Ciudadana del mundo. Ernesto Calabuig escribe sobre «Una habitación en Lavapiés», de Maya Vinuesa

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Ciudadana del mundo

Una habitación en Lavapiés (Canalla Ediciones). Maya Vinuesa

Por Ernesto Calabuig

Hace ya muchos meses que leí esta primera novela de Maya Vinuesa, gaditana afincada en Madrid -antes durante y después de mil viajes y estancias- pero, por encima de todo, afincada en el mundo. Tomé notas de lectura en su día, conforme avanzaba por el libro, notas que después se quedaron guardadas entre las páginas con idea de montar alguna clase de artículo sin las sujeciones y restricciones de mis “reseñas profesionales”. Dicen que la mejor prueba del valor de un texto es que, tiempo después, aún lo recuerdes y te haya dejado huella. Pese a la modestia de  esta profesora de Filología inglesa en la Universidad de Alcalá, -que casi se disculpa por los defectos de una primera obra si tienes ocasión de conversar con ella-, el libro realmente me había interesado e impresionado. Fue ya un gusto sumergirse en ese Madrid inicial previo al cambio de siglo, cuando Isabel, año 99, va en automóvil a buscar al aeropuerto de Barajas a su novio/artista Hari que viene de Londres. Lavapiés aparece ante los ojos de ambos como una apertura, una explanada, un espacio vivible (para la creación, para el amor…) Hari Singh atesora un exotismo, un mundo, un cruce de influencias, unas raíces lejanas que Isabel, un personaje desbordante de generosidad, nobleza e ingenuidad, admira. Ella quiere escapar de la asfixia de su “entorno rígido”, cerrado y previsible, de una “cultura monolítica”. Y también de la melancolía. Ni siquiera la distancia y la frialdad que Hari cultiva y propicia es capaz de robar calor y ardor a su idealista manera de ser en esos tiempos. Entre otras cosas porque su novio (al que conoció en un congreso en Londres), hombre de mundo, representa su propio deseo de un “mestizaje total” entre los seres humanos que acabará con las diferencias, con lacras como la xenofobia y el racismo. Isabel, en su aprendizaje del mundo, es además tan desinhibida como lo eran muchas chicas de su generación, vive la sexualidad con toda la naturalidad y libertad que esta merece, consciente del don en que consiste ser joven. No escasean las escenas de sexo, con Hari o con chicos libaneses, judíos, mexicanos con los que incluso hace tríos. La exploración en el terreno del sexo va a compás de su deseo de una identidad no vicaria o dependiente de los otros. Quiere vivir y tiene derecho a vivir de la manera que vaya eligiendo. Pero Lavapiés (que se nos presenta en su evolución a lo largo de las décadas) no es sólo un territorio idílico. Maya Vinuesa sabe hablarnos también de un barrio esencialmente violento y peligroso, algo que afecta a la propia integridad de su protagonista. Nos muestra Lavapiés en la exposición y despliegue de su cambiante tejido social: de los antiguos vecinos, pioneros, a los nuevos moradores. Hay un sabio coro de voces de unas y otras épocas que va dando la temperatura de la nueva realidad, con el contraste de fondo de los buenos/viejos tiempos. Lavapiés, pese a los sinsabores de la vida, es para aquella Isabel joven (24 años y un empleo de traductora para una editorial) “una jungla portentosa, cuya verja de entrada era la señorial calle de Santa Isabel, con el cine Doré, las escuelas de baile, un mercado y decenas de bares nuevos y antiguos. Revoloteaba encandilada, incapaz de refugiarse en su propia casa”. El mundillo artístico-cultural del barrio, a pie de calle, también le resulta fascinante, tanto como las ansias de las mujeres de otras generaciones anteriores por romper el molde y el papel pre-establecido. Entre ellas estuvo su fascinante y rompedora tía-abuela Dora, con su chocante amor por un guineano, algo que da pie para que Maya/Isabel inicie sus pesquisas y bucee en la Historia de la Guinea española hasta la dictadura de Macías, al tiempo que ahonda en sus propias raíces. Hay además una hermosa búsqueda de la alegría y del derecho a la alegría, como en la plegaria laica de la página 72, cuando viaja siguiendo los pasos de su antepasada y, frente a un viejo retrato de ella, suplica: “Acompáñame y concédeme tus dones. Sácame de la tristeza que me envuelve desde que era niña, y dame tu alegría”. Lo que va apareciendo en la investigación (junto a un Madrid de los años cincuenta hervidero de teatros, bares, cines y cafés), es la hipocresía social y la doble moral en la posguerra franquista, una bomba de relojería para una relación imposible entre una señorita bien española y un africano, por culto o de buena posición que este fuese. La evocación de ese pasado incluye el emocionado homenaje a las mujeres y hombres mayores que sufrieron la guerra y todo el franquismo.

A partir de la página 131, con la nueva vida de la protagonista en Inglaterra, entramos en los Cuadernos de Londres, pues, igual que su antepasada Dora, ella quiere llevar un registro personal. Isabel se traslada a Londres y empieza a experimentar la dureza de un nuevo mundo y, sobre todo, el rechazo y el desdén de Hari, empeñado en verter jarros de agua fría sobre la apasionada Isabel. Aunque el lector ya lo había intuido (y casi sentía ganas de advertir a la ingenua muchacha), la verdad va saliendo a la luz: y la verdad es aquí el ego artístico de Hari, su egoísmo y su incapacidad de percibir o ver al otro realmente. De ahí que la vida de Isabel en la capital británica se vuelva supervivencia y extrema soledad. Por otro lado, se nos cuentan sus penalidades de traductora entre encargos de baja calidad, con grandes dosis también de comicidad al narrar los imaginativos añadidos que ella desliza entre las frases, muchas veces con una ardiente deriva pornográfica. Es muy interesante el análisis que Maya Vinuesa hace de la sociedad británica, una sociología de los ingleses que saca a la luz todo un disimulado sistema de castas. Tanto que la protagonista nos cuenta: “Me he enterado de que, según la jerarquía británica del color, soy white other, que es la tercera categoría de la clasificación de las razas de este país… Me preceden los blancos británicos y los blancos irlandeses. ¡Y yo que creía que era ´blanca de primera´!”. Seguimos con atención las andanzas de la protagonista en su etapa de profesora de español, sus amistades, los extravagantes personajes que le van saliendo al paso, sus cambios de domicilio, sus desengaños amorosos y profesionales, su regreso a Madrid, los reencuentros, las luces y sombras del propio Lavapiés -que a estas alturas tiene estatuto de personaje principal-, la imposible e insostenible subida de alquileres a los ancianos, a menudo octogenarios (“supervivientes de siglos de la vida en el arrabal transformado”). Más allá del buen tono de novela de formación que destila todo el libro, este es también el testimonio de una valiente y comprometida mujer contemporánea, ciudadana del mundo, preocupada por las injusticias sociales y las diferencias y exclusiones que nos envenenan. No revelaré, claro está, el hermoso final propiciado por las poéticas causalidades de la vida.

ERNESTO CALABUIG

Publicado el 18 marzo, 2019 en Artículo, Escribir, Escritura Creativa, Leer

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