado y me preguntó si a partir de entonces no me importaría posar a mí, después del té. Accedí, aunque muy desconcertado. Me citó en su habitación, lo que llamaba su estudio, y en la primera sesión, viendo sus ojos revoloteantes sobre mí en el trance de las pinceladas, volví a tener un impulso irresistible y repetí que era la mujer más hermosa del mundo, que estaba loco por ella.

_Muchacho impulsivo, no te muevas tanto – repuso, mientras sonreía con suavidad.

Paco llegó el sábado, me entregó con solemne cautela un frasco con tapón cuentagotas y me dijo que era el filtro, “el filtro de Venus”, lo llamó pomposamente:

_ Tres gotas cada vez, ni una más. Y, sobre todo, mucha conversación, muchos halagos.

Desde aquel día, a la hora de preparar el té, vertía en la taza de Anja las tres gotas del filtro. Luego, mientras posaba para el retrato, charlábamos. Me había enseñado sus cuadros de la Catedral, de San Marcos, de San Isidoro, de la Plaza del Grano, y entre ellos descubrí uno de una chica desnuda.

_Es la hija de la vecina, Toñita – me explicó. -Posó para mí antes de marcharse de vacaciones. No hay cosa más bella que el cuerpo humano.

_ Sobre todo el de usted – repliqué, sorprendido yo mismo de mi audacia, pues a última hora de la tarde me dejaba refrescarle con el agua de la manguera mientras yo la devoraba con los ojos, y ya me conocía cada uno de los espacios corporales que apenas ocultaba su biquini, como un devoto la imagen de su preferencia.

_ Todos los cuerpos desnudos son hermosos -dijo con aire lejano, antes de mirarme de repente -¿Por qué no me dejas pintarte desnudo?. Eres un chico esbelto, seguro que quedas muy bien.

Sentí arder mis mejillas.

_Me da mucha vergüenza. Tengo que pensarlo – musité.

Se acercó a mí y me acarició la cara.

_¿Sabes que el rubor te sienta estupendamente?

Aquella noche no pude dormir, pensando en su proposición. Por un lado, sentía que acaso estuviese relacionada con el filtro de Venus que no dejaba de añadir a su té. Por otro, me parecía la prueba definitiva para arrancarme de mi timidez y ascender así un peldaño más en mi camino de aproximación a ella.

No tuve valor para encontrarme con Anja en el desayuno, pero a la media mañana hice un esfuerzo violento, bajé al jardín, donde estaba pintando, y le dije de sopetón que aceptaba su propuesta.

_De acuerdo, esta tarde, a la hora de siempre, en mi estudio – respondió.

Me desnudé mientras Anja preparaba el lienzo y los pinceles y me coloqué en el lugar que me había indicado. Sentía la quemadura del rubor en todo el cuerpo y, muy quieto, fijaba mis ojos en una moldura del techo. De repente escuché su voz, risueña, jubilosa.

_ Pedrito, no me imaginaba que fueses tan mayor.

La miré y luego comprendí la razón de sus palabras, descubriendo con sorpresa aquella parte de mí que sobresalía sin reserva ni apocamiento. Dejó los pinceles, se me acercó, sentí la apretura de su mano sujetándome con suavidad, llevándome con firmeza hacia el lecho.

Disfruté de unos días paradisíacos y además aprobé todas en septiembre.

Años después me encontré con Paco en una estación de ferrocarril y rememoré aquel “filtro de Venus” que me había permitido conquistar a la mujer más hermosa del mundo, la eva que me había enseñado el placer de los cuerpos y que me hizo perder la timidez para siempre.

Paco se echó a reír a carcajadas:

_ ¡ Qué filtro de Venus ni de Baco, Pedrito, era solo agua del grifo! ¡El filtro lo hiciste tú, con tu adoración y tus piropos! ¡Además, se ve que a ella le apetecía la fruta verde tanto como a ti la madura!

Publicado el 18 septiembre, 2016 en La trama oculta

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