Carmen Dorado, en la “Trama oculta”

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La escritora Carmen Dorado nos cuenta la trama oculta de Najim y de otros relatos incluidos en Tras las huellas de Sherezade, editado por la editorial El Pez Volador,  del Taller de Clara Obligado. Dorado nos propone en estos cuentos una mirada distinta a Oriente y el mundo árabe.

 

Najim

Antes de que el sol se instale en la ciudad, antes de que los ruidos cotidianos rompan el silencio de la noche, Najim se sienta frente al telar y mueve sus pies y sus ma­nos como un organista, pero su sinfonía es de colores.

Así pasa toda la semana. Allí donde la gente ocupa una buena parte de su tiempo en hacer la guerra en nombre de dios o del diablo, no existen los días libres. El chico no tiene tiempo para ponerse triste, la melancolía es cosa de ricos.

Aprendió el oficio en su aldea, al Norte, antes de los bombardeos. Hace poco cumplió los diecisiete años, lleva seis fabricando pañuelos que luego su tío coloca en la zona noble de la tienda. Hasta allí, como si fuera un templo secreto de la belleza, conduce a los periodis­tas, diplomáticos, soldados y funcionarios internacio­nales. A falta de turistas, es la mejor opción.

El tío, que del arte de regatear sabe más que de hi­los, saca bastantes dólares por cada pañuelo fabricado por Najim, y muchos más si a los compradores les dice que provienen de las zonas en guerra.

En la trastienda donde el muchacho fabrica jugando con sus pies y sus manos una media de dos pañuelos al día, trabaja también su hermano. Tiene diez años. Es el encargado de preparar los tambores con los hilos tintados. Sentado en el suelo, sobre un cojín, ríe a cada pregunta, pues entiende el inglés. Ahora no va a la es­cuela, la cerraron hace tiempo.

Cuando Najim termina, no ve la televisión, apenas sale con amigos. En secreto teje una pashmina que es­pera regalar a su novia cuando termine el Ramadán. Ella también es un secreto, se conocieron un viernes al salir de la mezquita. La miró, le devolvió la mirada y se dirigieron al bazar. Allí intercambiaron las prime­ras frases que ha ocultado en su corazón. Desde ese día se ven a escondidas, aunque su hermano empieza a sospechar. Le ha visto dibujar, preparar la urdimbre, y sabe, por las manchas en sus manos, que ha utilizado los tintes.

Para el pequeño es un misterio que espera descu­brir. Mientras, observa y ríe cuando vienen comprado­res; sabe que entender inglés le otorga una gran venta­ja. A falta de un futuro que no llega, le sirve, al menos, para saber de qué diablos hablan los extranjeros entre ellos cuando regatean, e informar a su tío de cómo está el ánimo, y el bolsillo. Ha aprendido de los militares que para ganar una guerra hay que tener buena infor­mación. Y más allí, que un dólar arriba o abajo dan o quitan de comer a mucha gente.

Pero Najim está enamorado. Cuando todos duermen y a pesar de que tiene los brazos y las piernas entumecidas, la ilusión hace que interprete la mejor de las melodías. Algunas veces el sopor le vence, los ojos se le cierran y la cabeza le golpea contra el pecho, pero luego se repone, observa su obra y con más brío mueve la lanzadera de izquierda a derecha, de derecha a izquierda.

Es un pañuelo grande, de muchos colores. En el centro, unos ruiseñores, y a los lados, unos jazmines en flor. Imagina la cara de la chica cuando se lo entregue, la imagina con él sobre su cabeza, la imagina…

Una noche se acuesta sin recoger su obra. Está muy cansado, necesita dormir, descansar, soñar. A la ma­ñana siguiente, ve a su tío frente al telar.

Es lo mejor que has hecho, le oye decir, una obra de arte, mientras observa minuciosamente el entramado. Podemos sacar un buen puñado de dólares. Termínalo para esta tarde.

A Najim se le encogen las entrañas, pero no se atre­ve a decir nada. Calla y acata la decisión de su tío. Le debe respeto, por edad y tradición.

No importa, se dice, mientras se apresura en la la­bor, mañana al anochecer comenzaré otro mucho más bello.

 

 

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La trama oculta de Najim

 

Tras las huellas de Sherezade reúne once cuentos cuyas historias transcurren en ciudades árabes.

Fue un atrevimiento, por mi parte, incluir en el título de mi primer libro el nombre de Sherezade, la narradora por excelencia, aquella que, todas las noches contaba una historia al sultán y, como todos sabemos, del éxito de estas historias dependía la vida de la narradora, y así se ha convertido en un símbolo de cómo el arte de narrar es una de las formas en las que podemos sobreponernos a los peligros de la existencia.

Sherezade nos enseña que sobrevivimos porque hay historias que contar y sabemos contarlas, estamos vivos porque tenemos voz y porque alguien nos escucha. Aunque la verdad es que, como sucede en el libro, las historias que contamos, que nos contamos y que escuchamos, no son necesariamente placenteras.

Dice un proverbio árabe que la escritura no es la sombra de la voz, sino la huella de sus pasos. Y eso es lo que me propuse con este libro, influida por la literatura, la cultura y las tradiciones árabes.

No me fue fácil escapar de un orientalismo vacío basado en los tópicos y en una estética evidente. Mezclar los hilos del dolor, la sensualidad, el placer y la violencia; y todo ello sin caer en la vertiente catastrofista de un Oriente que nos muestran en los telediarios.

Me gusta describir la belleza de esas noches con sus cielos estrellados, en la que el ruido de las bombas no deja conciliar el sueño. Soy consciente de que allí donde “se hace la guerra en nombre de dios o del diablo” hay una violencia latente dispuesta a estallar a la vuelta de la esquina y que, por tanto, de esa tierra prometida no mana leche y miel.

Tenía el escenario (ciudades, mezquitas, zocos, baños) pero me faltaban los personajes. Y es ahí donde tiré de la memoria, o de las crónicas que tenía de mis viajes por Oriente. Así nacieron Najim, el joven tejedor cuyo tío, dueño de una de las tiendas más grandes y bonitas del zoco, me dijo que nunca había creído que un precio fuera definitivo, ni que una oferta fuera mandato de dios.

Fue en uno de los soportales de un hotel de lujo donde conocí a un chiquillo que trabajaba como limpiabotas. Llegaba al amanecer y permanecía allí hasta bien entrada la noche. Me contó que, junto a sus padres, había abandonado la aldea donde vivía en Irak después de que una bomba matara a uno de sus hermanos. Huyeron de la guerra buscando un futuro mejor, futuro que no llegaba. Él me inspiró el cuento Unas botas viejas.

Otros relatos como Amanecer o Ibrahim nacen de la necesidad de contar una historia tras leer una crónica o escuchar las noticias.

En el caso de El legado de los sueños y A las puertas del paraíso me influyó una de las leyendas que se cuentan entre los nómadas y que a mí me pareció preciosa:

“Cuentan que el desierto, aburrido de tanta soledad, de que las caravanas huyeran de él, lanzó un grito de socorro; y de cómo ese grito fue escuchado por un anciano que, conmovido se instaló allí con su gente. De cómo muchos se rieron de él porque abandonaba los verdes jardines de las ciudades para buscarse la vida en la arena. De cómo sus hijos y los hijos de sus hijos alejaron la soledad del páramo con sus risas, sus juegos, sus sueños. Y de cómo el desierto recompensó su sacrificio dándoles la libertad”.

Por último decir que el cuento Lloré es mi apuesta más personal. En él he querido brindar un homenaje al pueblo sirio en general y en particular a los hombres, mujeres y niños que tanto me ayudaron en mis estancias en Siria.

 

 

 

 

 

 

Publicado el 21 abril, 2017 en Cuento, Escribir, La trama oculta, Leer, Sin categoría

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